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Otrolunes se suma a la alegría del colega y amigo colombiano, Mario Mendoza, una de las voces fundamentales de la actual narrativa latinoamericana, por esta nueva obra. Para ello, reproducimos aquí la entrevista que le hicieran el 17 de mayo nuestros colegas del sitio El periódico de los colombianos (www.elperiódico.com.co).
Viaje al centro de ‘BUDA BLUES’
En su nueva novela el escritor bogotano Mario Mendoza hace un viaje al interior de una corriente tan extraña como su nombre: el anarco-primitivismo. En Buda Blues, que llegó hace un par de semanas a las librerías del país, el autor de la exitosa Satanás, usa a Vicente y Sebastián, dos amigos con almas gemelas, para sumergirse en el mundo de aquellos que piensan que la humanidad no camina hacia adelante sino que corre rápidamente hacia la prehistoria. Escuadrones de anarquistas contemporáneos que se enfrentan al sistema capitalista con bates de béisbol en la mano proclaman las desgracias de la ciencia y la tecnología.
Partiendo de un hecho real, Mendoza sumerge al lector en una historia vertiginosa, que parece estar sucediendo en este preciso momento, esa en la que él mismo dice, Vicente y Sebastián, descenderán a los infiernos para purificar fuerzas oscuras que los dominan. Hablamos con el escritor acerca de las claves de la obra.
¿Cómo es que surge Buda Blues?
Yo armé esta novela durante dos años y medio. Arranca con una anécdota en Bogotá, que es como el primer capítulo. Es la historia de un tipo que sólo se alimentaba con atún y latas de sardinas, que aparece de pronto muerto en un inquilinato. El tipo vivió sepultado de libros, leyendo de una manera delirante por más de 20 ó 25 años. Ese fue el detonador de la novela, y después me llevó a investigar sobre una corriente, muy rara, contemporánea, que se llama anarco-primitivismo, que es el tema sobre el que éste individuo venía leyendo. Él devoraba los textos de los autores de cabecera. Estaba inscrito en esa corriente bastante interesante, pero también muy disparatada. Esta novela sale de Bogotá, va al Congo Belga, y después a la India. Estuve en esos lugares siguiendo pistas para escribir la versión definitiva.
Hablemos más del anarco-primitivismo, que sirve como eje de la obra.
Hay una especie de padre tutelar, de pionero ecologista del anarco-primitivismo, Theodore Kaczynski, quien fue conocido como ‘Unabomber’, y fue el hombre más buscado por el FBI y la CIA a lo largo de dos décadas. Él vivió en una granja, en Montana, alejado por completo del sistema gringo, consumista. Desde esa cabaña construyó unas bombas que mandó por correo a gerentes de grandes multinacionales, Fue capturado en 1996 y después comenzó a cartearse con un filósofo que se llama John Zerzan, autor de un libro que se llama Futuro primitivo, y que sostiene la teoría de que la humanidad no va hacia adelante –la idea del progreso es una mentira–, y que estamos preparando un desastre de grandes proporciones. Todo parece darles la razón porque nos estamos destruyendo y hemos, incluso, llegado a modificar el clima.
¿Tiene algo que ver la historia real con la del libro o es sólo el tema lo que permanece?
Tiene que ver con una manera de resistencia, de oponerse a un determinado sistema que es violento, opresor, injusto, segregacionista, clasista, racista, etcétera. Todos los vicios posibles del sistema al cual pertenecemos estarían en el trasfondo de la novela. Este es un tipo que se resiste a hacer parte de esas cosas, pero cae en una cosa terrible: en que las oposiciones a ese sistema brutal también son brutales. Son igualmente crueles e igualmente injustas y también igualmente delictivas. Entonces Vicente y Sebastián, los protagonistas, son dos personajes que se escriben constantemente van a verse sometidos a un viaje a los infierno a través de esta oposición tan radical.
¿Cómo sabe que Vicente y Sebastián van a ser los protagonistas de la obra?
Vicente es muy similar al hombre de la anécdota. Sebastián va apareciendo como un hermano gemelo, como el mito que dice que dos gemelos viven las mismas cosas de maneras diferentes. Para mí fue maravilloso, porque quería que uno fuera sedentario, aburrido, y que el otro fuera desprendido, viajero irreverente. Fue algo muy rico de narrar, porque es una novela epistolar.
¿Qué tal la labor de seguir la pista de esta corriente para desarrollarla en la historia?
Yo en eso soy como un sabueso bien entrenado. Lo disfruto, pero fue muy complejo. Yo había investigado mucho sobre la India, por ejemplo, pero estando allá me di cuenta de que debía cambiar muchos de los párrafos que ya había escrito. Lo más curioso de este rastreo fue que iba en tiempo real. Uno siempre escribe algo que sucedió hace equis tiempo, al menos hace unos meses. Esta vez tuve la sensación de ir escribiendo lo que iba pasando. Espero que el lector sienta eso.
El ritmo de narración de la novela es muy ágil, ¿cómo lo logró?
Eso es algo muy difícil, pero yo siempre procuro tener un ritmo muy rápido, muy veloz, vibrante. Es mi forma de ser, de percibir las cosas. A mí no me gustan las descripciones largas y parsimoniosas. Yo no soy heredero de ese neobarroco latinoamericano; yo vengo más de la escuela norteamericana y de su sencillez elemental, que enseña a no enredarse tanto. Yo busco contar lo que necesito sin demorar en el camino. Eso está en mi estilo.
Uno de los grandes llamativos del libro es su carátula...
Hay mucha gente ‘joven’, que suele entrar a internet, que ve trailers de películas, baja videos, consulta permanentemente una nutrida información visual muy sugestiva. La editorial y yo nos preguntamos qué siente una persona de este tipo cuando llega a una librería y ve las carátulas convencionales, que son tan conservadoras, mojigatas, pacatas, que no corren riesgos. Nos propusimos inventar una carátula a la orden del día, que llame a la gente a curiosear el libro. Fue un trabajo conjunto con la gente de la revista Bakánica.