

“La vida sin explicaciones no vale la pena ser vivida,
y la vida con explicación es insoportable”Herzog. Saul Bellow.
Ya estoy de vuelta. Me gustaría iniciar el texto con alguna frase memorable, algo como “Hoy, mamá ha muerto”, de Camus, o, “Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera”, de Tolstói, o, “En aquellos tiempos siempre era fiesta”, de Pavese. Una frase tan sugerente, tan llena de fuerza, en resumen: tan perfecta, que atrapara la atención del lector hasta llegar al punto final, que dejara su huella en la memoria como se graba a navajazos un corazón en la corteza de un árbol o una declaración de amor en la puerta de un baño público.
“Ya estoy de vuelta” (¡Qué espanto!)
He olvidado por completo cientos de libros, miles de páginas, millones de palabras, pero hay frases que siempre me siguen allá donde vaya, comienzos de historias que, dispuestos en fila india y cogidos de la mano, narran la mía de principio a fin: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Temístocles Roncero.
A partir de cierta edad aparecen unos ojos en la nuca para mirar hacia atrás. A mí no me hacen falta. Me basta con mirar de frente y leer las páginas mentales de mi libro, obra magna que confecciono desde hace setenta años utilizando retazos y pinceladas de otros textos -otros autores, otras vidas-, y que refleja con absoluta precisión lo que yo soy, una caña que se parte al primer golpe de viento y que utiliza la literatura para sobrevivir a su frágil condición.
- ¡Realidades! ¡Yo quiero realidades! -gritaba mi mujer encolerizada.
- ¡Vete a freír puñetas! -contesté sin desviar la mirada de la letra impresa.
- ¡Eres un inútil! ¡No sabes ni el precio de una lechuga!
Soy un inútil. En eso ella estaba en lo cierto. Me he pasado desde los diez años, desde aquella tarde de agosto en que mi padre me regaló una edición ilustrada de Los viajes de Gulliver, ejerciendo frenéticamente -de manera casi orgiástica- la actividad menos mercantil que existe: la lectura. Pocas cosas hay más improductivas y menos prácticas. Y ahí reside su valor, en el placer único que proporciona. Leer tumbados en la fresca hierba, soñar despiertos bajo un cielo azul recién fregado mientras otros se estrujan el cerebro para redactar querellas criminales, planificar obras de ingeniería ultramodernas o pulverizar el sistema financiero.
¡Qué vengan los ineptos de arriba a solucionar los problemas! ¡Para eso se llenan los bolsillos con nuestros impuestos!
En estos dos últimos meses no he parado de leer cosas nuevas. Pero antes quiero mencionar un manual que está siendo muy útil para la confección de estos textos: Escribir y reescribir (Fuentetaja) de Gloria Fernández Rozas. Me lo regaló Mateo, compañero de dominó y profesor jubilado de instituto, amigo del alma, cuando le conté angustiado que había aceptado llevar esta sección de novedades sin tener ni puñetera idea de redactar un folio, puesto que desde Filosofía y Letras no lo había hecho (y además dejé a medias la carrera).
- Leer es también una forma de escribir, Temisto; de todos modos no te preocupes, buscaré algún libro que te oriente un poco.
Al día siguiente apareció por el parque con este manual ameno y lleno de didácticos ejemplos, con fotografías de manuscritos de Perec, Balzac o Conrad, que recomiendo vivamente si decides aventurarte por el tortuoso -y placentero- camino de la escritura.
Hablando del polaco Joseph Conrad, las editoriales (grandes y pequeñas) continúan publicando nuevas ediciones de sus obras. Ahora le toca el turno a Una cuestión de honor, novela corta sobre dos oficiales franceses que, en los tiempos de las guerras napoleónicas, se baten en duelo y a partir de ese momento se enfrentarán durante más de quince años. El paseante de las dos orillas de Guillaume Apollinaire, curioso y agradable paseo por el París vanguardista de primeros del siglo XX: “Voy lo menos posible a las grandes bibliotecas. Me gusta más pasear por los muelles, esa deliciosa biblioteca pública”. Dos títulos primorosamente editados por El olivo azul, editorial cordobesa de selecto catálogo.
Lo mismo le sucede a Minúscula (Reunión de Bachilleres de Franz Werfel, flamante escritor contemporáneo de Kafka del que hace tiempo leí Una letra femenina azul pálido; y La isla de Giani Stuparich, el viaje que hace un hombre enfermo con su hijo a la isla adriática donde nació), o a Funambulista, que ahora publica en un mismo tomo tres títulos de Mario Lacruz: El inocente, La tarde y El ayudante del verdugo, junto con artículos sobre su obra y alguna entrevista con el autor.
Dos novelones escritos por veinteañeros aunque muy lejanos en espacio y tiempo: El color prohibido (Alianza literaria) de un Yukio Mishima ya atormentado por su homosexualidad (uno de los factores que lo impulsó a suicidarse con sólo cuarenta y cinco años) y Eres bella y brutal (Algaida) de Rebeca Tabales, poderosa historia ganadora de XIII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla.
La legendaria Cátedra me envía Declaración de un vencido de Alejandro Sawa (bohemio inspirador del Max Estrella de Luces de Bohemia del que se cumplen 100 años de su muerte), interesante novela de corte autobiográfico de finales del XIX sobre un joven de provincias que llega a Madrid, y una reedición de la Antología poética de Juan Ramón Jiménez a cargo de Javier Blasco.
Reconozco que Alfaguara últimamente me tiene subyugado. Al gozo que experimento leyendo El Lémur de Benjamin Black (seudónimo del irlandés John Banville), thriller vertiginoso sobre un periodista que escribe una biografía autorizada de su suegro, magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Mamá de Joyce Carol Oates, consagrada novelista firme candidata al Premio Nobel, Aquí empieza nuestra historia de Tobias Wolff, selección de sus mejores cuentos junto con otros nuevos y uno de los 100 libros más destacados de 2008 según The New York Times, se suma Papeles inesperados de Julio Cortázar, casi quinientas páginas de capítulos y cuentos inéditos, entrevistas, poemas, artículos y cronopios. Un festín de inteligencia que orilla por momentos mi sempiterno dolor de huesos y que pasa a ocupar un destacado lugar en mi biblioteca junto con la Obra poética (Seix-Barral) de Francisco Umbral. Mira que belleza:
LA SOLEDAD
Hablo de soledad
porque estoy solo.
Soledad es un pez que nada el tiempo,
la soledad es una puerta abierta
que da a puertas abiertas
y vacías.
No es ausencia de gente el estar solo.
Es ausencia de mí entre la gente.
El que no está soy yo,
y ellos no saben,
soledad es morirse a cualquier hora
junto al museo de los medicamentos.
Soledad es un agua que no hay,
un sol que se ha dormido en los cristales,
silla que no hace juego,
un hueco en la memoria,
soledad es un hombre solitario
que se acerca a mirar las papeleras.
Hoy me he visto a mí mismo,
fastuoso de soledad, como un mendigo,
mirando una lejana papelera
y sacando un periódico del fondo
que es el mismo que lleva en el bolsillo,
porque lo sacó ayer, y así por siempre.
No quiero despedirme sin darle la enhorabuena a mi paisano y amigo Paco Balbuena, columnista de esta casa y joven de mucho talento, por haber obtenido el XI Premio Río Manzanares de Novela con El jardín de ajenjo (Calambur), una trepidante historia de amor entre un español y una judía, esposa de un antiguo oficial austriaco, ambientada en Brasil durante la II Guerra Mundial.
Como podrás observar, amigo, me es imposible encontrar algo de tiempo para enterarme del precio de una lechuga. Pero hoy estamos a lunes, aún queda por delante una resplandeciente y primaveral semana, y quizá logre averiguarlo en memoria de mi difunta esposa.
Temístocles Roncero
Junio, 2009.