OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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La Revolución Cubana explicada a los taxistas (fragmentos)

 

José Manuel Prieto

Página 1

Viajes en taxi

El día de hace más de diez años que llegué a  Nueva York en mi segundo o tercer viaje a América y estudié el frío afuera, la hilera de taxis en espera, el paisaje que ya eran los Estados Unidos: un país con el que el mío había estado en guerra toda mi vida. O al menos eso era lo que no se habían cansado de decirme por años. El taxista, un indio o pakistaní con aire de pocos amigos con el que batallé por un minuto largo cuando intenté darle la dirección en dos movimientos. Y no: se volvió hacia mí con todo el torso, me rectificó con aspereza y entonces, tras estudiarme un segundo, seguro de que no había mayor maldad en mí, tan sólo la torpeza del recién llegado, sopesó mi acento y me preguntó para dulcificarme, ¿de qué país llegado?

Que fue cuando, al yo contestarle de dónde, exclamó:

- ¿Cuba? Y acto seguido: ¡Fidel Castro!

La enojosa manera que tuvo de decirlo, además: como chasqueó los dedos, se relamió la lengua de gusto, volvió a mirarme por el retrovisor, encajó los hombros. El ademán y la vehemencia de quien habla de un forzudo de pueblo. Y con la misma energía y como su inglés no era mejor que el mío y deseaba a toda costa expresar lo que sentía, llevó la palma de su diestra a la otra mano arrollada, de modo que se escuchó sonoramente: “le dio por el c... a los americanos”

Debo haberme inclinado a la tablilla para leer su nombre tras el cristal porque fue muy al principio de mis viajes a Nueva York, al menos el primero en que descubrí sorprendido aquella reacción, pero no recuerdo su nombre.

Recuerdo sí la ciudad asilueteándose a lo lejos, la mole gris de los rascacielos, recuerdo que era otoño y recuerdo cuánto me extrañó su reacción, hallarla allí tanta simpatía ¡en América!, hacia la Revolución Cubana.

Aquel otro que en el julio del 99 me llevó de Barajas a Sol, en Madrid, España. Y mientras viajábamos por la ciudad, escuchamos la noticia de un terrible accidente de aviación, los espeluznantes detalles del accidente. Cambió luego de estación, sintonizó una melodía de moda de aquel verano y me espió por el espejo el taxista, el gesto con que asentí maquinalmente al reconocerla e inquirió acto seguido:

- ¿De tu país?

- No, es de México, - le contesté-, la cantante... Soy de Cuba.

Y como por encanto:

- ¡Ah, Cuba! ¡Fidel Castro!

Sin ánimo de ofender, de pura alegría.

Debatiéndome aquella vez entre sonreír o enojarme, maravillando siempre ante la inmensa popularidad de la Revolución Cubana entre los taxistas de todo el mundo.

La vez que en Roma un cochezazo de lujo se detuvo junto al nuestro y lo estudiamos los dos, el taxista y yo, sin poder quitarle la vista de encima. Y le dije en broma: “Un bonito coche, ¿eh? Me compraría uno así de tener el... ¿soldi?” Soldi, sí: Y asintió y se quejó en voz baja, algo así como: “¿Y de qué modo? Nunca tanto dinero trabajando de un taxista.” Y aparté la vista y volví al diario que había estado hojeando. Y entonces me preguntó (un hombre joven, sus lentes oscuros): “¿De qué país?” Y me dije resignado: “!Allá vamos!”

Callé en aquella ocasión, y he callado en todas, perdido en un monólogo que sé que jamás le endilgaré al bonachón taxista. En el sentido de la equivocación enorme, la asombrosa popularidad de Fidel Castro y la Revolución Cubana.

Todo lo que me gustaría añadir, matizar. Extrañado porque todo es reducido a un nombre. Y el disgusto que no terminaba de instalarse en mí, el desconcierto más bien.

Porque, ¿no debería alegrarme aquello en cualquier caso? ¿Lo fácilmente que es identificado mi país de entre todos los demás? Su peso y su relevancia patentes, que tan popular es en todo el mundo. Y porque yo mismo, es lo más importante, lo que le explicaría con gusto a aquellos taxistas, si yo también, ¿sabe usted? ¡Cuba! ¡Fidel Castro! Ningún problema con ello. Una visión tan sólo un poco más compleja. Que me gustaría exponerle, ampliarla, si mi conocimiento del italiano o el turco me lo permitieran.

La Revolución Cubana explicada a los taxistas.

Consciente de que es una causa perdida toda explicación pormenorizada. Las muchas veces que he fallado en eso. Tras haberme prometido que jamás y cayendo siempre en torpes, en largas tiradas que han tenido la virtud de complicarlo todo en la mente de mis interlocutores y dejarlos sin embargo imperturbables en su fe, convencidos de su verdad. Por lo que pensando luego y habiendo entendido que es quizá una explicación tan breve, con la fuerza y la sencillez argumentativa del lugar común. Tres o cuatro puntos que debidamente abordados, puestos en claro, permitan hacernos una idea, rápida y fácilmente. Lo mismo que una charla de sobremesa o en los tres cuartos de hora que toma el viaje del aeropuerto al centro.

Me bajo de esos taxis, mascullo una última frase en mi impotencia. Barboteo en el que dicho a medias todo lo que hubiera querido decirle al taxista sobre este asunto. No tan simple, según lo veo, un fenómeno más vasto, una conflagración cuyo resplandor no ha dejado de iluminar un día de mi vida adulta. ¿Me habría entendido? ¿Lo que habría querido decirle, argumentarle?

Y en el bar, antes de dormirme, y subiendo luego a mi cuarto de hotel, imagino todo lo que le hubiera dicho, desarrollo argumentos, me extiendo en razones. Y en vano, porque todo nuevo brote de entusiasmo, en Viena, en Ankara me deja igual de mudo, desconcertado, sin saber qué decir.

Las veces que he bajado en profunda rabia, le he regateado la propina al taxista. Por esto mismo, que dicho así, explicado los motivos de mi enojo, les causaría infinita sorpresa. El reduccionismo, más que nada, de un cuadro así, que deja tantas cosas fuera. Presentada Cuba como un país liberado del yugo americano. ¿Cómo no estar feliz? ¿Cómo no entender tan gran simpatía, la solidaridad mundial, si antes bajo el yugo y ahora liberados? Entendido que imposible moverla, a la Revolución cubana, de su fama bien ganada y que en ello las causas de su inmensa popularidad. Sin que jamás pudiera yo explicarles los detalles de este asunto, nada tan simple.

Y la necesidad, al hablar de lo malo y negativa que ha sido en tantas cosas la Revolución cubana, de mencionar todos sus logros, lo buena que ha sido en tantas otras. Que es imposible negarla categóricamente, descalificarla en toda la línea porque es más compleja (y confusa) que eso. Lo inadecuado de pintarla como la más negra, la más terrible, la más asesina que no lo es, ninguna de esas cosas, aunque haya terminado siempre, durante demasiados años, haciendo mal.

Los toques de genio presentes en toda la obra, en su concepción misma, la brillante idea - para empezar-, la genial idea de retar como se hizo, a Estados Unidos. Ese solo detalle. La manera como el país comenzó a hablar de sí mismo (aunque era una vía sin futuro, como no tardó en verse), pero al principio, durante varios años llenos de energía que no podía no impresionar a quienes la veían perseguir un programa de país grande, en la conciencia de la madurez alcanzada, queriendo salvar, en pocos años, el atraso de cientos. Ese impulso.

Cómo no se ha robado. No es lo que se podría decir en primer lugar de la Revolución Cubana. No es Fidel Castro un vulgar ladrón ni la Revolución Cubana una vulgar ladrona. Cuya única idea y objetivo es enriquecerse, sino veo, y eso creo, un rasgo distintivo en esto, cierto idealismo profundo y terrible.

¿Quién no lo ha visto así? ¿Qué opositor no la querría, para el peso del argumento, para su mayor contundencia, más mala de lo que realmente es, la Revolución cubana? Evitar confusiones, verse obligado en medio de la diatriba, a aceptar su intención más buena, todo lo que ahora digo.

A favor de la Revolución Cubana, y en contra de la Revolución Cubana.

Absolutamente buena, por una parte y absolutamente mala, por la otra.

Y luego esto, lo más frustrante, lo más desalentador: la intraducibilidad de la experiencia, cuán difícil es contarla. De modo que el más atento y comprensivo de tus escuchas, el de mejor corazón, falla siempre en entender tus razones. Que la más minuciosa descripción, la más fatigosa enumeración no logra responder todas las preguntas, armar un cuadro inteligible, siempre inconcluso. Lo más enojoso y angustiante fuera siempre, hecho el horror de minúsculas percepciones. Mi desespero en tantos taxis: nunca lograría trasmitirlo, nunca lograrían entenderlo.

Una argumentación construida sobre la marcha, todo lo más fácil y sencilla. Para contar a los taxistas de todo el mundo, el público encarnado en ellos. No un análisis académico rebosante de fechas y estadísticas. Mi conocimiento de primera mano de la Revolución cubana, en la que no he dejado de vivir, todos estos años, cuyo resplandor, repito, no ha dejado de iluminarme (vivamente) todos estos años.

Débil y criticable por eso, ¿pero en la reacción diaria no nos basamos mayor y casi exclusivamente en percepciones, en intuiciones y certezas? Un inventario aquí de las ideas que operan en mi mente cuando pienso en la Revolución cubana, las veces que he querido, infructuosamente, explicarlas en un taxi.

Entendido lo ingrato de tal tarea, la retahíla de malentendidos, las falsas acusaciones, los improperios que levantara por todo el frente de una disputa que dura años, que ha tenido tiempo de madurar, caducar incluso, dejar crecer todos los equívocos que caben en cualquier empresa humana.

Y lanzándome, sin embargo.

Como un particular, un ciudadano de diario y café los domingos que, llegado una guerra y todo el horror que la acompaña, entiende que sólo así, de esa manera. Y se apresta, viste el ridículo uniforme de campaña y sale a pelear con los más jóvenes, lo absurdo de su situación claramente, en una tregua en su trinchera, los redondos lentes alzados al cielo. Maravillándose, diciéndome: heme aquí, un enemigo jurado de toda discusión política, en el tajo. Nada bueno saldrá de esto. Sí, es aquí. ¿Cuánto le debo? Quédese el cambio. (Todo esto al taxista)

[...]

 

Jolgorio confiscatorio

La Revolución cubana limpió la punta de la pirámide, hizo espacio en lo más alto que con nerviosa rapidez fue llenado por huestes de segundones, de jóvenes de provincia, de intelectuales de extracción pobre que vieron en ello, en lo que sucedía, un acto de incuestionable justicia: la oportunidad providencial que le permitiría saltar niveles, quemar años, llenar los vacíos formados en lo jerárquico y en lo físico por el éxito forzado de la élite anterior.

La posibilidad de hacer carrera en la capital, en ministerios ahora vacíos, de ocupar cargos que de otra forma: años de maquinaciones y fatigoso ascenso. Todos los que de agitadores entusiastas pasaron a cómplices interesados. Que siempre han visto con malos ojos el posible regreso de los expulsados, cuyos movimientos y deseos de restitución observan con natural y muy explicable aprensión. Todo el que ascendió y se colocó en aquellos años.

¡Y las casas! Una casa, la nuestra, en que pasé mi primera infancia, francamente enorme: ¡siete baños!

Eso tan solo hoy me hace detenerme maravillado: ¡siete baños! (recuerdo todos y cada uno de ellos) ¡Y la biblioteca en el salón encristalado! ¡Y la escalera volada de mármol y granito! Tan grande y bien dispuesta que años después se la pedirían a mi padre para instalar en ella una policlínica zonal. Que nos fuimos a otra no menor, más bien inmensa aquélla también, el largo pasillo por el que montábamos patines, mis hermanos y yo, los cuartos muy espaciosos e iluminados y el comedor con sus jarrones de auténtica porcelana china.

Amuebladas esas casas con muebles de anticuario, decoradas con cuadros confiscados a la burguesía y que eran disponibles en varios almacenes por toda la ciudad. Donde una persona podía escoger a discreción: un piano para la sala, el óleo de un antepasado ajeno, bronces... Años después visité una casa que había sido aprovisionada a conciencia en algunos de esos almacenes y entendí la austeridad y el comedimiento de mis padres, que tan sólo tenían lo necesario. Mi madre quizá un poco más allá: los jarrones de porcelana y el bacará por el que debe haber sentido debilidad en su juventud.

La mansión donde pasé mi infancia “como un hijo de la burguesía”, pero que jamás le perdoné a mi padre que no escogiera una casa de aquéllas con piscina. Lo deteníamos siempre en aquel punto, en la parte en que nos contaba cómo había ido a escoger casas acompañado de un soldado con un manojo de llaves, y se había decidido por aquélla en que vivíamos tras haber descartado varias con piscina por temor a que nos ahogáramos en ella.

Nos venían lágrimas a los ojos, no lográbamos entender tanta torpeza... Aunque muy grande y hermosa aquélla en que pasé mi infancia. El lujoso barrio en que vivíamos, la casa todavía más fabulosa de la esquina, la mansión propiamente dicha de un ex latifundista de quien terminaron siendo, mi papá y mi mamá, los mejores amigos. En aquel suburbio esplendoroso, en aquellas casas enormes, “californianas”, entre tantas familias confiscadas, aquella pareja joven y entusiasta como símbolo y representación de los confiscadores.

Y he entendido el dolor de Miami (es un decir, ya expliqué eso de “Miami”) por las excelentes casas que dejaron atrás y me ha remordido la conciencia por haber vivido en una de ellas. Todo este tiempo. Como me contó Miguel, el jardinero que heredamos para el jardín arbolado y el patio inmenso. Que una vez instalados mis padres, debe haber ofrecido sus servicios para hacerse cargo de los canteros y el césped.

Trabajó en mi casa hasta muy anciano y me contaba, veinte años después (¡más!) cómo, antes de irse a Francia los dueños anteriores le habían pedido: “¡cuídenos el jardín, Miguel, que regresamos pronto!” Y no lo decía con sorna ni divertido, sino con una nota de perplejidad. Sobre cómo había terminado siendo todo: de la manera más increíble.

[...]

 

África

Por último de no haber entrado el dinero ruso no hubiera habido aventuras militares en África. Porque nos supimos con “músculo” y salimos a buscar camorra por los barrios vecinos, a enseñarles a los demás cómo vivir. No habría mi padre, por ejemplo, pasado cuatro años en África, dos en Guinea Bissau (y murió su padre y no pudo volar a su entierro) y dos en Benín (y murió su madre, mi abuela, y no pudo volar a su entierro). El delirio de grandeza y de poderío militar, de las “misiones internacionalistas”, como se les llamó hollywoodensemente. Del que hablaría en extenso si no me sintiera ya verdaderamente agotado, que no sé si es un tema bueno para abordarlo así, de manera rápida, en un taxi.

Todo un capítulo, un “logro” poco popular (incluso en Cuba), por absurdo, una guerra en la lejana África, en las llanuras de Cabinda, una contienda que duró ¡quince! años. ¡El único país de América Latina (el orgullo tonto y nacionalista hablando por mi boca ahora) con un cuerpo expedicionario a miles de kilómetros de casa!

No escaramuzas guerrilleras, no incursiones de tres o cuatro pelotones. No: una guerra a gran escala: toda la aviación, toda la infantería, la preparación artillera de horas y días, columnas de tanques para romper las líneas del enemigo, más de cincuenta mil efectivos desplegados. Para comparación (me altera esta parte, siempre me adelanto en el asiento y le hago un cálculo al taxista que según yo ilustra mejor que nada este asunto), imagina, le digo, Rusia, el gran país, el Imperio, cien mil efectivos en Afganistán, de un país de trescientos millones de almas, de fuertes y fornidos hombres soviéticos. Ahora bien, cincuenta mil efectivos desplegados por Cuba, una isla danzante de escasos once millones. Tropas aerotransportadas, unidades de cohetes. Como a la que se me invitó a alistarme (cierto esto y siendo esto absoluta verdad) la tarde, en Cuba, que se me citó al Comité Militar zonal. Y un oficial bonachón, un capitán, me lanzó, sin mucha convicción el discurso sobre los hermanos africanos en problemas. Que yo, en mi calidad de ingeniero recién graduado, de oficial de la reserva (en esa hipóstasis) podía solucionarles. Y le dije no. Rotundamente.

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