

Conversar con el escritor español José Manuel Fajardo es, al decir de Hemingway, “una fiesta”, ”fiesta innombrable”, al decir de Lezama Lima; leer cualquiera de sus libros, un viaje por el reino de la inteligencia y la pasión.
Luego de escucharle, conociendo ya su riquísima vida (condimentado lo que él cuenta con las historias que otros amigos y colegas cuentan sobre él), nadie puede pensar que Fajardo podría ser, por ejemplo, abogado, carrera que por cierto estudió hasta el tercer año: uno termina diciéndose “este hombre tiene que ser escritor”, y bajo ese impacto, conociéndolo como ser humano antes que como escritor, me llegó su primer libro, dedicado: Una belleza convulsa, novela, decía el editor. Luego he buscado sus otras novelas: Carta del fin del mundo, El converso, A pedir de boca, y en una visita a su apartamento en París (que comparte con la escritora cubana Karla Suárez) lo vi sacar un libro, escribir algo en la primera página, para luego extendérmelo mientras decía: “acaba de salir… son unos cuentecitos”.
No se lo dije entonces, pero recordé al instante a mi querido amigo, el narrador cubano Guillermo Vidal que se refería de ese modo a su obra cuentística, como no queriendo darse cuenta de que aquellos “cuentecitos” iban quedando inscritos como marcas de fuego en la piel de ese enorme monstruo llamado Letras Cubanas.
Si en Una belleza convulsa encontré, desde la simple historia de un hombre secuestrado, un visceral cántico a la absurda manipulación de la libertad como infierno y paraíso de la especie humana; si en Carta del fin del mundo retoma el procedimiento de mirar la historia desde abajo, en este caso desde la mirada de un tonelero que asiste a la epopeya de la conquista del Nuevo Mundo por España, en la que considero una de las más lúcidas y hermosas novelas escritas sobre ese tema; si en El converso un aventurero inglés, misterioso y taimado, y un judío converso español, desde el Caribe del siglo XVII, abren un mundo de aventuras por mares y tierras de tres continentes en la búsqueda de ese lugar, remanso idílico, al que siempre aspira a llegar todo ser humano; y si en A pedir de boca, a partir de una hermosa historia de amor, asistimos a un concierto triste donde emigrantes, integración y xenofobia son ingredientes de ese restaurante donde trabaja el protagonista, en el libro de cuentos Maneras de estar Fajardo desgrana un rosario amplísimo de experiencias de vida que parecen estar en el catálogo de nuestras propias existencias.
Una mujer aún somnolienta que sueña con sus ojos y su corazón muy abiertos, el sobreviviente de un volcán arrastrando la desgarrada tristeza de su sobrevida, un fabricante de moscas de pesca dueño de un pub desolado bajo la inopia de su propia cotidianidad, el destino humano descarnado y perdido bajo la bota de la desmemoria forzada del hijo de un marino que vive huyendo de las oleadas latentes de su pasado, un camionero que vuelve a caer en las redes de su propio desamor, la memoria de una masacre hundida en la conveniencia y el ocultamiento histórico persiguiendo las vidas de sus sobrevivientes, las líneas de un ferrocarril que conduce a un hombre por los caminos de la rememoración de la nostalgia y lo perdido, los espacios tendidos en la fabulación de una vida a partir de un sueño de la infancia, la inquietante historia de una mujer que trafica con el arte que vende en su galería y con diversas variantes del olvido, y un camarero polaco que lucha contra las inconveniencias que impone la vida contra el sueño y el amor largamente esperado, son sólo propuestas, visto cada cuento desde una perspectiva bastante superficial, de ese ámbito de resonancias que conforman Maneras de estar.
Otra vez ese poderoso, rutilante y preciso lenguaje de Fajardo son las manos que halan hacia el sendero de historias nada tremebundas de tan cotidianas, pero historias al fin y al cabo que dejan ese sabor afrodisíaco que es fácilmente advertible cuando se trata de las huellas humanísimas que vamos dejando en la más apacible cotidianidad: son sus personajes y somos nosotros, y es ese un verdadero placer, pues una lejana voz, invisible voz, va repitiendo que no por conocido va a dejar de, otra vez, marcarnos. Porque eso, una marca reconocible en esa corta aventura que es vivir, queda luego de leer esos cuentos de Fajardo, igual que nadie seguirá siendo el mismo luego de cerrar la página última de cualquiera de sus novelas. Esa es otra marca que nos deja: su vitalidad, con la fuerza de quien, sin dudas, es uno de los narradores más singulares de la actual narrativa escrita en España.