

Con apenas 14 años, un manojo de cuentos bajo el brazo y decidido a escapar del anonimato, me encaminé al Instituto Cubano del Libro en busca de un promotor para mi incipiente obra. Al fin, fui recibido por un editor que terminó pidiéndome le dejara los cuentos y regresara una semana más tarde. Decepcionado, me marché a mi pueblo de provincia pensando que allí no regresaría jamás, pero como aquellas eran las únicas copias de mis textos al cabo de una semana volví y entonces, para mi sorpresa, fui acogido con deferencia. “Tus cuentos le encantan al Chino”, y enseguida me llevaron a la oficina de Eduardo Heras León (La Habana, 1940), quien aquella mañana se convertiría en mi amigo y guía literario. Por entonces el Chino Heras ocupaba el puesto de subdirector de la editorial Letras Cubanas, sin embargo en vez de ofrecerme publicar mi ópera prima me alertaba de que las creaciones tempranas necesitan el paso del tiempo.
Mi primer libro, en cambio, debe bastante a los buenos consejos y a las lecturas que me fue pasando Heras, aunque cuando le di la noticia de que mi cuaderno entraba a las prensas, con evidente preocupación me preguntó si estaba seguro de aquel paso. El Chino había sufrido ya las consecuencias de su fidelidad a la literatura. Por su libro La guerra tuvo seis nombres obtuvo en 1968 el premio David y reconocimiento nacional como continuador de la línea del realismo duro en que ya sobresalían Jesús Díaz y Norberto Fuentes. Sin embargo su siguiente título, que a la larga se convertiría en un clásico de la literatura cubana contemporánea, por el que ganó una mención en el Concurso Casa de las Américas y que se publicó en 1970, Los pasos en la hierba, incomprendido, dio lugar a un proceso inquisitorio que marcaría al joven narrador. Heras fue acusado de contrarrevolucionario, expulsado de la universidad y obligado a “reeducarse” trabajando en una fábrica de acero. Allí gestaría un nuevo volumen de relatos nada complacientes, Acero (1977). Luego vendría la rectificación de un error que convirtió en “muertos en vida” a varios autores cubanos durante las décadas de 1970 y 1980. Eduardo retornó a la Universidad, terminó su carrera y continuó trabajando para la cultura.
En uno de aquellos diálogos acontecidos en su oficina de la editorial Letras Cubanas, Heras me contó su sueño de hacer una escuela para escritores, ya que si bien existe la carrera de Letras en ninguna universidad nos enseñan las técnicas narrativas. Casi dos décadas después logró su propósito y fundó el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, donde los elegidos mediante concurso tienen la posibilidad de aprender los rudimentos de la escritura. Esas mismas clases las recibí en largas charlas, primero en el Instituto del Libro y después en su despacho de Casa de las Américas, de cuya editorial fue director durante casi una década y aunque entonces me sentí un privilegiado, luego supe que no era el único ya que de aquellas sesiones individuales disfrutaron también Senel Paz, Amir Valle y Ángel Santiesteban, ahora tres nombres fundamentales de nuestras letras.
Entre la escritura y la docencia, Eduardo Heras León multiplica el tiempo para hacer una revista y una editorial dedicadas al cuento. Fiel al género ha contribuido a que las más recientes ornadas de narradores cubanos escriban mejor, conociendo las técnicas y no desconociendo a los autores fundamentales de la narrativa universal. Por eso se ganó el apelativo de Maestro, con el que más y más autores le llaman y valoran.