

Página 2
Raquel entró al estudio con una hoja de papel en la mano. La laptop estaba abierta sobre el escritorio y en ella, un archivo de texto: sex.doc. Se sentó en la silla y no pudo dejar de leer hasta el final. Una sonrisa nerviosa le iluminaba el rostro:
Hizo un gesto conminatorio con su mano sobre el muslo. La muchacha puso allí la cabeza y ella empezó a acariciarle el pelo tiernamente. La muchacha le tomaba la mano y tocaba sus dedos uno por uno. A ratos dejaba la mano aprisionada sobre el pecho, a ratos volvía a acariciarla. De pronto se la llevó a la boca, la besó sobre la palma y acarició con ella su mejilla. La reacción no fue de rechazo y la caricia se repitió un poco más efusiva. La muchacha levantó la cabeza e, incorporándose, la besó en los labios.
Ella quiso comenzar una larga explicación, pero la otra volvió a besarla mientras la tomaba por la cintura, la recostaba en el sofá y se le echaba encima. Ella no sólo la dejó, sino que buscó nuevamente su boca. La mano de la muchacha se había metido debajo de su blusa y acariciaba sus pechos como quien exprime una naranja tierna. Dijo su nombre y trato de apartarla, pero el placer subía a borbotones desde sus senos y la llenaba de un cosquilleo que creía olvidado.
Besándola, la muchacha exploró dentro del pantalón. «Tengo que detenerla», pensó cuando la mano descubría su humedad, pero la curva del placer había llegado a ese punto en el que no hay regreso y, vencida, cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre el brazo del sofá. Los dedos de la muchacha se movían juguetones. Uno se deslizó hacia adentro. «No...», dijo ella con un hilo de voz, pero no pudo terminar la frase, otro dedo la acariciaba con movimientos regulares, intensos. Su boca pasaba de un esbozo de sonrisa a un gesto de sorpresa, a un gemido quedo, a un rictus de dolor, a un mohín de tensión, a una toma de aire en medio de la asfixia y finalmente al grito “Ya, ya”, le susurró al oído en medio de espasmos.
El corazón de Raquel latía muy aprisa cuando salió del estudio con su hoja de papel en la mano. Berenice abrió la puerta del baño y se la encontró de frente. El brillo de los ojos la delató.
- Leí lo que estás escribiendo… el cuento de las muchachas - las mejillas de Berenice se sonrojaron Perdón, Bere, te iba a dejar este poema - le puso entre las manos el papel. Declaración de amor a quien nunca me escucha-, estaba abierta la laptop y me dio curiosidad... ¿Soy yo, verdad?
¿Por qué habría de ser ella? Dos mujeres haciendo el amor en un sofá, ¿por qué habría de ser Raquel?... ¿Será que Raquel...? Raquel, que se ha hecho mujer de la noche a la mañana, con sus rotundos veintidós, inteligente y retadora. Raquel, con el pantalón sostenido en las caderas, el vientre plano asomando por debajo de la entallada blusa, los vistosos pechos. Raquel en la playa, con ese bikini floreado... ¿Raquel? ¿Por eso la cercanía con Felipe?... ¿Por eso el taller, los poemas de amor, la insistencia en invitarla a salir?... «Tú mi fantasma, mi duende, en todos los rincones de la casa»... ¿Será posible? «Tú mi héroe y mi enemigo, el único camino que deseo». ¿Raquel?
Estaban en el mismo restaurante, pero con dos tarros de cerveza entre las manos. Se habían sentado una junto a la otra y no podían mirarse totalmente de frente.
- Es un hermoso poema, mejor que los que has llevado al taller. ¿Cuándo lo escribiste?
- Hace un par de semanas... Apliqué todas las técnicas que nos enseñas. ¿Lo crees bueno de verdad o sólo lo dices para salir del paso?
- Es bueno. Y me siento orgullosa porque mis enseñanzas no caen en saco roto. ¡Salud por eso!
Alzó el tarro y lo chocó contra el de Raquel. Bebieron.
- Tienes muchas razones para sentirte orgullosa - dijo Raquel, secándose los restos de espuma con una servilleta.
- ¿Más?
- Muchas más.
- ¿Por ejemplo?
- Que tus talleristas te quieren mucho, eres un ejemplo para muchas de ellas.
Aunque los esperaban, la llegada de Felipe y Donato las sorprendió. Los muchachos saludaron, se sentaron frente a ellas y pidieron cervezas.
- Me dijo Reich que te quedas sólita los sábados - dijo el primo cuando e! mesero se alejó- , por eso le pedí que te invitara. Qué gusto me da que nos acompañes.
Plática variada, cervezas, risas. Berenice nunca pensó que se sintiera tan bien con ellos. El parlanchín de Felipe le resultaba simpatiquísimo y Donato, muy serio, pero cortés y siempre inteligente en sus comentarios.
- ¡Salud por este encuentro! - propuso Felipe y todos alzaron los tarros y los chocaron en el aire.
Una mano de Raquel se posó en su muslo y Berenice sintió que el ardor le llegaba hasta la ingle. No movió la parte de su cuerpo que resultaba visible, pero bajó su mano derecha y la puso encima de la de Raquel. El corazón le dio un salto en medio del pecho cuando la muchacha entrelazó sus dedos con los de ella y le apretó la mano. La respiración se le agitó cuando una de las piernas de Raquel rozó las suyas. Felipe escuchó su voz entrecortada, vio el rostro arrebolado de Raquel y supo lo que sucedía.
- ¿Pagamos? - propuso.
Señalaba con el índice la esfera de su reloj, que marcaba las once de la noche.
Cuando entraron a la discoteca, Raquel se tomó de su mano mientras se acostumbraban los ojos a la oscuridad. Se acomodaron en las sillas altas y entregaron al mesero los boletos de las bebidas de cortesía. La pista estaba vacía, los juegos de luces la iluminaban al compás de la música.
- ¡Bere! - oyeron a sus espaldas. Una muchacha se acercó y la abrazó con efusión- ¿Qué onda? ¿En qué andas?
- ¿Qué te has hecho, mujer? - Berenice estaba visiblemente emocionada de ver a Ana Paula -. ¿Te acuerdas de Raquel, la hija de Ángeles? - ambas sonrieron, reconociéndose -. Ellos son Felipe y Donato.
A Raquel le pareció interminable aquella plática. Ana Paula se despidió prometiendo verse más tarde y volvió a abrazar a Berenice. Con demasiado fervor le pareció. El mesero llegó con las cuatro cervezas. Al centro puso cuatro caballitos llenos de tequila añejo.
- Por qué tienes que presentarme como la hija de nadie - protestó Raquel.
- Perdón - sonrió Berenice mientras brindaba con los muchachos y bebía, directamente de la botella, un trago largo.
Algunas parejas empezaban a abandonar sus mesas y el centro de la pista se llenó en un santiamén. Raquel la tomó de la mano. Berenice, sintiendo que el peligro acechaba cada vez más cerca, trató de resistirse pero supo que sería inútil. De pie, apuró un tequila antes de caminar detrás de ella. Felipe, pícaro, le guiñó un ojo desde la mesa.
- Ese arroz ya se coció - le dijo a Donato.
Raquel le echó los brazos sobre los hombros y pegó a ella todo su cuerpo. Un chorro de humo blanco inundó toda la pista. Berenice sintió un escalofrío de euforia y la tomó de la cintura. Los rostros estaban muy juntos, los ojos relampagueaban. Raquel acercaba su boca a la de Berenice y sonreía. Se separó y bailó con insinuantes giros, pegándose y alejándose alternadamente. Berenice vio a los muchachos besándose junto a una columna, al compás de la música, uno muy pegado al otro, ambos con los ojos cerrados. «Se quieren», pensó cuando Raquel volvió a colgarse de su cuello. Unas gotas de sudor rodaron desde su frente, cayeron sobre el pecho descubierto y se deslizaron entre los senos de Raquel.
- ¿Te gustan? - le preguntó acercándose a su oído, rozándola con su aliento cálido, pegándosele completamente por un instante.
Berenice sostuvo su cabeza para que no se alejara.
- ¿De qué hablas? - le preguntó.
- Sabes bien de qué hablo.
Contoneaba sus caderas de frente a Berenice, de espaldas a ella, de frente, de espalda, con los ojos entrecerrados y la sonrisa retadora. Berenice la tomó de la cintura y la pegó a ella. Su boca se sintió arrastrada hacia la boca de Raquel, que la recibió separando los labios. Felipe y Donato detuvieron sus movimientos.
- Es una cabrona - dijo el primo moviendo la cabeza a uno y otro lado.
Raquel le echó los brazos por encima de los hombros y pegó su cara a la de ella.
- Te amo - le dijo al oído.
- No puedes amarme - le respondió Berenice.
- Qué sabes lo que puedo... - dijo Raquel y la besó en el cuello.
Apretadas, bailaron por un rato más. Cuando bajaron de la pista, iban tomadas de la mano.
- Nos vamos - anunció Berenice y pidió su último tequila.
- Vayan con Dios - bromeó Felipe-, nosotros nos quedamos un rato más.
Caminaron hacia la salida tomadas de la mano, abriéndose paso entre la multitud. Se soltaron al llegar a la acera, pero caminaron muy pegadas hasta el estacionamiento. Ya dentro del carro, con las llaves en la mano y la cabeza baja, Berenice estuvo un rato callada, como si meditara.
- No tienes que decir nada, Bere - Raquel interrumpió sus pensamientos.
Sin mirarla, encendió el coche y avanzaron muchas cuadras en silencio. Casi llegaban cuando Berenice susurró:
- No puedo hacerle esto a tu mamá.
Otras cuadras pasaron antes de que Raquel, con la cabeza baja, respondiera:
- Te dije que no tenías que decir nada.
Cuando el carro entro en el edificio, Raquel le puso una mano tibia sobre el muslo:
- Te quiero, Bere, y me gustas mucho.
Molesta consigo misma, Berenice aparcó y cerró el automóvil mientras Raquel se metía corriendo al elevador, sin esperarla. Ángeles no había llegado. Parpadeaba el botón en la contestadora: «¿Dónde andan a estas horas?... Apenas voy saliendo, son casi las doce... Nos vemos al rato». En el cuarto de Raquel el televisor estaba encendido. Berenice abrió la puerta del baño; Raquel estaba sentada en el inodoro.
- Perdón, pensé que estabas en el cuarto - se disculpó.
Pero Raquel salió con el pantalón desabrochado y ella se sintió petrificada como un témpano. Tragó en seco y entró al baño. Estuvo un buen rato con la cabeza apoyada en las manos, apoyadas a su vez sobre los muslos. Luego se echó agua fría en la cara y en el pelo por otro rato. Se lavó los dientes sin verse en el espejo, chorreando gotas de agua alrededor. Tomó la toalla y salió secándose la cabeza.
La puerta de Raquel estaba entreabierta. El reflejo del televisor hería como una aguja la oscuridad del pasillo. Se detuvo de nuevo, petrificada. Dudó. Haciendo un esfuerzo supremo se dirigió hacia el cuarto de Ángeles. Se desvistió y se metió a la cama. La música seguía retumbando en su cabeza. Deslizó la mano por su cuerpo y sintió acelerarse su respiración. En ese momento, Ángeles abrió la puerta. La oyó encender luces, hacer ruidos, hablar con Raquel, ir al baño. Minutos después entró al cuarto. Creyendo que Berenice dormía, se cambió con la luz apagada. Cuando se acercó a besarla, la descubrió desnuda.
- Te estoy esperando - dijo Berenice.
- Estoy cansada, sucia del camino.
- No importa, te quiero ahora.
Ángeles rió con una carcajada.
- Esto es lo que se llama una sorpresa - dijo y se dejó llevar.
(Santiago de Cuba, 1964). Reside en México desde 1992. Es poeta, narradora, ensayista y promotora cultural. Ha publicado un libro de relatos: Con la boca abierta (Madrid, Odisea, 2006) y ocho poemarios. Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo ganó el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999 y su antología Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora obtuvo uno de los Premios 2003 de Cuban Artists Fundation de Nueva York. Actualmente es editora de la UNAM. Espejo de tres cuerpos (Quimera Ediciones, 2009) es su primera novela.