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Que una mujer le escriba a otra palabras de amor no es asunto nuevo. Eran los finales del siglo VII antes de Cristo cuando Safo fundó en Lesbos la Casa de las Servidoras de las Musas, una especie de liceo en el que la poeta y sus amigas, mientras compartían domésticos saberes, cantaban a la belleza, y no a las guerras, en un tono privado e intimista.
En China, a principios del XIX, existieron clubes exclusivos para mujeres denominados Asociaciones de la Orquídea Dorada, que sobrevivieron hasta el siglo pasado, al amparo de los cuales muchas de sus integrantes vivieron en pareja. Que Wu Tsao cantara, entonces, a las cortesanas o a la hermosa torre de jade que es el cuerpo femenino, no parece ya causar demasiado escozor.
Mucho menos las anécdotas de aquella bohemia lésbica del París de principios del XX, que se reunía alrededor de Natalie Clifford Barney, rica heredera a quien llamaban La Amazona. Poetas de primerísimo nivel, como Djuna Barnes y Reneé Vivien, formaron parte de su Academia de Mujeres, que pretendía emular y homenajear el empeño sáfico.
Herederas de esa milenaria tradición son las mujeres que presento en Otro Lunes. Su conciliábulo, de nuevo tipo, no está en un lugar ubicable geográficamente al modo tradicional: ni en la clásica Mitilene ni en el Pekín imperial ni en la parisina calle Jacob. Está en el ciberespacio, es decir, en todas partes. Porque hablar de la virtualidad como ilusión es ya un arcaísmo. Internet, con su esqueleto de redes invisibles, es tan real como cualquier otro mundo.
Estas mujeres se insertan, además, en otra enjundiosa tradición: la poesía iberoamericana de temática lésbica, sostenida en tres pilares de solidez indiscutible: Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral y Alejandra Pizarnik. En las dos últimas décadas, esta literatura, que permaneció durante siglos en la semivisibilidad a que la confinaron los prejuicios morales que todavía imperan en nuestros países, ha cobrado cuerpo y cuenta con un impresionante número de nuevas cultivadoras.
Hace apenas unos años, este tipo de creación no hallaba lugar en los anaqueles de las librerías ni en los festivales públicos o sólo se le permitía asomarse en los extremos de ambos aparadores. Para rastrear a las autoras era necesario ir tejiendo una red casi clandestina que nos guiara a través de los laberintos del semisilencio y la incomunicación. Pero esa misma labor de complicidad solidaria y cooperativismo, sumada a la plataforma de las nuevas tecnologías y a la sociedad de la comunicación que ellas han generado, dio frutos: la literatura lésbica salió del clóset y hoy, en todos los países de Hispanoamérica, más de un centenar de escritoras exhibe, a contrapelo del androcentrismo y el heterocentrismo, una obra de cuidada factura y calidad indiscutible.
Si bien es bueno echar las campanas al vuelo y celebrar la cada vez mayor visibilidad de nuestra obra, también sabemos que continuará siendo un desafío enfrentarnos a los mecanismos del mercado, la academia, la cultura y la política en países donde aún el arte de tema lésbico puede ser juzgado como inmoral, perverso, pernicioso o, incluso, ilegal.
Por eso, selecciones como éstas que tengo el orgullo de presentar, dan luz. Son, al decir de Virginia Woolf en Un cuarto propio, “una antorcha en esa vasta cámara en la que […] todas son medias luces y sombras profundas”.