

Coincido con algunos colegas en que el narrador mexicano Jorge Volpi (1968) es aún más mexicano precisamente porque su obra más reconocida internacionalmente no tiene que ver con su país natal. Y no es ningún dislate: la narrativa de Jorge Volpi, específicamente esa que arranca cuando los primeros tiempos de la Generación del Crack1 quedaban atrás, arrastra hacia la mesa de eso que algunos llaman “la mexicanidad” temas, personajes, y hasta pequeñas intríngulis históricas de ese otro terreno, más amplio y abierto al no tener fronteras, conocido como “universalidad”.
Conversando con otro miembro de esa Generación que conmovió a las letras mexicanas a fines del siglo XX, Ignacio Padilla, he podido descubrir que la diferencia estaba en la búsqueda personal de cada uno de estos escritores desde una dualidad realmente curiosa: por un lado, oponiéndose a la literatura del postboom latinoamericano pretendían provocar un rompimiento que retomara lo que consideraban la mejor literatura, la del boom; y por otro, escribiendo una narrativa generalmente descolocada del espacio y el tiempo mexicanos en un acercamiento evidente a la literatura europea, de la cual se confesaban influenciados. Esa dualidad de propósitos irreverentes de cara al fuerte nacionalismo literario mexicano los va llevando en el posterior desarrollo de sus trayectorias escriturales personales, habría que averiguar si conscientemente o no, a un rechazo de los dos grandes escenarios típicos en las letras de lengua española del siglo XX: Latinoamérica y Europa, y es por ello fácil entender que las obras más publicitadas de estos autores (y en mi opinión más aportativas a las letras mexicanas) sean aquellas donde los escenarios existen, pero no importan tanto como el sentido de búsqueda y realización de sus personajes. Jorge Volpi, especialmente en sus últimas tres novelas (En busca de Klingsor. Seix Barral, 1999; El fin de la locura. Seix Barral, 2003; y No será la tierra. Alfaguara, 2006) hace un verdadero aporte a lo que algunos críticos han llamado ya “el escenario universal histórico”, que es un sitio donde confluyen diversas connotaciones culturales, de idiosincrasia y diversos elementos históricos “nacionales compartibles” latentes en todas las épocas del mundo moderno.
Bajo ese concepto, la pregunta sería: ¿es En busca de Klingsor una novela de tema alemán?, ¿es El fin de la locura una novela mexicana, una novela cubana, una novela francesa?, ¿es No será la tierra una novela europea, una novela latinoamericana? La respuesta, positiva o negativa, desencadenaría una larga disquisición, entre otras cosas, sobre esos fenómenos llamados “Globalización” y “fin de la historia” que algunos estudios aseguran han marcado todo el devenir humano de las últimas tres décadas, aunque sus efectos en los terrenos de la creación individual sean todavía una asignatura pendiente. Si En busca de Klingsor es una perfecta novela de tesis que abunda en el eterno tema de la búsqueda de una verdad (más allá de la búsqueda del científico alemán), y si en El fin de la locura un mexicano de la izquierda, en sus avatares y giros por Latinoamérica (Cuba, Chile, etc.) y Europa, será el más lúcido ejemplo del derrumbe de la utopía revolucionaria, en No será la tierra se narran las grandes transformaciones de nuestro tiempo: la caída del Muro de Berlín, el golpe de Estado contra Gorbachov y el ascenso de Yeltsin, la guerra bacteriológica y el Proyecto Genoma Humano para llegar, a través de la historia de tres mujeres a un terreno corrupto por tradición en el género humano: la individualidad moderna como caldo de cultivo del egoísmo y la deshumanización.
Cuando leía esas obras comprendí que uno de los aportes más notables en la obra de Volpi es su particular comprensión de la historia universal: basta que nos fijemos en las cimas históricas que elije para comprender que él es consciente que los fenómenos históricos de un país no pueden encasillarse, desde hace un par de siglos, sólo en el escenario de influencias nacionales. En el siglo XIX, por ejemplo, apenas dos o tres sucesos históricos nacionales se convirtieron en influencias para el desarrollo del mundo; pero en el siglo XX son más de treinta los grandes momentos históricos nacionales que influenciaron directamente el ritmo trepidante del desarrollo internacional hasta llegar a hoy. Conocedor de ese detalle, Volpi ha escrito estas tres novelas ubicadas en ese “escenario universal histórico” del que hablé antes y sólo el resultado de esa feliz elección al enfocar la historia: la concatenación universal de sucesos nacionales como motor de la historia universal moderna, convierte a sus novelas en verdaderos mundos inteligentes, apasionados y divertidos, además de en profundos modos de entender esa marca que hoy rige los destinos humanos: la universalidad.
Notas del artículo:
1.- Generación del Crack. Originalmente era un grupo de cinco novelas de autores mexicanos que fueron publicadas en 1996 con un Manifiesto Crack común. Estas son Memoria de los días de Pedro Angel Palou, Las Rémoras de Eloy Urroz, La conspiración idiota de Ricardo Chávez Castañeda, Si volviesen sus majestades de Ignacio Padilla y El temperamento melancólico de Jorge Volpi, aunque finalmente lo integrarían Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Eloy Urroz, Pedro Angel Palou, Ricardo Chávez-Castañeda y Vicente Herrasti.