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Uno
A finales de 2008, tras siete años sin visitar las oficinas consulares de Cuba en Madrid, regresé a ellas para renovar mi pasaporte cubano. Como en anteriores ocasiones, una larga y madrugadora cola serpenteaba frente a la puerta de entrada. El pasillo seguía pintado del mismo verde inocuo que guardaba mi memoria y el blanco leche de las lámparas entintaba las caras y la piel de un tono gris mármol, perfectamente a juego con la espera que aún teníamos por delante. Miré el reloj. Eran la siete de la mañana y hasta las diez no se iniciaban los trámites.
En mi última visita llegué tarde. Es decir, justo cuando las puertas estaban por abrirse y la ansiedad por entrar se notaba en las voces, en la presión del otro en tus espaldas, en los ojos alertas de casi todo el mundo. En la puerta, una señora con la cabeza envuelta en un pañuelo de flores y vestida con una falda color café con leche, blusa marrón y zapatos negros y ortopédicos, controlaba el acceso. Sus facciones lucían ese rastro de incredulidad tan frecuente en los ancianos. Debería andar por los setenta años.
Me acerqué a ella con una sonrisa tímida y le pregunté por las gestiones que debía seguir para cambiar mi estatus migratorio. La mujer me miró sólo un instante:
- ¿Y qué estatus tú tienes?
- Asunto oficial. -dije.
- ¿Y qué estatus quieres?
Los ojos y la voz de la mujer parecieron detenerse en al asombro.
- El de emigrante. -respondí.
Una mueca, que debió ser un rictus, le cruzó el rostro como una sombra. Se notaba el momento. Entonces, con una voz muy cansada, me preguntó a qué me dedicaba yo en Cuba. Se lo dije. Sus dedos, nudosos por la artritis, separaron de un pequeño taco, un rectángulo de cartón, color mierda. En el centro tenía escrito el número 1.
- Pasa, -dijo-, la cónsul está al llegar.
Crucé el umbral y sentí que a mis espaldas la cola se retorcía, indecisa entre la molestia y la curiosidad. ¿Qué se habrá creído ése -escuché-, que aquí estamos por no aburrirnos? A medida que los de afuera iban entrando, sus miradas se pegaban a mi ropa, como si me olisquearan.
Media hora más tarde todavía estábamos en el mismo salón, en las mismas sillas en círculo y pegadas a la pared, y debíamos parecer igual de aburridos todos. Con los años la inoperancia ha terminado por convertirse en una cualidad nacional. La llevamos con nosotros, nos pertenece.
- ¿Algún casito para hoy? - preguntó desde una puerta al fondo, un hombre de unos cuarenta y cinco años.
El rostro de la anciana se iluminó de golpe.
- Él, -dijo señalándome-, el muchachito de la Hermanos Saíz. Dice también que es escritor.
Las miradas se volvieron hacia mí. Otro más que se queda. El hombre me observó levantarme y llegar hasta él.
¿Eres?
- Ladislao Aguado -dije.
-- Y yo el vicecónsul. -Y debió decir su nombre, pero lo he olvidado.
Nos sentamos uno frente al otro. Él detrás del buro, yo de la parte del confidente.
-- ¿Cuál es tu problema? -preguntó e intentó mirarme cordial. El labio superior le brincaba levemente tras el bigote.
--¿Problema? Yo no tengo ningún problema. Sólo he venido a cambiar mi estatus de asunto oficial al de emigrante, nada más.
El hombre se revolvió en la silla e intentó mirarme como si mirase al horizonte, con esa lejanía. Me pidió el pasaporte y lo estuvo hojeando como si leyese un pequeño libro escrito en códigos que sólo él podía comprender. Parecía molesto.
--Tienes que saber, -dijo-, que le estás haciendo un feo favor a la Revolución con esa actitud.
--¿No será al revés? -La cara del vicecónsul cobró una expresión agreste.
--Una actitud -prosiguió como si no me hubiese escuchado-, que ni siquiera es consecuente, ¿puedes creer?
Sonreí.
--Tal vez. -dije.
--Una vez más -dijo y se llevó la mano a la frente, se limpió un sudor imaginario, se acomodó un peinado que no se había movido de su sitio-, desgraciadamente el Che vuelve a tener razón, hay un mal pequeño burgués en algunos de ustedes, los intelectuales.
Volví a sonreír. Entonces él alzó los hombros, se levantó y desapareció por una puerta lateral con mi pasaporte.
Las paredes del despacho estaban pintadas de un rosa viejo y al fondo, entre varios enseres patrios, colgaba un poster de Fidel Castro. Sobre un archivador había un pequeño busto en plomo de José Martí y sobre la mesa, una flor plástica, una artesanía del Morro de La Habana y una talla en madera que intentaba sugerir una mujer esbelta, cuya cabeza era sólo un pequeño cono de madera.
Estuve cerca de una hora solo en el despacho, imagino que posando para alguna cámara, mientras el vicecónsul hacía su trabajo. Intenté varias veces concentrarme en el libro que llevaba conmigo, pero no lo conseguí. Sentía que estaba viviendo el limbo cívico absoluto. Acababa de comunicarle al consulado de mi país que no pensaba regresar a él, me habían retirado el pasaporte y para el gobierno español era uno más entre los millones de indocumentados que repletaban las ciudades de la península.
Cuando finalmente apareció, el vicecónsul traía la cara de satisfacción del deber cumplido. Lucía una sonrisita leve y algo cínica y olía a tabaco. Supuse que durante el tiempo que había estado fuera, habría enviado mis datos por fax a La Habana, rellenado algunas planillas con mis datos personales, y fumado, al menos, un par de cigarrillos.
--Entonces, -dije-, ¿cuánto me cuestan los trámites, me los puede escribir?
--Aquí no se escribe nada, -dijo-, copia si quieres.
Él comenzó a enumerar cifras y conceptos, y yo, a copiar en la última página del libro, el costo total en euros de mi decisión de no regresar a Cuba.
Siete años después volvía a aquellas oficinas. Por supuesto, que esa vez la anciana no salió a la puerta, ni los funcionarios eran ya los de antes. Ni siquiera se entraba por el mismo sitio. Ahora, un hombre bajito y de un bigote ralo, con aspecto de eterno aspirante a oficial de la seguridad del estado, cuidaba la entrada. La cola se desperezó en los asientos, se incorporó como un cuerpo único y comenzó a avanzar por la ranura que aquel hombre dejaba entre él y el marco de la puerta. Las sillas ya no estaban colocadas en círculo, sino en filas, como los bancos de una iglesia. Y sobre la pared de enfrente, una pantalla electrónica con números rojos se ocupaba de avisarnos que había llegado al fin nuestro turno.
En esta ocasión me atendió una funcionaria gentil y eficaz, que en algún momento, se excusó para ir al baño. Quince minutos después, el cónsul estaba junto a nuestra mesa. La mujer hizo las presentaciones. Además de mi nombre y apellidos, le facilitó a su jefe mi oficio de escritor y periodista, el nombre de la revista que dirijo junto a los escritores Amir Valle y León de la Hoz, y el título del último de mis libros. Era asombroso.
El cónsul balanceó la cabeza.
--Un placer. -dijo.
Mi cara, comentó, le resultaba conocida, aunque en ese momento no sabía de dónde. Dio unos pasos cortos hacia atrás, extendió los brazos en un gesto de disculpa y me preguntó si cuando terminase mis gestiones, me importaba pasar un momento a su despacho.
--Para nada. -respondí.
La mujer que me atendía, sonrió y esperó que el cónsul se alejara.
--Es nuevo. -dijo.
Y yo miré, entonces, a mi alrededor, pensé en la nueva disposición de las oficinas, en el tono celeste ahora de las paredes y también que en aquel lugar, a pesar de su lejanía de La Habana, todo estaba tocado por el viso inconfundible de la estética castrista, esa mezcla hiriente entre mal gusto y pobreza.
El cónsul me recibió sin levantarse. Tenía medio cuerpo apoyado sobre la mesa, como si fingiera estar abatido y sonreía. Éramos contemporáneos. A lo sumo, él tendría un par de años más. Yo iba a cumplir treinta y ocho.
--En esa revista tienes todo lo que vale y brilla de la contrarrevolución. -dijo sin que aún llegara a sentarme-. ¿Cómo te las ingenias?
Él aún sonreía, yo también. Estaba claro, la invitación a visitarlo en su despacho tenía unos fines muy precisos. Ya contaba con ello.
Durante cerca de una hora estuvimos comentando -más bien monologando cada uno su punto de vista- nuestras perspectivas sobre el futuro de Cuba, y sobre las opciones que tras la muerte de Fidel Castro, podrían sucederse en el nuevo gobierno. Al cónsul le parecía inverosímil que yo asegurase que el castrismo, como cualquier régimen dictatorial, había inventado su propia, dañina y poderosa clase en el poder, sin dudas, una de las grandes trabas de cara a un proceso democrático.
Parecía sinceramente contrariado.
--Te voy a ser sincero. -dijo-. Es una lástima que una parte de nuestra generación, tú mismo sin más, no entienda el verdadero significado de la revolución.
Dejé caer los brazos sobre las piernas. El aburrimiento es una expresión vacía que se me coloca en los ojos y me obliga a sonreír como un estúpido. Y eso hice, sonreí.
--Tú y yo, sin más, -me aseguró el cónsul-, somos unos privilegiados. Nuestra generación ha sido una generación de privilegiados, porque nosotros sí supimos, porque vivimos en él, qué es el socialismo. A las nuevas generaciones, en cambio, tenemos que hablarle ahora del socialismo como de algo pasado, de algo hacia lo que estamos intentando regresar.
--¿El socialismo, dices?
--Sí, el socialismo. -la mirada del cónsul caía expectante sobre mí.
--¿Y eso cuándo fue?
El cónsul intentó mantener la ecuanimidad y colocó una sonrisa muy parecida a la mía.
--En los ochenta, por supuesto. Para nuestra generación fue un privilegio vivir esa época.
--No lo creo, pero…
Mi cara debió lucir de pronto un gran cansancio. O a efectos de espionaje habíamos llegado a un punto inservible. El cónsul apoyó las dos manos sobre la mesa y se levantó.
--Aunque no lo creas, -dijo-, estas conversaciones son muy útiles.
--En eso estamos de acuerdo. -dije.
Dos
Salí a la calle sintiéndome aceptablemente feliz. Era la primera vez que escuchaba hablar a un funcionario cubano del socialismo en pasado. Aquél no era, pensé, un cambio en la mentalidad, sino en la expresión de la historia. Lo cual, me pareció aún mejor. Había una victoria en el uso del pretérito. Pero, también, en la imposibilidad de que otros, los más jóvenes, pudieran vivir esa fantasía ideológica horripilante que, según el cónsul, había sucedido en Cuba, como una gran fiesta, durante la década de los ochenta.
El espectáculo más hermoso, es decir, la muerte del sistema yo no lo había terminado de presenciar. Era una lástima, pero sí me era posible su reconstrucción. A pesar de que las muertes en las dictaduras, especialmente las muertes sociales, suelen ser muertes horribles.
Tres
En 1989, tras el fin de la manutención soviética, Cuba debió enfrentarse al mayor de los imposibles del castrismo: la producción de bienes materiales. Acaso, porque durante treinta años, el gobierno capitaneado por Fidel Castro había jugado a simular que producía, mientras, se las ingeniaba para negociar con el único valor de cambio que tenía a mano, la ideología.
Durante tres décadas, la economía cubana había estado marcada por dos grandes instancias: la imaginación febril de su líder y la planificación estatal. Elementos que, por sí solos hundirían en la miseria cualquier país o empresa, pero unidos, habían conseguido aquel estado de resignación, ineficacia y despil que, según el cónsul cubano en Madrid, había sido la gran época de la revolución: el socialismo.
Para sobrevivir, habíamos canjeado por petróleo, alimentos y dinero la idea de un bastión socialista en las aguas cálidas del mar Caribe. Seríamos un satélite alejado y agradecido, exportaríamos revoluciones, cumpliríamos cabalmente las instrucciones del PCUS, serviríamos de escuela a los guerrilleros latinoamericanos, formaríamos parte de la educación socialista, negociaríamos nuestros productos exclusivamente y a precios privilegiados con nuestros socios del CAME, los jóvenes estudiarían ruso, serviríamos de intermediarios entre los anhelos expansionistas soviéticos y los países del tercer mundo, la educación sería marxista - leninista, beberíamos vodka, y nos admitiríamos convencidos de la grandeza del ideal comunista; en resumen, lo que hiciera falta, con tal de no trabajar.
Tras la desaparición de la Unión Soviética y la pérdida de valor de nuestra mercacute;a ideológica; Cuba, con uno de los peores sistemas económicos del planeta y con una población de once millones de habitantes, hambrientos y desesperados, debía asumir la nueva realidad e integrarse a los mecanismos internacionales de mercado. Al menos, debía permitir, como último recurso, que otros produjeran en su nombre.
Mientras, y para mantener entretenida a la población, el máximo líder anunció proezas y milagros médicos, enormes golpes de suerte que nos harían ricos de la noche a la mañana, fantochadas agrarias y azucareras y, también, una gran crisis. Una crisis que nos dejaba a merced de nuestra propia incapacidad y que desvelaba la inoperancia económica que habíamos construido en nombre de un futuro radiante y luminoso, la alianza obrero - campesina, el internacionalismo proletario y los pobres de la tierra.