OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Homenaje: Mario Benedetti & Mario Maladetti

 

Ricardo Bada

Lejos de Amsterdam, donde me encuentro, y adonde desde California nos llegó la noticia aciaga de la muerte de nuestro amigo Mario, lejos –pues– del teclado con que escribo estas líneas, una máquina de escribir electrónica aguardaba ser usada por primera vez un día de octubre de hace muchos años. La había comprado justo antes de viajar a Fráncfort para entrevistar a Mario Benedetti. Y el caso es que Mario tenía un par de días libres, así es que lo invité a Colonia, donde vivían algunos personajes de su última novela publicada entonces: Primavera con una esquina rota.

Mario estaba literalmente harto de la persecución a que lo sometía la intelligentsia española,  que no le daba tregua ni cuartel. Hablamos largamente de ello en el tren, entre Fráncfort y Colonia, y en casa, antes de irnos a dormir. Cuando me levanté, muy temprano, lo descubrí en mi despacho. Él, que en Madrid tenía una igual, fue quien desvirgó mi nueva máquina, esa mañana, con su sonada renuncia a seguir publicando en El País madrileño.

[Sonada también, en ese mismo diario, la única polémica de altura en los últimos tiempos en nuestro idioma, entre Benedetti y Vargas Llosa, ambos respetándose de una manera caballerosa, argumentando de manera objetiva, no ad hominem –que suele ser lo normal en nuestro ámbito–. Polémica que cerró Benedetti diciéndole a su tocayo (cito de memoria) “Pero no te preocupes, Mario, te seguiremos leyendo, porque lo que escribes está a la izquierda de lo que piensas»].

¿Qué tenía –y lo que es peor: qué sigue teniendo, aunque ahora, ya, en sordina– la intelligentsia española (la inteligencia, a secas, es escasa allá) en contra de Benedetti?  Porque en España, es harta la gente que lo mantiene encasillado en un Index tan feroz como el de la Iglesia Católica en su día. Para esa gente, Benedetti es Maladetti. ¿Por qué? 

Entendería que hablasen mal de él como escritor porque no les gustase su escritura: no tenía por qué gustarles. Pero hablaban mal de él, como escritor, con auténtico encarnizamiento. Incluso gente por lo demás muy comedida y respetuosa con el resto del género humano, pero no con este polígrafo oriental (uruguayos sólo son los futbolistas, decía Borges).

Analizando el tema llegué a dos explicaciones. La primera: porque su poesía goza de un éxito de público sin precedente desde los tiempos de Neruda y los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. La segunda: porque pese a todos los pesares jamás dejó de defender a la Revolución Cubana.

Hay cosas imperdonables, y lo que menos se perdonan los nuevos españoles –europeos ahora en su propia homologación, simples rastacueros según la mía– es haberse convertido de Saulo en Paulo, y constatar que seguía y sigue habiendo quienes se niegan a hacerlo. Y a quienes, para colmo, la juventud los lee como los leyeron sus padres e incluso sus abuelos. Entonces, se lo cobran en forma de ninguneo y, en el caso de Benedetti, hasta ahora con saña.

Con saña, porque ¿cómo ningunear una carrera literaria de sesenta años largos?  ¿Cómo ningunear más de una larga docena de volúmenes de cuentos, muchos de ellos antológicos; varios dramas; una decena de novelas (donde además de La tregua brillan con brillo propio Gracias por el fuego, La borra del café y El cumpleaños de Juan Ángel[]); los centones de sus artículos de prensa y numerosos ensayos, como El país de la cola de paja, perfectamente autónomos y orgánicos, y aún muy válidos, con títulos que son toda una declaración de principios: Cultura entre dos fuegos, Subdesarrollo y letras de osadía, La cultura, ese blanco móvil; y en fin, last but not least, una casi inacabable lista de libros de poesía, con hitos tales como Poemas de la oficina, Viento del exilio, El olvido está lleno de memoria, y ese Testigo de uno mismo publicado hace pocos meses en Montevideo?  A qué seguir...

Sesenta años largos, porque fue en 1945 cuando Benedetti publicó su primer libro de poemas, La víspera indeleble, aunque el volumen jamás se ha vuelto a editar, y parecería mejor datar el comienzo de esa carrera en 1948, cuando aparece su primera obra ensayística, Peripecia y novela, a la que sigue en 1949 su primer libro de cuentos, Esta mañana. Diez años más tarde, otro volumen de cuentos, Montevideanos, significa su consagración. Y en 1960, con La tregua, Benedetti se da a conocer –¡y de qué modo!– más allá de las fronteras de su país: esta novela breve alcanzó más de cien ediciones, siendo traducida a diecinueve idiomas, y adaptada al cine, al teatro, la radio y la TV. Recuerdo que un día, platicando con Mutis, le pregunté por Mario, y Álvaro silabeó con admirada envidia: «Ese comunista que me robó La tregua…» Y sí, porque ¿qué escritor que la haya leído no hubiera deseado ser el artífice de tal joya?

[La versión cinematográfica fue nominada para el Oscar al mejor film extranjero de 1974. Perdió, a mi juicio, por otros criterios que la película misma, pero perdió con honor; como la Armada Invencible contra los elementos, La tregua contra un Fellini: Amarcord].

La noche del domingo 17 me llegó la noticia de su muerte por un colega argentino que vive en California. No por lo ya esperada nos conmovió menos. Mario era un amigo muy querido en la casa de los Bada, donde fue nuestro huésped. Así es que si escribo de él, en estas circunstancias, con tal de no echarme a llorar no he podido hacer otra cosa sino repetir los lugares comunes.

Para terminar, y para evidenciar la popularidad de Benedetti entre el público lector, contaré una vez más, a título anecdótico, que en Madrid había una call girl, Sandra, que se anunciaba con un endecasílabo suyo: «Mi táctica es quedarme en tu recuerdo». Y sí, Mario, esa era tu táctica. Sumamente exitosa, por cierto, puesto que te has quedado para siempre en nuestra memoria.


Ricardo Bada

(Huelva, España, 1939) Escritor y periodista, reside en Alemania desde 1963. Poseedor de una vastísima obra periodística, es autor, además, de los siguientes títulos La generación del 39, (cuentos. Nueva York, 1972), Lorelei-Express, (radioteatro, Hilversum, 1978), GBZ contra E, (radioteatro, Colonia, 1979), Jakob y el otro, (radioteatro sobre un cuento de Juan Carlos Onetti, Colonia, 1981), Kabarett para tiempos de krisis, (espectáculo teatral, Madrid, 1984), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva, 1994), Amos y perros (cuento, Huelva, 1997), Me queda la palabra (conferencias, Huelva, 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid, 2000), La serenata de Altisidora (libreto de ópera, música de David Graham, Camagüey, 2000), Cuaderno de Bitácora (diario de un viaje, Madrid, 2003). Tiene en su haber dos antologías de literatura española contemporánea, realizadas en colaboración con Felipe Boso y ambas publicadas en Alemania, y ha traducido por placer gratuito a grandes poetas de esa lengua: Goethe, Theodor Fontane, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, Erich Fried, Hans Magnus Enzensberger, etc. Ha cuidado en Alemania la selección y edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela; en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll ("Don Enrique" , La Paz, 1995).

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