OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Mestizo pese a todo

 

Joel Franz Rosell

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Cuba es mestiza incluso cuando no se le nota. Como la heroína de la primera gran novela cubana, Cecilia Valdés (1882) de Cirilo Villaverde1: una mulata que parece blanca; por su piel trigueña como la de una andaluza, por su nariz más nórdica que meridional, por sus labios sensuales pero finos, por sus cabellos más ondulados que rizados… pero pregonando su negritud en las amplias caderas, los aflautados tobillos, el andar cadencioso, el carácter explosivo, la risa fácil.

La cultura y la historia de Cuba son resultado de mezclas sucesivas: la primera tuvo lugar en el choque demoledor entre la España posfeudal y los aborígenes aruacos que apenas salían de la comunidad primitiva; seguida por la fusión de la hornada inaugural de colonos castellanos, andaluces y extremeños, con los primeros mestizos y los africanos (múltiples etnias, generalmente del África Occidental) que tuvieron el escaso privilegio de inaugurar el traumático y tumultuoso trasvase al Caribe de barata mano de obra africana. Esos ingredientes de base se fueron completando con aportes catalanes, vascos, gallegos y canarios (dentro de una política de colonización de doblamiento a base de ciudadanos de la Metrópolis) y chinos, hebreos, haitianos, sirio-libaneses, yucatecos… que siguieron arribando en grupos más o menos numerosos, en forma simultánea, consecutiva o alterna, entre la segunda mitad del siglo xix y la primera del xx. Las culturas que nos sirvieron de base, modelo o referencia, cuando no llegaron en el hatillo sudoroso del emigrante, fueron evidentemente la greco-latina, la judeo-cristiana, la francesa, la norteamericana y hasta, más reciente y superficialmente, la cultura soviética.

Los estudiosos de lo cubano definen como afrocubana la zona de nuestra cultura –música, danza y religión, sobre todo– en que el manantial africano mana caudaloso. En cambio, la parte de nuestros modos de ser, pensar y expresarnos artísticamente en que el componente ibérico es dominante, raramente se define como hispano-cubana (nótese el guión que relaciona frente al fusional neologismo afrocubano). Esta división metodológica da margen a la engañosa impresión de que podría existir una parte de la identidad cubana libre de aporte africano. Sin embargo, ¿cómo asegurar que en su temperamental interpretación de “Giselle”, Alicia Alonso no introduce algo del dramatismo africano? ¿Cómo afirmar que en el más rotundo guaguancó de Celeste Mendoza no hay marcas de la teatralidad gitano-andaluza? ¿Cómo pretender que la prosa barroca de Lezama no revela el gusto por el amontonamiento y la exageración de ciertas etnias africanas?

La gastronomía, que tan claramente revela una cultura, se caracteriza en Cuba por dos “platos nacionales”: el ajiaco y el congrí. El primero es un guiso de raíces comestibles, tubérculos y legumbres –endémicos y adoptados– que se cuecen en compañía de carnes: pollo, cerdo, vaca, carnero (todas especies procedentes del viejo mundo, porque de la fauna endémica nada ha sobrevivido que sea agronómicamente explotable). En el ajiaco, los ingredientes de base y los condimentos (que son aborígenes, africanos, europeos y hasta asiáticos) se influyen unos a otros, modificándose sin perder su esencia.

Nuestro segundo plato nacional, más común porque más rápido y barato, es el arroz congrí o “moros y cristianos”. La última denominación es descriptiva: los morenos frijoles (negros o colorados) terminan de cocerse junto con el blanco arroz, que absorbe el jugo en que flota y destila la leguminosa, asumiendo parte de su color y sabor. Los frijoles nada parecen obtener de la gramínea; pero el congrí solo es concebible mediante la cohabitación de ambos granos –y de los minoritarios condimentos– y resulta una muy gráfica representación de la nación cubana: los negros son más visibles, su aporte al melting plato es más perceptible, pero oficialmente –como en su denominación de arroz congrí– la voz cantante la lleva el elemento blanco y lo “congo” se trasviste en adjetivo.

Cuba se piensa y se define en la lengua del colonizador: el castellano, que ni siquiera en los suburbios más populares ha constituido algo remotamente comparable al kreol de las ex colonias francesas, holandesas o inglesas del Caribe). En el extranjero se asocia lo cubano a la epidermis mulata de nuestra música popular y nuestros bailes, hoy mundializados; pero Cuba, que tiene los ojos azabache (más negra la pupila cuanto más níveo es el glóbulo que la contiene), al mirarse a sí misma tiende a verse blanca.

El rostro ameno de los deportistas, músicos y bailarines cubanos oscila del cobre al ébano. Pero el rostro severo de Cuba tiene la palidez de su elite gobernante; con Fidel Castro y su hermano Raúl en primer plano, y las figuras tutelares de José Martí –el mártir de la independencia, hijo de españoles que vivió casi siempre en exilio– y el Che Guevara –argentino de raíces vasca e irlandesa que no pasó diez años en la Cuba que lo reivindica como héroe de su revolución comunista.

 

Negros y mestizos… ¿cuántas divisiones?

En Cuba la cuestión racial es tabú. Somos un país joven, que alcanzó su independencia hace poco más de un siglo y que ha trabajado intensamente por consolidar su identidad nacional. Estábamos asentándola cuando el Castrismo nos afilió a un credo ideológico exótico, el marxismo-leninismo, que reduce toda diferencia entre los hombres al par maniqueo explotador/explotado, y limita los conflictos sociales a la lucha de clases. En tales condiciones, los cubanos no hemos saldado la deuda con nuestro componente étnico-racial menos considerado, y por lo tanto más inclinado a la reivindicación: los mestizos y negros.

En la Cuba de los 60, el recién creado Instituto Nacional del Turismo (INIT) inundó el país con un simpático logo: Inito, un hombrecito de piel dorada y ojos negros, vestido con la típica indumentaria campesina: guayabera y sombrero de guano. El lema de la campaña era una pegajosa tonadita que repetía: “Conoce Cuba primero y el extranjero después” a una clase media que disponía de recursos para pasear allende nuestras exiguas fronteras; un bienestar que la Revolución –por entonces nacionalista, agrarista y democrática– parecía dispuesta a generalizar. Pero pronto el peso dejó de ser convertible, se instauró el socialismo y se cerraron las puertas. La posesión de un pasaporte se transformó en estigma de traición proyectada y la campaña enmudeció, aunque el logo solo desapareció totalmente con la creación del nuevo Instituto del Turismo (INTUR), orientado a la captación de divisas mediante el alquiler de nuestro patrimonio paisajístico y cultural a visitantes extranjeros.

Durante medio siglo de Revolución Castrista, la representación del “cubano típico” ha sido prácticamente la misma, ya se trate de campañas de información masiva, de humor gráfico o dibujos animados; a través de arquetipos anónimos o de tipos como la “Criollita” del caricaturista Wilson o el héroe independentista Elpidio Valdés, creado para la historieta y el cine de animación por el dibujante Juan Padrón. Los cambios étnico-demográficos, socio-económicos e ideológicos experimentados por el país en casi medio siglo, no han transformado el estereotipo de un cubano de origen campesino, piel blanca, y cabellos y ojos negros.

Pero la imagen extraoficial de Cuba es, lo ha sido desde hace mucho, una mulata (de ese sexo y color de piel). Siempre vista como mujer sensual y expansiva en el estereotipo popular, no es de sorprender que sea la imagen que vehicula el turismo (de Estado, porque otro no hay en la Isla) desde que en los años 1990 la crisis económica nacional obligó al régimen propagandista por excelencia que es el Castrismo, a poner los pies en la tierra y mirar la realidad sin las habituales gafas blanqueadoras (en Cuba, “gafas” son sólo las de sol; a las otras las llamamos “espejuelos”).

No hay necesidad de buscarle la quinta pata al gato: si la patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, es blanca y no mestiza como su colega mexicana, la Virgen de Guadalupe, muchos son los cubanos que le ven la piel cobriza. Y no por su nombre, que le viene de su santuario en El Cobre (cerca Santiago de Cuba, nuestra urbe más morena) ni porque la venerada imagen incluya tres náufragos (un negro y dos blancos), sino porque en el sincretismo entre Catolicismo y Regla de Ocha o Santería2 la Caridad del Cobre es Ochún: la más criolla y mulata de las deidades afrocubanas, “dueña” del cobre, metal con el que están hechas sus joyas, y de la miel con que se embadurna; la muy coqueta. Es que los cubanos no se arredran ante la contradicción: tras la virginal y alba madre de Jesús son capaces de ver a la lasciva mulata, patrona del amor carnal.

En Cuba, el término genérico utilizado para definir al mestizo es “mulato” (que se impuso a otros, más administrativos, usados en la colonia: ochavón, cuarterón, pardo, moreno…). Una de las etimologías más aceptadas, hace derivar el vocablo de “mulo”; porque aquel nace de negro y blanca, así como éste de dos seres de diferente especie, explica don Fernando Ortiz en su Glosario de Afronegrismos (1923)3 que cita al francés Du Tèrtre… que, por mi parte, me permito remendar porque, en la época en que se acuña el término, eran hombres blancos quienes se acoplaban con negras (esclavas o, de todos modos, pertenecientes a una clase inferior). Antes de la abolición total de la esclavitud, en 1886, deben haber sido absolutamente excepcionales los casos de mujeres blancas que escogieran por pareja a un negro. La mulata –se bromea con poca sutileza en Cuba– es lo único bueno que inventaron los colonialistas españoles.

Antes de la conquista del poder por Fidel Castro en enero de 1959, el racismo era en Cuba solapado, pero tenaz. El mestizo general Fulgencio Batista no escapó al desprecio de la burguesía blanca ni con sus amplios poderes como Presidente electo, primero, y de facto, después, ni con la riqueza que ilícitamente acumuló y supo repartir entre amigos y colaboradores. Sin embargo, ni siquiera en su peor momento, la República de Cuba instauró una segregación racial tan escandalosa como la que su potencia tutelar, los Estados Unidos de América, continuó practicando hasta fines de los años 60. Quizás por eso mismo, la “justicia racial” solo fue un ingrediente secundario y efímero en el programa revolucionario.

Según el censo de población de 1953, los blancos constituían el 72,8% de los cubanos. Diecisiete años después, el primer censo del período castrista los estimó en solo 66%. Si bien el régimen cubano ignora o no comunica sobre cuestiones estratégicas como la composición de la emigración, algún cubanólogo ha calculado que el 94,6% de los que partieron en los primeros años de la Revolución eran blancos. Este hecho, unido a la mejoría de las condiciones de vida de las clases populares (mayoritariamente compuestas por negros y mulatos), y al incremento del mestizaje (estimulado por la supersión de las barreras clasistas, que consiguió el Castrismo), podrían explicar el oscurecimiento de la fisonomía insular.

En su libro "La Diáspora Negra", el sociólogo sudafricano Richard Segal concluye que la población cubana estaba compuesta a mediados de los 90 por 30% de blancos, 15% de mulatos y 55% de negros. En realidad, en Cuba no hay criterios precisos sobre lo que diferencia un negro de un mulato y proliferan las categorías, a veces surrealistas, que van desde el negro azul, retinto o “color teléfono” al mulato café con leche y el jabaíto claro, pasando por el indio (usado como sustantivo o como adjetivo que modula otras “categorías” principales), el jabao en sus múltiples variaciones y toda la amplia gama de mulatos: fino, adelantado, atrasado (¡!), chino, ruso, de pelo, etcétera…

El sutil y enraizado racismo criollo se basa en una –jamás asumida, jamás contestada– hegemonía social inversamente proporcional a la concentración de melanina. Recuerdo que el censador que visitó mi casa en 1970 para tomar nota de cuántos y cómo éramos, creyó rendir pleitesía a mi padre, respetable profesor, al inscribirlo como “blanco” pese a que éste se había declarado pertinentemente “mestizo”.

 

El mestizaje ¿cuestión de sangre o de cultura?

Emilia me refería de su abuela paterna, que era mandinga. De su abuelo, paterno que era gangá. De su madre, nativa de una aldea llamada Sama Guenguení. Su madre era macuá...

Dora Alonso: Ponolani4

Es importante tener en cuenta que nuestras dos emigraciones mayoritarias, la española y la africana, nunca fueron homogéneas. En Cuba desembarcaron españoles de todas las actuales Autonomías, y si la huella de gallegos y canarios se percibe más es porque fueron quienes desembarcaron en mayor número durante el siglo xx. De África se trajo población –mayoritariamente masculina, pero también muchas mujeres– de casi toda el África occidental sub-sahariana no musulmana, principalmente. Esa doble pluralidad de orígenes –al dificultar el comunitarismo– probablemente favoreció la integración en una identidad “criolla” que sirvió de sustrato a la nacionalidad cubana.

Los otros grupos principales son los aborígenes aruacos (siboneyes, guanahatabeyes y taínos, según la nomenclatura tradicional) y los chinos (mayoritariamente cantoneses). Rápidamente diezmados por la traumática conquista, los precolombinos solo dejaron una impronta visible en la toponimia, la arquitectura rural y, en menor medida, en la gastronomía. Por su parte, los chinos –traídos por cientos de miles para sustituir la mano de obra esclava, condenada por el capitalismo industrial a mediados del siglo xix, y desembarcados en cantidad menor durante el siglo xx– dejaron esencialmente su traza en nuestra gastronomía y, en menor medida, en música y farmacopea.

También tuvimos una pequeña emigración del Medio Oriente; bajo la común denominación de “sirios” se confundieron turcos, libaneses, judíos e incluso armenios. Su huella, como la de los braceros yucatecos, haitianos y jamaicanos (los últimos negros en mudarse a Cuba, en la primera mitad del siglo xx) es poco visible o se localiza en zonas muy precisas de la geografía cubana.

En cuanto a la cultura aborigen, el aporte es más importante en términos simbólicos que reales. Reacios a admitir que el componente africano contribuía a singularizar lo criollo frente a lo peninsular, los ideólogos de nuestra primera identidad (a mediados del siglo xix y todavía en plena Colonia) inventaron el Siboneyismo: movimiento literario de inspiración romántica, que tenía por héroe –melancólico, ingenuo y honrado– a un aborigen que desapareciera de la faz de la Isla casi tres siglos antes. Pero con la maduración de la nacionalidad en el crisol de la primera guerra de independencia (1868-1878), donde tantos negros ofrendaron su vida por la naciente patria, se olvidó por completo aquella Arcadia tropical de pacotilla.

Si algún instrumento musical nos legaron los aruacos, de su cultura apenas se tienen referencias en materia de lengua, religión y modos de vida. La tentación de disponer de una prehistoria, condujo a cierto musicólogo a inventar un areíto (ceremonia aborigen de cantos y danzas) en el más notorio fraude de la arqueología cultural cubana. Tampoco se sabe mucho del juego de batos, que se reivindica como origen del deporte nacional, la pelota o base-ball (perezosamente españolizado béisbol), en un vano intento de ocultar que lo trajeron de Estados Unidos los jóvenes criollos de clase alta, que a mediados del siglo xix estudiaban en las universidades del “Norte revuelto y brutal” (Martí dixit).

Las huellas aborígenes más evidentes y menos conscientes las tenemos todo el tiempo a la vista en el omnipresente bohío (la casa del campesino cubano) o en la boca: nombres de animales, plantas y lugares (empezando por Cuba y Habana), y ¡cómo no! el tabaco, que el colonizador aprendió a fumar antes, incluso, de expoliar al primer taíno.

 

Lo demás es literatura

Las formas de la literatura cubana corresponden a las de la tradición occidental: los géneros y subgéneros, las grandes líneas temáticas, las estructuras, el aparato tropológico y la mayoría de las referencias nos llegaron con la literatura española, francesa y, más tardíamente, norteamericana. La impronta de lo africano en nuestra literatura es mucho más difícil de percibir. Si diversas culturas subsaharianas fecundaron nuestra música y danza con una potencia que no necesita abogado, en literatura ni siquiera la narrativa afrocubana logró fecundar con sus asuntos un sector importante de nuestra ficción. Fuera de los límites de las religiones afrocubanas, los patakines (híbrido de cuento, leyenda, mito y fábula) solo salieron de la confidencialidad que les confiere su función ritual gracias al empecinamiento de antropólogos y escritores, en su mayoría blancos, como Fernando Ortiz o Lydia Cabrera.

Como huella formal afrocubana no se destaca otra cosa que el “poema-son”, inventado por Nicolás Guillén en 1929-30, quien lo abandona al adentrarse en la poesía social. Los demás poetas “negristas” lograron menor trascendencia y la cuestión de la sustancia y la identidad negras terminó por no registrarse más que en el plano ideo-temático; pero aún así de manera marginal.

En realidad el único subgénero específico de la literatura cubana es la décima criolla, descendiente directa de la estrofa clásica española. Posee una sólida tradición escrita, que remonda a mediados del siglo xix (con todo un monumento: Rumores del Hórmigo, de José Cristóbal Nápoles Fajardo “El Cucalambé”), pero también una extendida práctica oral entre el campesinado, que lo declina en populares duelos oratorios y en una variante musical de la que la internacionalmente conocida Guajira Guantanamera es un buen ejemplo.

Personalmente, no veo qué antecedentes africanos pudieron combinarse –en condiciones de relativa igualdad– con la base hispánica para engendrar, ya a principios del siglo xix, la literatura cubana. Los primeros escritores cubanos dignos de tal nombre y apellido se alimentaron abundantemente de tradición española y se inscriben totalmente en su lengua, jamás cuestionada.

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