

Mi descubrimiento de la obra de José Luis Lorenzo comenzó por un par de instalaciones: El pensador (1998) y Tres banderas, homenaje a Jasper Johns (2003); al menos eso es lo que mi memoria persiste hoy en registrar como primera experiencia de identificación con su quehacer artístico. Recuerdo que me topé con esas piezas en fechas y exposiciones separadas, aunque siempre en una misma institución de la plástica pinareña: el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. En ambas oportunidades los especialistas y amigos que me acompañaban insistían en considerar que su trabajo en el grabado era tan bueno, y en ocasiones hasta más sofisticado que algunas de sus incursiones volumétricas. En aquel instante no sentí la necesidad de otorgar crédito a tales insinuaciones, pues las cualidades formales y conceptuales de las dos obras me sobrecogieron de tal modo, que muy rápido despertaron en mí la curiosidad por continuar indagando en la labor de este artista. Es más, confieso que cuando estuve parado frente a sus instalaciones llegué a sentir que ellas respiraban un tipo de resolución, de causticidad, que contrastaba con otras obras realizadas dentro de la manifestación con un cierto matiz místico, bucólico, o de parodia, que ya conocía de la provincia. Coincidentemente el El pensador y Tres banderas… llegaron a obtener en ese período el premio “Cubaneo”, que otorga una figura legitimada de la plástica cubana como Pedro Pablo Oliva. En una de las actas de entrega, este dejó constancia de su decisión a partir del siguiente comentario: “Por la singularidad de una obra monumental que recoge el palpitar de la nación con un original uso de los materiales y el espacio”.1
Pero no fue hasta el Segundo Salón Nacional de Arte Erótico, celebrado en el año (2001) en la galería La Acacia, que tuve la oportunidad de apreciar detenidamente, y sin el incómodo percance de las mediaciones, una de sus obras impresas sobre acetato: Las féminas y el culto priapal (1998). En aquella ocasión yo formaba parte de un jurado en el que estábamos presentes algunos críticos e investigadores, y un escritor bastante conocido en el medio intelectual: Arturo Arango, cuya inclusión parecía extraña, inusitada, pero de igual modo oportunamente accesoria, pues siempre he creído que los literatos han estado jugando un rol importante en la interpretación de las alegorías visuales dentro de la plástica cubana de final y principio de siglos.
No creo exagerar si digo que, hasta la fecha, ese ha sido el jurado de mejor diálogo y desenvolvimiento analítico en el que he participado, a pesar de que algunas de nuestras decisiones finales llegaron a ser impugnadas por determinados funcionarios y especialistas del medio. En aquella comisión estuvimos debatiendo por largas horas la calidad conceptual y representativa de cada una de las obras concursantes, pero sobre todo, cómo ellas lograban supeditarse a una visión renovadora de lo erótico dentro del arte cubano. O sea, que las valoraciones esgrimidas por nosotros estaban más animadas por el cuestionamiento a una adopción convencional del término y su aplicación dentro del ejercicio artístico, que hacia el deseo de ensalzar la destreza o la aparatosidad de los artificios técnicos empleados. Y aunque el grabado de José Luis Lorenzo exhibía una fórmula de impresión impecable, depurada, fue el peculiar montaje de su metáfora lo que nos hizo otorgarle una de las menciones del certamen. A punto estuvo de adjudicarse uno de los premios, y si así no ocurrió fue por uno de esos mínimos desequilibrios en la votación, que con frecuencia tensan o desarticulan el desenlace de las apreciaciones colectivas en esta clase de certámenes.
El cuadro de Lorenzo mostraba un grupo de figuras femeninas con cabezas de animales, figuras que parecían absortas alrededor de un tótem de apariencia fálica. Aunque lo erótico desempeñaba un rol protagónico dentro de la dinámica de la escena, de su densidad especulativa, el mismo no parecía estar relacionado con el límite incierto, de viciada ambigüedad argumental, donde convergen la fruición y la estética, la sensualidad y el deleite, sino implícitamente sintonizado con la noción de sacrificio, de sometimiento que embarga una buena parte de la existencia cotidiana. En la forma con que aquel sugestivo ambiente declinaba hacia una especie de ritual de culto, y en la multiplicidad de expresiones emblemáticas que eran capaces de sugerir los rostros de los animales (éxtasis, euforia, resignación, inercia), se concentraba a todas luces la suspicacia discursiva de semejante representación.
De modo que Las féminas y el culto priapal constituiría el mejor de los preámbulos para adentrarme con mirada exploratoria en el imaginero de José Luis Lorenzo, porque fue capaz de anticiparme los rasgos que tipifican en la actualidad su delineado, la racionalidad que modera cada uno de los efectos de valor y tono que emplea, y el sentido de dramaticidad con que prefiere abordar los asuntos referidos a la existencia insular. Al cabo del tiempo me he dado cuenta, incluso, que se trata de una edición paradigmática, la cual condensa todo un proceso de perfeccionamiento en el dibujo y su aplicación minuciosa en las técnicas del grabado, protagonizado por el artista hacia finales de la década del noventa. Valorada en su interrelación con la totalidad de lo producido por Lorenzo, ella concerta casi todas las claves para desentrañar la ascendencia y progresión de los significados de su alegoría.
El acercamiento posterior a otras creaciones gráficas del autor no ha hecho otra cosa que afianzar aún más mi convicción de que en la pugna, el forcejeo de los géneros, en la promiscuidad y la lascivia en la que a veces esas situaciones desembocan, ha ido detectando el artista una serie de eventualidades sui géneris, coyunturas simbólicas que le han servido de pretexto para crear determinadas metáforas acerca de las relaciones sociales de poder y las tensiones que provoca. De nuevo -y no por ello desde una óptica menos renovadora- asistimos a la tentativa de subvertir los parámetros valorativos de un sistema raigalmente patriarcal, viril, en el que hasta el mismísimo autor parece discurrir con simulada ligereza entre los roles de la complicidad y el testimonio, entre la posición de la victima y el victimario. Representativos de dichas elucubraciones –inferidas tanto desde la perspectiva colectiva como doméstica- resultan para mi grabados como Divergencia de la metamorfosis (2001), Dieciocho y más (2004), Sometimiento (2004), Rendición de cuentas (2004) y Sustracción (2004).
No caben dudas de que las experimentaciones gráficas derivadas de esta etapa han ubicado a José Luis Lorenzo en un lugar cimero dentro del grabado pinareño. Su prolífera creación, asumida desde la perseverancia y el denuedo personal, constituye una prueba fehaciente de todo lo que sería capaz de aportar la región al acervo plástico nacional, si se le apoyara un poco más en el desarrollo de la manifestación. Sin embargo, él ha ido encontrando también en el ejercicio complementario de la pintura un método diferenciador de su actividad en el grabado, meta muy difícil de alcanzar en los artistas que han optado por combinar ambos procedimientos; y lo ha hecho trasladando al lienzo sin precipitación ni mimetismo, gradualmente, sus habilidades para el dibujo, ensayando variantes de composición, de escala, de articulación accesoria entre figura y fondo, líneas y veladuras; en fin, despejando un camino de transición normativa que aún pudiera presumir nuevos estadios de perfeccionamiento.
Como una tendencia que ya venía corroborándose en algunos grabados, también se percibe que el tratamiento del desnudo y la voluptuosidad en el proceso pictórico se han ido desligando todavía más de los valores concernientes al goce, a la lujuria, a la “obscenidad”, para otorgar a las imágenes, y a sus distintos niveles de correlación, una impresión de mayor crudeza, de máxima penetrabilidad. Tal es el caso de lienzos como Advertencia de Neptuno (1997), Aprendiz de hechicera (2000), Paradojas de la ausencia (2001), El reparador de sueños (2003), por sólo mencionar algunos ejemplos. Hasta el espíritu cada vez más expedito de lo fabular dentro de las escenas –evidenciado a partir de la intensificación de las imágenes zoomórficas y sus disyuntivas histriónicas- dan fe de la intención del creador por sobredimensionar la connotación simbólica de otros estados, otras actitudes ordinarias como la violencia, la abulia, la discrepancia, la envidia, o el desafío, moderadoras también en nuestro tiempo de la fricción humana.
Notas del artículo:
1.- Premio “Cubaneo”, a la mejor pieza del año 1998.