OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso
Quimera Ediciones, México 2009

La liviana apariencia de lo trascendente

por Amir Valle

Portada del libro Espejo de tres cuerpos

Trascendente fue la primera palabra que me vino a la mente cuando cerré la última página de la novela Espejo de tres cuerpos, de la poeta y narradora Odette Alonso, publicada este mismo 2009 por Quimera Ediciones, en ese México que Odette habita desde que, a inicios de la década del 90, decidió que debía realizar el sueño de casi todo escritor: recorrer mundo.

Y es ya obvio que ese mundo que Odette ha recorrido desde entonces, con alguna que otra vuelta a Cuba, la ha ayudado a consolidar una voz propia que es igual de visible, igual de identificable, en su poesía y en su narrativa. Pero un fanático seguidor de la narrativa cubana como yo, también obviamente, prefiere la narrativa de esta escritora. La prefiero, por su seducción y por su aporte. Y es que la cuentística de Odette Alonso (Con la boca abierta, 2006) y ahora esta novela, no dejan al lector tranquilo: la seducción (las “mañas de la araña”, como diría un viejo amigo, el poeta cubano Carlos Valerino) se lanza sobre esa víctima que osa leer los cuentos y lo atrapan, lo envuelven, lo enredan en un cántico inevitable, irresistible, por su inmensa carga de humanismo, rebeldía y libertad. Y tal vez por ello sientas que estás leyendo algo muy conocido, muy personal, casi tuyo. Pero, además, ese humanismo, esa rebeldía y esa libertad dotan a sus cuentos de una vida real, nada encartonada, nada ficticia, y los convierten en materia imprescindible dentro del corpus de nuestra cuentística nacional.

Espejo de tres cuerpos, más allá de la temática que aborda (el amor, esta vez, entre tres mujeres muy singulares, en un triángulo indudablemente singular), es una prueba de que Odette Alonso es una excelente narradora: a partir de una historia simple de amor, cuyo único rasgo “escandaloso” es el escenario carnal de ese amor (de cara a la moralina social impuesta contra el amor entre personas de igual sexo), se camina sobre un finísimo hilo que separa a los personajes (y a la historia misma) de esa intrascendencia que late bajo los pies aferrados al hilo. Cualquier paso es, realmente, un paso hacia el abismo. Y por ello es mayor el mérito de esta novela: desde una normal relación lésbica se avanza hacia un grado superior de esa misma relación (el triángulo lésbico), por caminos sólo en apariencia trillados, para ofrecer una de las más complejas historias de amor de la actual literatura cubana.

¿Qué salva a la narradora de caer en el abismo? En primer lugar, precisamente esa moralina perniciosa contra la cual parece estar escrita toda la obra de tema lésbico de Odette Alonso. Y, por ese camino, la elección del escenario donde se va a ubicar la trama: la familia, que bien sabemos es, al menos en nuestra cultura de raíz hispana, la difusora, defensora y perpetuadora de todas las connotaciones morales (sean progresistas o retrógradas según el tópico de que se trate) que nos tipifican. Perfecta ubicación. Pues esta historia, con otros personajes y en otro escenario, no hubiera podido alcanzar, al menos por el camino de una liviana cotidianidad, todas las significaciones que Espejo de tres cuerpos nos deja, pues es claro que si los personajes no fueran una madre y su hija, enamoradas de una misma persona (noten que se trata de un triángulo más que gastado en literatura, supuestamente), y si esos tres personajes no gravitaran en torno a la célula fundamental de una sociedad, como diríamos en Cuba “otro gallo cantaría”, pero cantaría muy mal, o con menos fuerza.

Odette Alonso construyó su historia del modo más simple. Y ello es un mérito: demostrado va quedando que con historias simples, en materia literaria, se ha construido buena parte de la gran literatura universal. Y esa construcción simple arranca con otro presupuesto simple, pero distintivo en esta novela: no se trata del sexo entre mujeres, elemento “vendible” y “escandalosamente atractivo”, lamentablemente muy al uso en la mayoría de los textos literarios de tema gay y lésbico. El sexo, en esta novela, no dispara sus dardos de conquista hacia el morbo del ser humano, como sucede en otras obras de este tema. Es, cuando más, un ámbito que forma el escenario de un conflicto más profundo. El sexo queda al fondo, o es sólo una pieza, sutil y pequeña, que va a colocar determinadas claves en la historia de estas tres mujeres. Pero no es “el ojo del ciclón”, ya que ese ojo, ese centro de aparente paz desde el cual se lanzan oleadas de destrucción a todas partes se halla en el enfrentamiento que cada una de las protagonistas, desde sus perspectivas generacionales y culturales, van a tener, en primerísimo lugar, consigo mismas y, por extensión, con el entorno social en el cual se desenvuelven.

Por todo lo anterior, Espejo de tres cuerpos es una profunda reflexión sobre la verdadera realización humana de la mujer en la sociedad actual. Pero, como toda obra literaria de calidad, es una reflexión que nace de la vida de esos personajes, de su hermosa y apasionante relación de amor, y de las marcas que su inclinación sexual en un mundo de falsas aperturas morales les ha ido dejando en sus respectivas historias de vida. Odette Alonso conoce bien que las imposiciones morales no funcionan en literatura: la historia debe hablar por sí misma, y en esta novela hay tres poderosas historias, de tres mujeres muy distintas, con psicologías absolutamente opuestas, que coinciden en un solo punto: sus sueños de realización humana y profesional. Cada una de esas historias es una voz cargada de mensajes en Espejo de tres cuerpos.

El segundo detalle que salva a Odette de caer en ese abismo de la nada que se expande bajo el hilo que atraviesa, desde lo alto, su historia, tiene que ver con el andamiaje de la obra: desde una aplastante sencillez, con un lenguaje (en apariencias) sencillo, se narra una historia sencilla. Así, sin aspavientos, como si Odette Alonso tuviera en mente esas palabras de Mario Vargas Llosa cuando le preguntaron qué había aprendido después de décadas enteras innovando el lenguaje y la estructura narrativa y respondió: “que el único modo efectivo de contar una historia es escribirla con la mayor sencillez del mundo”. Bajo ese espectro, las reflexiones más profundas de los personajes son soltadas con una escalofriante sencillez; las peripecias son narradas limpiamente, sin complicaciones estructurales, y por ello nos resultan absolutamente creíbles, naturales; los diálogos son los precisos, incluso a veces marcados por lo común, pero definitorios de cada personalidad; las descripciones son, para colmo, de una sencillez famélica pero de una precisión que hace pensar un trabajo limpísimo de orfebrería.

La sencillez, asumida como estrategia para enfrentar los complejos conflictos psicológicos de estos personajes, catapultea esos conflictos hacia una dimensión mayor mediante una comunicatividad más efectiva. Y la combinación de los recursos literarios mediante esa sencillez, además, dotan a Espejo de tres cuerpos de una poco común visualidad (aunque debo hacer notar que toda la narrativa de Odette “puede verse”), con lo cual el lector, estoy convencido a partir de mi experiencia como lector va a sorprenderse recordando escenas de la novela, con esa misma facilidad con la que se recuerdan (o sería mejor decir, se reviven) ciertas escenas memorables de las películas que nos han impactado.

Finalmente, algo que Juan Rulfo estiló en su cuentística y que, en este escenario ficcionado por Odette, adquiere connotaciones muy útiles: el llamado “enfriamiento narrativo”, ese recurso mediante el cual, recuérdenlo, un personaje hunde una aguja en el pecho de otro personaje, atravesándole el corazón con la misma frialdad con la que ese personaje cosía una red con esa misma aguja. Y es que ese enfriamiento narrativo es el que permite a la escritora evadir todo el tiempo las trampas que una historia tan común le tiende: las escenas cursis, los gastados devaneos amorosos, los socorridos requiebros del amor, entre otros (que tienen que aparecer en esta novela porque son asuntos naturales y comunes, inseparables de una historia como la que se cuenta) crecen como verdaderos traumas, humanísimos, o se diluyen en un conflicto más esencial, o dan el salto dramático que los transforma en una especie de boumerang psicológico que enriquece a los personajes (riquísimos psicológicamente, como ya he dicho) y a la propia trama novelada. Sin aspavientos, rulfianamente fiel, Odette Alonso narra desde esa frialdad que, aunque parezca increíble, confiere a lo narrado una pasión, una vida, y una especificidad cautivante.

Espejo de tres cuerpos, entonces, no es sólo una novela más de las letras cubanas. No es sólo una novela más de tema lésbico. Es, y basta una zambullida en la obra para descubrirlo, la mejor novela que sobre el tema se ha escrito por una escritora cubana, y es también, sin dudas, una novela esencial y distinta en la narrativa cubana de las dos últimas décadas. Quien lo dude, lea la novela y encontrará en sus páginas estas cosas que digo y mucho más, todas ellas marcadas por esa liviana apariencia de lo trascendente.

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