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Hay seres humanos que van por la vida sin saber que son personajes de novela. Roberto Ampuero, uno de los escritores chilenos más conocidos en eso que hoy algunos llaman “mundo editorial hispano”, es uno de esos seres humanos: se desenvuelve en un entorno universitario donde debe hablar de literatura casi todo el tiempo, mantiene en vilo a miles de lectores con la vida fabulada de su investigador Cayetano Brulé, pone a vivir en ciertos escenarios de este planeta a mujeres muy rebeldes y desinhibidas, esgrime una prosa memoriosa y aguda para recordar ciertos momentos de su vida como ser humano (por ejemplo, su muy específica y curiosa estancia de exiliado en Cuba) y … en fin, escribe y escribe, y nos hace preguntarnos, a quienes hemos tenido el placer de compartir su amistad y su don de gran conversador, ¿cuándo este hombre se dará cuenta de que su vida misma es una fascinante novela donde se mezclan todas las modalidades del género?
La diferencia entre otros personajes de novela y ése personaje que es Roberto Ampuero está en que descubres, en el primer cruce de palabras, que estás ante un hombre de una cultura amplísima, poseedor de esa sobriedad y esa paciencia que caracteriza a quienes parecen haberlo vivido todo (no pasando por la vida simplemente, sino “viviendo” la vida), dueño de una apacible aureola de tranquilidad que estalla en pedazos, en algunas ocasiones, mediante esos gestos, casi alaridos, de alegría y bullicio que tipifican a un cubano (marca de una isla que parece seguirlo a todas partes) o en una frase saltarina, jovial, jocosa, típica de su Chile natal. Descubres su alto sentido de la ética y del compromiso intelectual, también, desde esas primeras palabras (y por esa ética algunas preguntillas picantes, podríamos decir que jodedoramente cubanísimas no fueron respondidas por Ampuero, que declinó con la prestancia de un caballero, la profesionalidad de un colega y la decencia de un amigo).
¿Escribirá Ampuero alguna vez esa novela de su vida, en la cual sea él mismo su propio personaje? es una pregunta que preferí no incluir en esta entrevista. Las conversaciones que hemos tenido, los emails que hemos cruzado, y algunas otras evidencias de la vida cotidiana del escritor, columnista y profesor universitario que es en su día a día me hacen ser muy optimista.
El comienzo puede ser algo así como “De cómo Cayetano Brulé hizo conocer al mundo la existencia de un hombre llamado Roberto Ampuero”. Y es que hay personajes que llegan a crearnos, a conformarnos a nosotros, aunque en apariencias deba ser al revés. ¿Quién y qué es Cayetano Brulé, entonces, por un lado, para el escritor que eres y, por otro lado, para el ser humano que es Ampuero?
Cayetano Brulé es un investigador privado que nació en La Habana y vive en Valparaíso. Conoce, por lo tanto, las claves latinoamericanas del Caribe y el Cono Sur y, aunque no disfruta de lujos, sabe gozar la vida en cuanto puede. Cayetano surgió de mi experiencia personal de haber vivido en Chile y Cuba, lo que me permitió descubrir algo que ignoraba: que hay distintas formas de ser latinoamericano, y que no conocerlas nos empobrece, nos fragmenta y separa. Esas identidades diversas están marcadas por la historia, la cultura, la geografía, el clima y las migraciones. Cuando llegué a Cuba como chileno y me “aplatané” allá, sentí que un día iba a crear un personaje que fuese capaz de percibir el mundo y actuar en él a partir de esa diversidad. Ser “solo” chileno o cubano, o “solo” argentino o boliviano me parecía una restricción que había que superar. Y así surgió Cayetano, un detective que, conociendo los mundos del Cono Sur y el Caribe, viaja investigando e interpretando la vida desde su singular perspectiva.
Paco Ignacio Taibo II asegura que para saber lo que sucede en verdad en la sociedad actual, en América Latina y otras partes del mundo, es obligatorio leer la novela negra que se escribe en esos países, del mismo modo que se afirmó que nada mejor para conocer la Francia de Balzac que leer sus novelas. Partiendo de tu experiencia en las seis novelas de Cayetano Brulé, ¿cómo ves esa afirmación?
Eso lo permite toda gran literatura, no es exclusivo de la novela negra. ¿Qué mejor para conocer la Antigüedad que leer La Odisea? Y algo similar podemos afirmar con respecto a la tragedia griega, El Mío Cid campeador, Don Quijote de la Mancha, Trystam Shandy o Tres tristes tigres. Es una de las razones por las que se estudia literatura. Mis novelas de Cayetano Brulé son realistas y aspiran a entregar, no de forma mimética pero sí verosímil, conflictos individuales en el marco de una sociedad determinada. Y en este mundo globalizado, esto supone el desplazamiento geográfico de los personajes. Uno lee novelas por el placer estético que generan, pero también porque son capaces de penetrar las realidades de las que hablan de un modo diferente a como lo hacen la historia, la sociología, la economía o la sicología. A mí las novelas que me interesan son aquellas que me producen esos dos placeres: uno estético, el otro cognoscitivo. Y creo que mis novelas -que sólo en Chile han vendido más de 200.000 copias, sin contar las pirateadas, que deben alcanzar un número similar- son leídas porque plantean, desde una perspectiva independiente, la historia no contada, la historia silenciada o marginada.
Háblame de tu experiencia en un género que hoy es bastante raro, al menos en materia de calidad literaria: el policial erótico y su manifestación en Los amantes de Estocolmo y Pasiones griegas.
No abordo las novelas a partir de géneros. Las novelas las comienzo a escribir a partir de un personaje en conflicto y ellas mismas van encontrando su rumbo, su tono, su especificidad, su género. Mis novelas de Cayetano Brulé –compara Boleros en La Habana con Halcones de la noche o El caso Neruda, por ejemplo- no se restringen a un género. Boleros… es una novela negra lúdica, Halcones… un thriller político y El caso Neruda es una novela que muchos leen como biografía de Pablo Neruda. También cuesta clasificar Los amantes de Estocolmo, escogida novela del año en Chile en 2003, y Pasiones griegas, que ganó en China el premio de mejor novela publicada en español el 2006. Otra cosa: sólo en Francia mis novelas aparecen en colecciones de novela negra, en el resto del mundo no es así. Creo que a veces simplificamos por comodidad. Los amantes de Estocolmo y Pasiones griegas son novelas eróticas para un lector extremadamente puritano, pero en verdad, y así son vistas por la crítica, son novelas sicológicas que exploran temas de la pareja moderna: celos, infidelidad, desamor, la independencia de la mujer profesional y la proyección de su deseo amoroso, el incómodo papel del hombre en una sociedad que se moderniza sin que él logre seguir el ritmo. Son novelas en donde lo policial tampoco es central, sino la relación de pareja. Son novelas incómodas para los hombres tradicionales, pues en ella son mujeres –mujeres independientes y profesionales, de sectores acomodados- las protagonistas.
El cuento es, lamentablemente, un género que va de capa caída en el actual mundo comercial del libro, a pesar de que América Latina es, históricamente, una tierra de cuentistas. Hablemos de tu único libro de cuentos publicado El hombre golondrina.
Es un libro que reúne mis primeros cuentos, que quiero mucho y que han envejecido muy bien, según los críticos. Comencé como cuentista en los ochenta, con ese libro publicado en alemán. Me sirvieron esos cuentos para ejercitar las armas, pero creo que prima en mí el alma de novelista, al menos en esta etapa de mi vida. Tengo varios cuentos en borradores, pero aun no me atrevo a sacarlos como libro.
Viajar, conocer mundo, es una experiencia necesaria para un escritor. A eso hay que agregar que cada ciudad donde vives tu vida como ser humano por un tiempo te forma o te deforma. Quiero que me cuentes qué significados tienen estas ciudades para el escritor que eres:
Valparaíso: No sería novelista si no hubiese crecido en esa ciudad mágica. Gracias a su topografía única, allí las personas cuando van a sus trabajos o escuelas en realidad vuelan sobre los techos, los campanarios, el Pacífico y las calles. Valparaíso es como la vida: a veces se está arriba, otras abajo. Los habitantes de esa ciudad son sabios y filosóficos porque han conocido épocas de esplendor y una larga decadencia.
Santiago de Chile: Pésimos recuerdos guardo de Santiago: los últimos años del gobierno de Allende, el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973, y el comienzo de la dictadura de Augusto Pinochet. Nunca he podido escribir allí ni un cuento.
Berlín: Fue mi experiencia kafkeana, porque viví en ella cuando estaba dividida. La ciudad me consolidó como escritor pues me llenó de historias. Haber vivido en la frontera entre dos mundos opuestos y con ganas de hacer estallar el planeta, no te deja sin huella. Tampoco te deja sin huella el haber vivido en una utopía supuesta, que había que encerrar entre muros, alambradas, perros y armas de disparo automático para que los supuestos beneficiados no huyeran del paraíso. Berlín fue la ciudad que me convenció de que mi utopía juvenil se veía bien en revistas propagandísticas, pero no cuajaba con la realidad, con la gente de carne y hueso que la vivía. Bueno, y el derrumbe comenzó en Leipzig, la primera ciudad europea donde viví después del golpe de estado de Pinochet.
La Habana: Nostalgia y esperanza. Siento tremenda nostalgia por La Habana y su gente que conocí en los 70 y por la que me contaron en los 70 que existía antes. Pero abrigo también la esperanza de que La Habana vuelva algún día a ser bella y próspera, abierta, y que los cubanos puedan escoger libremente qué tipo de isla y capital desean tener.
Bonn: Una experiencia fascinante: no ha existido en el mundo moderno una nación más poderosa con capital más pequeña que esa. Entrar a Bonn era como entrar a uno de nuestros pueblos: las redes de poder e influencia emergían con absoluta nitidez. Allí veías de inmediato al alcalde, el juez, el jefe de la policía, el comerciante, las fiestas y sus conflictos. Genial radiografía del poder en Europa occidental.
San Pedro de Atacama: Es la única forma de llegar hoy a otro planeta.
Iowa: Mi refugio en la pradera estadounidense. Es una ciudad amable y segura, donde la literatura juega un papel central, de lo que sus habitantes están orgullosos. Es la ciudad mítica de los escritores: aquí están el Programa Internacional de Escritores (IWP), al que acuden cada año colegas de 35 países, y el Taller de Escritores (WW), donde se forman los talentos literarios de EEUU. Es una ciudad que ha generado más de 37 Premios Pulitzer, aquí han estudiado o enseñado, entre otros, Vonnegut, Carver, Pamuk, Donoso. Excelentes librerías y la ciudad con mayor nivel académico per cápita de EEUU.
Sobre eso que José Martí llamó “nuestras tierras de América” flota hoy, cuando la mirada llega desde Europa y algunas otras latitudes, una incómoda e idílica aureola que mezcla el exotismo, la falta de información y hasta las ilusiones políticas e ideológicas. Es una mirada que nunca permite entender la verdad y la realidad de nuestros países. Tu obra ha sido traducida a muchos idiomas, entre ellos al italiano, al francés y al alemán, lo que permite que seas leído en países donde esa mirada es a veces dramáticamente idílica y equivocada. ¿Qué descubrimientos has tenido en relación con la posibilidad de contraponer tu visión a esa mirada corruptora de nuestras realidades?
Soy crítico de las visiones clisés de nuestra región y cultura. A grosso modo hay un clisé de derechas, que quiere presentarnos como un continente que muestra un desarrollo económico gradual y promisorio, donde el mercado resolverá todo, una región donde las dictaduras de derecha fueron “necesarias”, una derecha sin autocrítica histórica ni capacidad para entender por qué surgen los Evo Morales o Hugo Chávez (con quienes no estoy de acuerdo, pero son una respuesta a sociedades fallidas en su proyección social, democrática y étnica) y que cree que las demandas de sectores populares, sindicales o estudiantiles representan hoy un riesgo para la democracia y la estabilidad. Hay también un clisé de izquierdas, alimentado a menudo por quienes viven muy bien, viajan en primera y andan con el puño en alto, distribuyen proclamas incendiarias, justifican regímenes de partido único para “los pobres latinoamericanitos”, pero que jamás justificarían dictaduras para Francia, España u Holanda. Es una visión patriarcal y racista, parte del supuesto de que nuestras repúblicas bien pueden vivir por 50 años bajo una dictadura, pero no así los germano-orientales o húngaros, una visión que a menudo vende muy bien en el mercado del hemisferio norte y va acompañada de una descarada mitomanía revolucionaria del propio autor. Ambas visiones, la descarnada que confía todo al mercado y la de la revolución como una actividad romántica, son nocivas, nos caricaturizan y sumen más en el atraso.
Viviste en Cuba en un período de formación intelectual importantísimo para el escritor que serías y esa formación individual ocurría en un momento en que en Cuba sucedían, literariamente, fenómenos que, en sus vínculos con la política nacional, habían cambiado la historia de la cultura latinoamericana, marcando un AdP y un DdP (Antes de Padilla y un Después de Padilla). Me gustaría conocer, aunque fuera a modo de resumen, lo que significó para el escritor Roberto Ampuero vivir esa Cuba intelectual que emergió después del Caso Padilla.
Fue una experiencia muy gráfica: yo en los años 70 era un joven militante comunista que huía del pinochetismo y creía haber encontrado mi utopía revolucionaria en Cuba. Un día conozco a Heberto Padilla, un poeta que había sido “tronado” por escribir un libro de poemas que el gobierno castrista consideró crítico. Pues bien, en mi régimen utópico ese poeta vivía sin derecho a publicar ni en Cuba ni el extranjero, sin derecho a dejar la isla, condenado a ser traductor de obras literarias en las cuales no aparecía su nombre como traductor, vigilado y hostigado por la policía política. Cuando yo vi eso, porque lo vi y lo viví, no me lo contaron, me pregunté si yo quería realmente ese sistema para mi país. Y me dije que no, y llegué a una conclusión crucial y dolorosa para mí entonces: para la víctima de la opresión las dictaduras –sean de izquierda o derecha- son simplemente dictaduras, no tienen justificación y merecen ser condenadas. Un intelectual humanista no puede tener doble estándar. No puede condenar a la dictadura de Pinochet y aplaudir a la de Castro. Un intelectual humanista defiende los derechos humanos donde sea que esté, exige democracia, pluralismo y libertades individuales, y nada lo lleva a justificar dictadura alguna. A veces veo mucha hipocresía: se condena y con razón a las dictaduras de derecha, pero se calla y tolera las de izquierdas. Es una postura moralmente insostenible para un intelectual. Me tocó vivir dictaduras de derecha e izquierda, y las rechazo por igual.
Un escritor es, aunque muchos lo quieran negar, uno de los más vistosos animales políticos de la especie humana. En varias de tus entrevistas has hablado de los cambios que se produjeron, a partir de tu experiencia de vida, en tu pensamiento ideológico y político. Quisiera que me hablaras de cómo esos cambios alimentaron o envenenaron al escritor que hoy eres, empezando desde aquellos tiempos de juventud cuando creías, según tus propias palabras, que “el socialismo era democrático, justo y económicamente próspero”.
Conocer la realidad política no me envenena, me permite asumir una posición independiente y crítica. No milito en partido alguno, creo que lo mejor es apoyar las causas que a uno le convencen después de examinarlas con rigor, y estudiar muy bien los candidatos antes de cada elección. El sueño de los políticos es contar con electores cautivos. Nos quieren enseñar que hay que ponerse una camiseta política y ser fiel a ella hasta la muerte. Pero, ¿conocemos a gente más veleidosa que los políticos y los partidos políticos? Nos quieren convencer que ellos representan lo eterno, lo que no muta, la consecuencia y la historia, y que nosotros, los electores independientes, somos los veleidosos, los que cambiamos de postura, los no confiables, los que nos cambiamos de chaqueta. En verdad, el poder debe volver a los electores, a nosotros y nosotros debemos convertirnos en jueces cada vez más críticos y exigentes de los partidos políticos y apoyar a quienes creemos que están cumpliendo bien sus tareas.
Has podido conocer tres de las más trágicas dictaduras que conmovieron al mundo en el siglo XX: el Chile de Pinochet, la Cuba de Fidel Castro y la Alemania socialista (RDA). ¿Te atreverías a establecer puentes y diferencias entre esos tres desastres, desde la perspectiva de esos cambios personales de los que hablamos en la pregunta anterior?
Sólo haría preguntas: ¿Qué pasó bajo Pinochet cuando los chilenos pudimos votar libremente sobre el régimen bajo el cual querían vivir? ¿Qué pasó con el régimen de la RDA cuando el pueblo se atrevió a salir a la calle y se expresó sobre el socialismo real? ¿Qué pasará cuando los cubanos de la isla y el exilio puedan escoger en elecciones libres y pluralistas qué Cuba desean construir? Al final, la democracia siempre se impone.
Una última pregunta: tu participación más reciente como, digamos, “ese animal político que todo escritor es”, fueron las cartas a la presidenta Michelle Bachelet por su visita a Cuba y su nefasto encuentro con Fidel Castro. Mi interés personal en esta pregunta parte de que he sido testigo de las esperanzas e ilusiones que despertó en el mundo la llegada a la presidencia de Chile de alguien como Bachelet, que sufrió en carne propia la dictadura de Pinochet, y por eso me dolió profundamente su triste papel de sierva al visitar Cuba y saltar de alegría como una colegiala cuando supo que otro dictador la iba a recibir. Me gustaría que me hablaras de esa, llamémosla, “inconsecuencia ética”.
Por un lado fue doloroso para mí escribir esas cartas abiertas a la Presidenta de Chile, a quien admiro por su trayectoria de lucha por la democracia, su honestidad y la forma en que ha gobernado. Ha sido una gran estadista, aunque la coalición que la respalda ya está agotada y ha dado muchas muestras de ineficiencia y corrupción. Pero la Presidenta Bachelet se equivocó rotundamente no al ir a Cuba, porque Chile debe cultivar relaciones con todos los países del mundo, sino al tratar de presentar su visita a Cuba como una visita a un país democrático como Costa Rica o Suecia. Una mujer con su trayectoria, que sufrió la represión y el exilio de la dictadura de Pinochet, no podía ir a Cuba y mostrar tal admiración por la figura de Fidel Castro. Los chilenos esperábamos también una palabra de aliento de Bachelet a los opositores de la isla y los exiliados, a gente que vive hoy lo mismo que ella vivió hace 36 años. Pero falló. Pero lo más increíble fue que el propio Fidel Castro la ofendió a ella al revelar de muy mala fe la conversación privada que habían sostenido en La Habana, en la que dejó pésimamente parada a la mandataria chilena. Ha sido el peor bochorno que haya pasado un presidente chileno en su historia. Desde su visita a La Habana, Bachelet nunca más ha querido ni mencionar a Fidel Castro.
(Valparaíso, 1953) es un escritor, columnista y profesor universitario chileno. Su primera novela, ¿Quién mató a Cristián Kustermann?, fue publicada en 1993 y en ella introdujo al detective privado Cayetano Brulé, obteniendo el premio de la Revista Libros de El Mercurio. Desde entonces el detective ha vuelto a aparecer en cinco novelas. Además ha publicado una novela autobiográfica sobre sus años en Cuba titulada Nuestros años verde olivo en 1999 , y las novelas Los amantes de Estocolmo (Libro del Año en Chile, 2003 y fue el libro más vendido del año en Chile) y Pasiones griegas (elegido en China Mejor Novela en Español, 2006). Sus novelas han sido publicadas en América Latina y España, y ha sido traducido al alemán, francés, inglés, italiano, chino, sueco, portugués, griego y croata. En Chile sus obras llevan más de 40 ediciones. Ampuero reside actualmente en Iowa, donde ejerce de profesor en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Iowa. Fue columnista de La Tercera de Chile y del New York Times Syndicate, y desde marzo de 2009 es columnista de El Mercurio.
Su obra literaria comprende los siguientes libros:
(1993), ¿Quién mató a Cristián Kustermann? (novela policial), Editorial Planeta.
(1994), Boleros en La Habana (novela policial), Editorial Planeta.
(1996), El alemán de Atacama (novela policial), Editorial Planeta.
(1997), El hombre golondrina (cuentos), editorial Planeta.
(1999), Nuestros años verde olivo, Editorial Planeta.
(2001), La guerra de los duraznos (novela juvenil), Editorial Andrés Bello.
(2003), Los amantes de Estocolmo, Editorial Planeta.
(2004), Cita en el Azul Profundo (novela policial), Editorial Planeta.
(2005), Halcones de la noche, Editorial Planeta.
(2006), La historia como conjetura. La narrativa de Jorge Edwards (ensayo), Editorial Andrés Bello.
(2006), Pasiones griegas, Editorial Planeta.
(2008), El caso Neruda, Editorial Norma.