

Sólo poco a poco comprendí lo que había pasado. Yo vivía; y mi compañero Celso, arropado en la cama frontera, vivía también. Vivíamos pues, pero era milagro, ¿cómo? El choque había sido brutal. Así que todo era posible. Celso dormía y yo oscilaba entre la esperanza y la angustia; comprobé en primer lugar su estado: me fijé en que tenía piernas, brazos, tronco y cabeza, todos intactos, aunque estaba vuelto de espaldas a la pared; a continuación empecé a palparme a mi vez, en busca de huecos, de siniestros recovecos, de lo irreversible, en la envoltura de las sábanas que me cubrían. Pero también estaba intacto. Hice entonces la prueba de mover primero los dedos, luego las manos, los pies, y la cabeza, y uno a uno me respondían obedientes. Una ancha sonrisa me iluminó entonces la comprensión: ¡sólo magulladuras! Pero era milagro, ¿cómo? El accidente había sido brutal. Me incliné hacia la cama vecina, susurré:
-¡Celso, Celso, vivimos!
Al hilo, mi compañero se removió morosamente entre las sábanas y dándose la vuelta me encaró con el eco:
-¡sí, Fermín, vivimos!
Y entonces debió verme el terror en el rostro:
-¿qué pasa?
Salté de la cama al suelo helado pero ¿cómo? y me arrastré al baño desierto, como quien ve un fantasma, el escalofrío de un gato muerto. Arranqué llorando con furia el espejo de la pared y se lo planté delante para que él viese lo mismo que yo, y compartiese mi espanto y mi desconsuelo.
¡Sí, vivíamos, el golpe nos había respetado, pero vivíamos, y aquellos dos éramos: dos ancianos al cabo de sus días!, pero ¿cómo? ¡El choque brutal nos había cobrado en años lo que no había podido arrancarnos en cuerpo y alma!
Lloramos abrazados en la habitación desierta.
Macario y Rulfo, nuestros hijos; nuestra familia; el mundo todo, se nos vino encima.
Al principio nadie creyó, ¿cómo creer lo que no es posible, sino venganza y afrenta de la Naturaleza? La Ciencia por voz de un médico nos explicó lo que no podía ser: el caso era oscuro. Que todos los ocupantes de la furgoneta que nos había invadido el carril embistiéndonos la víspera, cuando aún en la treintena, nos dirigíamos a nuestros jardines, todos ellos habían muerto en el acto, ahorrándose las perturbaciones.
-¿y nosotros? Balbucí, mientras Celso lloraba, que no había dejado ni dejaría nunca, ¿y nosotros?
Mas no hubo respuesta: Rulfo, el más sensato, que ahora podía ser nuestro nieto, trataba de volver a su padre de la pared: “Come papá, come un poco de sopa”. Entretanto la dureza y la desconsideración de Macario, mi hijo, relucía mientras el doctor se encogía de hombros buscándome en la muñeca flácida el hilo del pulso, buscando su voz. Y cuando tuve tiempo y valor de examinarme más despacio, comprobé que tenía el cuerpo también flácido, amarillo, replegado y huesudo, lleno de manchas de tabaco, de un hombre de más de noventa años. Pero ¿cómo?
Y nosotros. Consuelo del saber lo improbable: nuestras moléculas se habían reacomodado con el choque; estábamos intactos, decir lo que ya se sabe, doctores, pero ancianos. Y ahora se imponía qué hacer.
Cuando Celso se calmó en lo hondo solitario de la noche, soliloquiamos, y fue para decirme que hablaba raro, como de libro antiguo; y que Ana y Eugenia, nuestras mujeres, eran ahora nuestras cuidadoras hasta que se hartaran de achaques y manías de viejos. ¿Cómo? Sin pasado. Sólo escombros de la felicidad.
Esclarecer quiénes fuimos: mantenedores de jardín. Malos tiempos. Nos jubilaron y tuvimos que afrontar las horas lúgubres.
Cada mañana mientras retumba la calle en la luz gris y sucia de los que van felices al trabajo, nos demoramos en la esperanza de despertar. ¿Qué? Huimos. Culpables fardos hurtados al porvenir.
Nos enteramos sin asombro de nuestro rosario de achaques. Dormimos mal, elucubrando. Apuramos el sol envueltos en escalofríos. Retumbamos el dominó prematuro en el estrépito del bar, donde no nos reconocen, otros tiempos, ¿cómo ver lo imposible?, pero los otros viejos recelan como si adivinaran nuestra impostura.
-¿que nos robaron, Celso?; ¿el qué? los años; los que ahora descansan en el Cementerio: cortaduras; ¿qué es la vida? Desilusiones, nuestro tesoro.
Y por dentro seguimos intactos, como en un estuche vacío, vivos. ¿Cómo? Las escaleras altas, las distancias infinitas, las risas soterradas como ratones en la noche carcomida. La vergüenza. Los chicos han cambiado de Instituto. Las mujeres se han vuelto enfermeras.
Un día vino Celso agitado, antes que de costumbre. El cielo apenas se decidía a relumbrar. En una esquina morosa de la ventana refulgían estrellas moribundas.
-vamos, dijo.
-vamos ¿adónde?
-no hagas preguntas, ven.
Fui. ¿Qué importaba? En el fondo, trastiendas del espíritu, me divertía aquel viejecito joven, otra vez vuelto a las andadas. Porque yo, poco a poco, lo confieso con vergüenza, me estaba acomodando. Pues qué es la vida sino acomodarse a la muerte.
Así que bajamos más deprisa de lo que nuestros pies podían. Celso precediéndome, apenas si podía disimular su agitación. Casi saltaba los escalones de dos en dos que era de ver. Alguna idea grave. De temer locuras. La calle desierta, gris de las cenizas de la madrugada. Y fría.
Allá dejamos a los chicos y a las mujeres desperezando su sueño. Los viejos, ahora lo sé, descubren el continente del insomnio, el último islote antes de la Eternidad. Perdón, bajamos y cruzamos la calle, hasta un garaje próximo, un solar más allá, que en otra vida, pues otra vida fue, usábamos para guardar la camioneta y las herramientas de jardinería.
El coche de la empresa con el que habíamos tenido el accidente era más moderno y aerodinámico. Destrozos. Fiel, la camioneta renqueó, comenzó a moverse, susurros conocidos, y nos sacó temblando a la calle.
-¿dónde vamos?, por decir algo.
-un golpe, sólo un golpe pequeño.
-¿estrellarnos?
Temí por el juicio perdido de mi amigo, ¿y el mío?, demencias; y me aferré a los pocos años o meses que los viejos, también ahora lo sé, paladean con furia. Quise que parara pero ya aceleraba. Quise hablar, ¿gritar no?, pero sólo sonreí. Bajarme para qué. Íbamos a estrellarnos, todo o nada.
Salimos a la circunvalación. La camioneta renqueaba entre tanto bólido. Madrugaba el día, cuando al fin alcanzamos un descampado sin peligro. Suicidas pero no criminales, nos lanzamos contra un plátano vetusto, a la orilla de una carretera secundaria, que parecía esperarnos desde siempre.
Celso aceleró para no sentir, sólo despertarnos o ya nunca. Y así fue.
Soñé que vagábamos en sendas sillas de ruedas, manta en rodillas, manos escuálidas, por un jardín de sanatorio. Bullicio, ventanales y olor de ropas y cocinas. La gente que pasaba tras el muro pertenecía a otro mundo. Nosotros entre rosaledas y alguien, una voz femenina, nos prevenía contra remotas corrientes y escalinatas. Pájaros. Ya estamos encerrados, me dije, locos desde siempre, temí no sumergirme lo bastante en el delirio, planta espinosa de la lucidez.
-¡vivimos Celso!
-sí, me respondió, tráeme un espejo.
No recordaba, ¿qué? pero fue todo vernos y llorar, vernos entre lágrimas, recobrada la juventud, y llorar. Sin término.
Los chicos y las mujeres, el médico incrédulos; sólo algunas fracturas y la conmoción: el mundo a precio de saldo.
Lo siento por la camioneta. Y por el árbol que recogió nuestra edad.
Después el trabajo, las vacaciones, la familia, el mundo recobrado, pero (lo diré en voz baja), ya no somos fantasmas: el mundo pierde su colorido, y se vuelve eco, río sin retorno.
(Castellón de la Plana, España, 1965). Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de la novela: Jesuá (Entrelíneas, Madrid, 2005); del ensayo ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43) (Editorial Comares, Granada, 1997); y de la novela en formato digital Todo es Noche (Prometeus mdq, abril 2007); ha publicado además cerca de un centenar de cuentos y ensayos en revistas como Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta, Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional, Ariadna, entre otras.