OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Kimberle

Relato

 

Achy Obejas

Página 1

Alguien me tiene que parar -dijo Kimberle. La respiración hacía borrosas sus palabras, transmitiendo un sonido como un uuuch que me obligaba a alejar el celular del oído-. Bueno, OK, quizá no es que me tengan que parar, aunque alguien debiera hacerlo..., pero claro que entonces eso nos deja con el porqué. En fin, ¿qué más da? Quizá todo lo que ocurre aquí es que yo necesito que alguien me pare. ¿Me oyes?

Y sí, claro que la oía, la oía perfectamente bien. Me estaba pidiendo que no la dejara suicidarse. Todavía no había elegido el método: Podía cortarse las venas, o tumbarse sobre los rieles del tren en las afueras del pueblo (después admitió que eso nunca hubiera funcionado, que se habría levantado al primer temblor del riel y se habría echado a correr, aterrada de que los pies se le enredaran en los listones y su muerte se considerara un simple accidente, como si ella fuera tan descuidada y vulgar), o sencillamente volarse los sesos con una pistola polímera -digamos, un Glock 19- que podía comprar en Wal-Mart o, a mitad de precio, al mismo cretino que le vendía cocaína.

- ¿Hellooo?

-Te oigo, te oigo -le dije por fin-. ¿Dónde estás?

Dejé mi VW Golf en casa y tomé un taxi hasta el bar de mala muerte en que se encontraba. Era la única cara pálida del lugar. El individuo en la puerta -un negro que debía de haber sido adolescente en la época de la lucha por los derechos civiles, pero que sin duda se había criado con la cortesía de la generación anterior- respiró aliviado cuando agarré a mi amiga tatuada, la lancé en su carro y me la llevé para mi casa.

Era lo único que se me ocurría y que guardaba cierto sentido para las dos. Kimberle había quedado en la calle, viviendo en su carro, un Toyota Corolla antiquísimo y desbaratado que ahora andaba de manera inestable, con la defensa amarrada con cinta adhesiva. En honor a la verdad, yo me sentía bastante inestable también, afligida con una soledad que se siente en las tripas como una náusea crónica que nunca acaba de realizarse.

Y era otoño, un tiempo magnífico, pero en nuestro pueblo del medio oeste de Estados Unidos, una estación peligrosa para muchachas de edad universitaria como nosotras.

Todos los años, por esta fecha, se producía una desaparición.

Alguien se esfumaba del dormitorio o no llegaba a la biblioteca. Acto seguido, florecían los volantes en los postes y murales (nunca en los árboles), en los que se veía a una muchacha de sonrisa sencilla por la que se pedía cualquier información a cambio de una recompensa.

Como la muchacha siempre era blanca y corriente, algo en ella parecía familiar. Todos estaban seguros de haberla visto en el campus o en la librería, esperando el autobús o en el Bluebird el fin de semana anterior.

Puede parecer perverso, pero cada año esperábamos esa desaparición no horrorizados ni despavoridos, ni para buscar pistas que nos llevaran al culpable, sino como un alivio. Me había criado en ese pueblo y siempre había sido así. Una vez que el psicópata secuestraba a la muchacha, se aplacaba, y eso nos permitía escuchar con menos desasosiego los pasos detrás de nosotros en el parqueo y preocuparnos menos cuando salíamos a hacer jogging al amanecer. Perdonados de momento, mirábamos con culpa los volantes, que ya estarían descoloridos y rasgados para cuando llegara la primavera, y entonces, de pronto, un granjero, mientras preparaba su campo de maíz para la siembra, descubriría a la muchacha entre los restos delicados de la cosecha del año anterior.

 

Cuando Kimberle se mudó conmigo en noviembre, la muerte anual todavía no se había producido -el carnicero se había retrasado-, y yo me preocupaba por las dos, ella en su carro y yo en mi apartamento de planta baja, con la ventana abierta para que mi gata, Brian Eno, entrara y saliera cuando quisiera. Había arreglado la ventana de modo que no se podía abrir más que unas pulgadas, y eso significaba que nunca estaba cerrada por completo, ni siquiera en lo más crudo del invierno.

Kimberle y yo apestábamos a presas. Ambas éramos muchachas varoniles, sonrosadas y tristes. Ella tenía el pelo rubio y lacio, y se le movía como un todo. Su rostro era anguloso, con sombras cinemáticas. (Yo, por el contrario, era suave y algo tropical, con cabellos que terminaban en un carnaval de rizos.)

Su novia la había descubierto in fraganti y la había dejado.

Por lo tanto, se había sumido en la depresión. No podía concentrarse en las clases, ni en su trabajo en el restaurante: Confundía órdenes sencillas, le ladraba a los clientes, de modo que pronto se encontró en la oficina de empleo (sus repetidas salidas a fumar le costaron el lugar en la cola tantas veces que al fin se dio por vencida).

Un amanecer, al llegar a su casa, Kimberle se encontró con que el dueño del edificio, consciente de que no tenía derecho a hacerlo, pero convencido de que Kimberle (con cuatro meses de atraso en el alquiler) nunca lo llevaría a los tribunales, la había echado. Sus pertenencias estaban apiladas en la acera y desvalijadas por los residentes del International House, dormitorio de estudiantes becados del Tercer Mundo que ni siquiera tenían para cubrir el costo de los libros. Sólo le habían dejado una raqueta de tenis con las mallas rotas, algunas camisetas (todas negras) de varios festivales de música femenina, libros de sus viejos estudios de teoría marxista (uno con una nota entre páginas que decía: «¡Comunism is dead!», que nos maravilló por su falta de ortografía) y, para nuestra sorpresa, su iBook estropeado (con la pantalla rajada, aunque todavía funcionando).

Cuando traje a Kimberle a vivir conmigo, todo cupo en un solo viaje del Toyota, no había repuesto ninguna de sus pertenencias. Le di el futón de la sala para que durmiera.

Vacié una gaveta en mi cómoda, empujé mi ropa a un lado del closet y le expliqué mi sistema de ordenar CDs, mis horas de trabajo en un negocio de ahumar carnes que quedaba en un pueblo cercano (le prometí que jamás nos faltaría la carne) y le enseñé mis libros.

Como Kimberle nunca me había visitado después que me fui de casa de mis padres -para ser sincera, éramos más conocidas que amigas-, recalqué mucho lo de los libros, que los había estado coleccionando desde mi primer cheque. Hice hincapié en el librero donde tenía mis primeras ediciones, entre ellas Native Son, de Richard Wright; American Dreams, de Sapphire; Orlando, de Virginia Woolf; una copia rarísima de The Cook and the Carpenter, y una edición limitada de la traducción de Cuba Libre, de Nicolás Guillén, por Langston Hughes y Ben Carruthers, envueltos todos en Saran Wrap. Había también un puñado de libros de memorias de viajes por la Cuba del siglo XIX, fascinantes por sus comentarios racistas, y algunos volúmenes firmados por sus autores, que incluían novelas de Dennis Cooper, Ana María Shua y Monique Wittig. Con la excepción de Orlando, ninguno valía mucho, aunque para mí eran inestimables.

- Éstos nunca salen del librero, nunca se sacan del celofán -dije-. Si quieres leer uno, me dices y te conseguiré una copia comercial, o una fotocopia.

- Está bien -susurró con desinterés. Se inclinó, agotada, en el futón y puso las manos detrás de la cabeza. La musculatura de sus extremidades tatuadas era elegante y relajada, dotada de una flexibilidad que yo llegaría a conocer después en circunstancias muy diferentes.

 

Kimberle no llevaba en mi apartamento más de un día o dos (llorando y gimoteando, rechazando la comida con la determinación propia de los que tienen el corazón lastimado) cuando noté que Native Son había desaparecido.

Supuse que lo había cogido en algún momento en que yo le di la espalda. Fui al futón y miré alrededor y debajo de la almohada. Las sábanas y la frazada estaban dobladas cuidadosamente. ¿Había estado alguien más en el estudio?

No, ni un alma, ni siquiera Brian Eno, que andaba \cazando. Reflexioné sobre este dilema: ¿Cómo preguntarle a una suicida si te está engañando?

 

Supongo que debía haber estado mucho más preocupada por Kimberle, dada la amenaza de suicidio que con tanta audacia había anunciado. Pero no era así. Asistí a mis clases; cumplí mi horario de trabajo. No boté mis maquinitas de afeitar; no oculté mis cintos, ni apagué el piloto del horno. No era que no creyera que ella estaba en peligro, porque sí lo creía. Es que cuando me dijo que necesitaba que la parara, entendí que pedía que la cuidara hasta recobrarse, lo que imaginaba sería pronto. Pensé, de hecho, que cumplía mi deber con traerla a casa y brindarle un sándwich de jamón cereza-ahumado.

La verdad es que me preocupaba mucho más el maniaco cuya presa todavía saltaba por los campos yermos.

Camino al trabajo en el carro, escrutaba los acres de maíz -ahora un terreno de tallos con puntas como lanzas- buscando señales. En la tienda de carnes ahumadas, abría el periódico e iba directo al reportaje policiaco, tratando de encontrar alguna pista sobre lo que haría el psicópata. Una vez se produjo un incidente en el bosque:

Un blanco cincuentón, cetrino y vil, se le acercó a un par de muchachas e intentó agarrar una de ellas. La otra resultó ser miembro del club universitario de tae wan do y le desbarató la cara a patadas antes de que el tipo lograra escapar. Después de eso, me mantuve alerta por si veía entrar en la tienda a algún cincuentón con cara de bisté machacado. Y evité todos los senderos pastoriles, incluso las rutas de jardines entre los edificios de la universidad.

Como la tienda de carnes ahumadas estaba apartada del pueblo para evitar la contaminación y como su cliente- la era bastante especializada, no pasaban muchos transeúntes y yo permanecía largas horas sola. Vendíamos carne para gourmets - entre otras, de bisonte, avestruz y cocodrilo-, sobre todo por teléfono e Internet, pero lo que más se vendía era una especie de salchicha alemana, tan común por aquí como los perros calientes. Después de procesar las órdenes, preparar los paquetes para el correo, llenar las vidrieras, hacer café y agregarle algunas virutas al ahumador, no tenía mucho más que hacer que estudiar, y mientras lo hacía evitaba dar demasiada importancia a los ruidos que parecían pasos furtivos en el césped, y a las sombras que sugerían cuerpos agachados debajo del alero de la ventana, esperando que yo levantara el marco y expusiera el cuello para ser estrangulada.

 

Una tarde regresé a casa y me encontré a Kimberle con mi cuchillo Santoku ante unas pequeñas pirámides que había hecho en la meseta de la cocina: La primera de aros de cebollas tajadas, la segunda de ají verde en lascas y la tercera de tentáculos resbalosos de pulpo. Brian Eno las acechaba desde el piso, sus paticas y su vientre barcino estirándose hacia el paraíso prometido fuera de su alcance.

- La cena -anunció Kimberle cuando entré en el apartamento.

Me quité las botas a patadas, tiré la bufanda y dejé que el abrigo cayera de mi cuerpo mientras hablaba todo el tiempo sobre el psicópata y su evidente desinterés este año.

- Quizá por fin murió -dijo Kimberle y encendió la llama bajo el wok.

- Sí, eso pensé cuando teníamos quince años, porque aquella vez se demoró hasta enero, ¿te acuerdas? Entonces me di cuenta de que tenía que ser más de uno.

- ¿Crees que tiene cómplices? -preguntó Kimberle mientras un zarcillo de humo escapaba del wok.

- O un copión -continué-. Quizá más de uno. Esa es mi teoría.

Fue en ese momento que noté que Sapphire se inclinaba de una manera rara en el librero. Orlando, de Woolf, ya no estaba a su lado, dándole apoyo. De haberme puesto a pensar cuál sería mi reacción en cualquier otro momento, hubiera concluido que rabia. Pero al ver los libros colocados en una forma que parecían arreglados a propósito, como en un retablo de decoración interior, sentí como si me hubieran dado un golpetazo en el estómago. Intentaba aún coger aire cuando me di vuelta y vi a Kimberle.

El Santoku ya no estaba en su mano derecha, sino encajado en los nudillos de su mano izquierda. La sangre apenas fluía entre sus dedos, pero corría con rapidez alrededor del montón de pulpo, que ahora parecía herido y vivo.

Llevé a Kimberle al hospital, y le cosieron la piel. En el viaje de regreso, apoyaba la mano sobre la pizarra del carro, brillante e hinchada como un anfibio aposemático. Viajamos en silencio. Llevaba los ojos cerrados y la cabeza inclinada, amenazando con salirse por el parabrisas.

Cuando llegamos a casa, las pirámides de cebolla y ají estaban intactas, pero el pulpo había desaparecido. Las huellas de las patas de Brian Eno iban directas a la ventana.

Kimberle se colocó inestablemente bajo la luz, su cara en las sombras.

- ¿Qué pasó con Native Son, con Orlando? -pregunté, sentándome en el futón.

Se encogió de hombros.

- ¿Te los llevaste?

Giró lentamente sobre el talón de su bota, arrastrando el otro pie a su alrededor.

- Kimberle...

- Duelo -dijo-, de verdad que duelo por dentro.

- Su piel se había puesto roja, azulada. Entonces se lanzó en mi regazo, hecha un mar de lágrimas.

 

Cuando Kimberle se mudó conmigo en noviembre, la muerte anual todavía no se había producido -el carnicero se había retrasado-, y yo me preocupaba por las dos, ella en su carro y yo en mi apartamento de planta baja, con la ventana abierta para que mi gata, Brian Eno, entrara y saliera cuando quisiera. Había arreglado la ventana de modo que no se podía abrir más que unas pulgadas, y eso significaba que nunca estaba cerrada por completo, ni siquiera en lo más crudo del invierno.

Kimberle y yo apestábamos a presas. Ambas éramos muchachas varoniles, sonrosadas y tristes. Ella tenía el pelo rubio y lacio, y se le movía como un todo. Su rostro era anguloso, con sombras cinemáticas. (Yo, por el contrario, era suave y algo tropical, con cabellos que terminaban en un carnaval de rizos.)

Su novia la había descubierto in fraganti y la había dejado.

Por lo tanto, se había sumido en la depresión. No podía concentrarse en las clases, ni en su trabajo en el restaurante: Confundía órdenes sencillas, le ladraba a los clientes, de modo que pronto se encontró en la oficina de empleo (sus repetidas salidas a fumar le costaron el lugar en la cola tantas veces que al fin se dio por vencida).

Un amanecer, al llegar a su casa, Kimberle se encontró con que el dueño del edificio, consciente de que no tenía derecho a hacerlo, pero convencido de que Kimberle (con cuatro meses de atraso en el alquiler) nunca lo llevaría a los tribunales, la había echado. Sus pertenencias estaban apiladas en la acera y desvalijadas por los residentes del International House, dormitorio de estudiantes becados del Tercer Mundo que ni siquiera tenían para cubrir el costo de los libros. Sólo le habían dejado una raqueta de tenis con las mallas rotas, algunas camisetas (todas negras) de varios festivales de música femenina, libros de sus viejos estudios de teoría marxista (uno con una nota entre páginas que decía: «¡Comunism is dead!», que nos maravilló por su falta de ortografía) y, para nuestra sorpresa, su iBook estropeado (con la pantalla rajada, aunque todavía funcionando).

Cuando traje a Kimberle a vivir conmigo, todo cupo en un solo viaje del Toyota, no había repuesto ninguna de sus pertenencias. Le di el futón de la sala para que durmiera.

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