OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Jorge Luis Borges y el otro imaginario

 

Manuel Gayol

Existe un espejo en la vida de todo ser humano, como una entrada al laberinto que a cada quien le corresponde. El espejo puede ser muchas cosas, pero entre ellas es una puerta hacia otra dimensión, un pasaje hacia donde uno -quizás- pudiera  reencontrarse con el otro. Hay veces que el espejo provoca el temor a la magia de lo inverso y la multiplicidad -lo cual realmente es un riesgo-, puesto que uno puede ser absorbido por su azogue, convertirse en alguien distinto y después de tanto reproducir una imagen equivocada diluirse en lo desconocido…

Con probabilidad esto pudo ser el terror que sentiría Jorge Luis Borges (1899-1986) cuando era niño y se encontraba con los espejos: terror suyo -que quizás fue el de Teseo ante el laberinto o el del mismo Prometeo ante el fuego-. Aunque en verdad no creo que fuera tal, sino un deseo de no entrar en esas paredes de cristal para no perder el lado de acá, supongo, esto que aparentemente todo el mundo cree conocer.

Sin embargo, sospecho que sin que el mismo Borges en un principio lo advirtiera, el horror a los espejos (o al laberinto) se transformó de duda existencial en duda imaginaria, que es como decir: en curiosidad y seducción cuando antes de ser un ciego luminoso descubrió que del otro lado se encontraba el mundo de la Imago (y que este ámbito también pudiera sentirse como el verdadero), donde se podía estar y ser, y que el miedo y la misma nada se hallaban más que todo en este mundo de acá, por lo que en muchos casos es mejor contemplar la vida desde el otro lado; o sea, del lado de adentro del espejo (o del laberinto).

Con seguridad, desde que Borges publicó su primer libro -y hasta después de su muerte- era ya un escritor -al decir de Harold Bloom- al que sus ideas no se le podían (ni pueden) clasificar como religiosas, políticas o psicoanalíticas, cuestiones estas últimas que, según el mismo Bloom, él rechazó.

Sin embargo, lo que sí resulta indiscutible es que este argentino fue un maravilloso creador de ficciones metafísicas, y entre los pocos escritores universales que han tratado con belleza y profundidad el tema del otro, Borges figura como uno de los más preclaros, por contar no sólo con un estimable arsenal de temas novedosos, sino además porque la factura de sus poemas, de su prosa crítica y sus narraciones proyecta una exquisita apariencia de serenidad y lógica, que verdaderamente esconde las fuertes vibraciones de un sentido estético hacia lo desconocido; de aquí que algunos críticos, que gustan descifrar lo hermético y pueden encontrar la trascendencia de la luz entre las sombras, lo hayan definido como un enigmático iluminador de antigüedades y de misterios presentes y futuros.

En este caso, lo enigmático es en realidad el asombroso talento de un ciego que ha hecho de las sombras el inquietante resplandor de un mundo contenido en el doble de todo ser humano.

En sus obras (Historia universal de la infamia, El jardín de senderos que se bifurcan, Ficciones, El Aleph, La muerte y la brújula y Cuentos breves y extraordinarios, entre tantos importantes libros de poemas, ensayos, crítica literaria y colaboraciones con otro autor como Adolfo Bioy Casares), este hacedor -que siempre ha hecho de toda creación algo inesperado- ha sabido revelar la dimensión fantástica de la realidad. Sus cuentos, y buena parte de su poesía, le han otorgado a la realidad el verdadero valor que conlleva el hecho de que ésta se encuentra formada no sólo por lo material y corpóreo de la vida, sino asimismo por la -aunque impalpable- real dimensión de lo imaginario. Para Borges, la realidad no es exclusivamente el recuerdo en apariencia historiado de un gaucho como Tadeo Isidoro Cruz, sino también (y quizás más importante) ese despertar de Asterión, que quiere salirse de todo trasfondo ficcional que puede encerrar el Minotauro como protagonista de un laberinto mental; pero que para mí se me antoja el laberinto simbólico de lo que es el mundo: la soledad.

El ser humano, por lo general, tiene su doblez, su historia otra, en la propia creación imaginativa de sus sueños; por lo que la imaginación es la otra cara, oculta, de la realidad.

El sueño, en este portentoso autor argentino, constituye la creación posible del mundo en sus latitudes intangibles; intangibilidad no menos cierta, sino probablemente más esencial que las elementales tres dimensiones de nuestra vida corporal. El sueño se descubre así como un acertijo de identidad: ¿quién sueña a quién? Y es con esta interrogante que se teje mucho del universo borgiano. No es de dudar que esta problemática metafísica viene anunciada ya en sus poemarios Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuadernos San Martín (1929); libros en los que el argentino expresa lo fantasmal de una ciudad que llega a mezclarse con la pampa (Fervor…) y las incidencias originarias, en los otros cuadernos, que tienen para el ser humano los hechos de la soledad, el tiempo y la muerte.

La identidad en la literatura de Borges es algo que va más allá de la tierra argentina, incluso, de lo hispanoamericano. La identidad para él  resulta ser una búsqueda de lo universal como cosmología. Viene a ser el hombre en su verso (in verso) de la intimidad y de todo aquello que lo trasciende. En mi criterio, Borges siempre ha buscado a Dios mediante el recurso de la duda. Su escepticismo ha sido un sinónimo de infinitud. O podríamos traducirlo como su identidad inmortal, porque este ciego que estuvo lleno de luz, ahora -después de su muerte física- continúa en las ideas de ese otro que ha quedado en nosotros, como que somos ese él que nos funde (y confunde) a través de la eternidad de las palabras. En su escrito de Borges y yo lo dice claramente:

Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tomar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas pági­nas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo de­más, yo estoy destinado a perderme definitivamente y sólo algún instante de mí po­drá sobrevivir en el otro…Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)… Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.  No sé cuál de los dos escribe esta página.

El otro es la parte que todos tenemos de la entrega; y lo es porque aquí se da el doble positivo, el que es reconocido por uno para llegar -visto desde una perspectiva intelectual realmente abierta- a la instancia de la humildad humana, que es algo más que la simple suma del talento y las habilidades. Probablemente fue ello el sentido de Asterión cuando se deja matar por Teseo, no sólo para liberarse del laberinto mental en que estaba encerrado, sino también para convertirse en el otro mediante el mito y la posibilidad de la reinterpretación de este mito con los años y los siglos, y así asegurar la universalidad (o lo que pudiéramos decir también: la inmortalidad).

Borges resuelve así dos problemas; el primero: un asunto de la mejor retórica, la estrategia a emplear para reconocerse a sí mismo como un hacedor consciente de su destino creativo, que es su valor en este mundo objetivo. Por lo que deja que su conocimiento y sensibilidad, y las posibilidades de conocer lo desconocido, se subordinen al otro ser que ha imaginado ser, y que al mismo tiempo no es él solamente, sino también todos los que nos identificamos con su proyección, con su irreverencia para con la exclusiva materialidad del mundo. En este sentido, el otro para Borges es la posibilidad de comprenderse él mismo (y hacernos comprender) la inmortalidad del hombre. El segundo problema es la trascendencia del ser humano en el ser imaginario, y, de hecho, la conjunción del individuo con lo universal, para ser parte y coadyuvar a esa energía cosmogónica a la cual debemos dirigirnos. Borges de esta manera se suscribe a lo infinito: subordinación total a la trascendencia de lo desconocido, pero que en resumidas cuentas es la esencia divina de Dios. El otro también es Dios y somos nosotros, soy yo mismo en mi identificación con Borges. Somos uno y todos al mismo tiempo: razón de ubicuidad, sólo comprensible y alcanzable mediante la imaginación.

Aquí nos deshacemos de la falsa modestia: somos humildes pero también grandes e inefables, porque en realidad Borges no habla de su persona, sino del género humano, de la potencialidad que tiene el hombre de alcanzar su propio destino de re-crearse a sí mismo, como un demiurgo, a imagen y semejanza de Dios; no por fatuidad, sino porque el mismo Creador lo quiso así: somos parte, causa y consecuencia de la creación. Es como el juego metatextual de la creación: la infinitud del juego de los espejos y de la caja china a la par de mi difuminación dentro del género humano: autorrecomposición creativa. Yo y nosotros somos el Aleph y viceversa… Esto es como un camino para comprender que somos parte del sueño de Dios, porque, en última instancia, conformamos el corpus de Dios mismo.

De aquí, la duda armónica de quién soy, quiénes somos: yo o el otro, duda infinita, imaginaria, como el mismo sentido lúdico de la identidad.

Y bien, estos breves apuntes que hago ahora me ponen en duda: ¿será que alguna vez nosotros fuimos algo de él (lo somos aún)? ¿Será que Dios -como Borges mismo- nos está soñando indefinidamente? ¿Será que el sueño de Dios es la confabula­ción de nuestros sueños…? ¿Será…?

 

Nota de los editores

Este trabajo pertenece al cuaderno inédito La razón de la mentira poética. Intuiciones (I)


Manuel Gayol Mecías

(Cuba, 1945) Escritor y periodista cubano. Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992 y el Premio de Cuento Enrique Labrador Ruiz (2004) del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York, por El otro sueño de Sísifo. Trabajó como editor en la revista Contacto, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo, editor de cambios y editor propiamente en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California.

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