

La insularidad es un tópico tan recurrente en el arte cubano de las ultimas décadas, que muchos creadores confiesan evitarlo concientemente. Ahora, no abundan las propuestas que apelan a semejante pretexto para dirigir una mirada hacia el interior de la isla, más allá de los traumas ocasionados por el éxodo o de la maldita circunstancia del agua por todas partes. Es decir, una manera de fabular en la que el agua cede su hegemonía a la tierra como origen y destino, desazón y plenitud, especie de eterno retorno a lo que pocos consigue escapar. La obra del artista pinareño José Luis Lorenzo se ubica orgánicamente en esta variante discursiva, donde el referente más cercano es su propio contexto vital.
Ya desde su anterior exposición Cronotopo Insular, exhibida en el Centro de Arte 23 y 12, notamos la presencia de una poética sustentada en ese rasgo tan común en propuestas neomitológicas que es la ironía. Dotadas de una elevada dosis de ambigüedad, las piezas de aquella muestra aprovechaban la popularidad de ciertos mitos para incitar a la reflexión acerca de la fragilidad y soledad del poder, las paradojas de la tragicomedia insular y un juego con el espectador donde se pretendía a través de la sátira, vaciar de contenido a estereotipos inmutables. De igual modo, la ambientación de las obras remitida a una evidente teatralidad alegórica al universo como escena, tomando al mito y al poder como sujetos-objetos expuestos a las más imprevistas colisiones.
La elección y manejo preciso del espacio museográfico son las cartas de presentación de Herra-Dura, la más reciente muestra personal de José Luis Lorenzo, emplazada en el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología. Como indica su propio titulo, la herradura es el símbolo de cabecera en este environment formando por cinco instalaciones de gran formato. Con escasas variantes temáticas en relación a Cronotopo... llamativo es el protagonismo que adquiere el juego con el espectador, concertado a partir de la ilusión de que sea éste quien complete la obra en el sentido duchampiano del término. Otra vez ambiguas, las ficciones instaladas de Lorenzo resultan simulacros de panfletos que aparentan decirlo todo cuando en esencia no toman partido por nada. Consciente de su carga mito-paródica, este discurso plástico se encarga de reivindicar esa constante de lo cubano que reside en darle las respuestas más sencillas a los dramas más complejos. Aquí una manipulación engendra otra manipulación, hasta despojarla de sentido, satirizando así a tantas estrategias consagradas enteramente a sacralizarla. Solo después que el espectador realiza un desmontaje similar logra constatar ese humor latente en toda la propuesta, algo realmente distante de la personalidad del hacedor, nada espectacular y quizás conservador.
No es frecuente recorrer un salón de exposiciones y experimentar la sensación de que cada pieza está colocada en el sitio adecuado. Esta sospecha alcanzó su definición mejor en Herra-Dura cuando una obra tan conocida y reconocida como El pensador debió recibir a los visitantes al final del recinto. Lógicamente, el lugar ocupado aludía a su obligada despedida del viaje expositivo del creador. Concebida como una metáfora de la soledad, tan inminente destino solo reafirma su verdadera y autentica esencia suficiente para neutralizar a las más sutiles tretas de la ambigüedad. Sin pretender instaurar una jerarquía competitiva entre los trabajos expuestos, Demencia en el Laberinto es el que concede al conjunto un sentido visual y filosófico. Así como esas paredes de herraduras soldadas irrumpen en el espacio para atravesarlo sin lastimarlo, también sugiere el vacío que implica penetrar en un sitio sin la mínima esperanza de lograr llenarlo. En definitiva, el anhelo supremo de esta demencia radica en compartir la certeza de Mircea Eliade, cuando el historiador señala que la misión principal del laberinto consiste en defender el centro, siendo un equivalente de otras pruebas como la lucha contra fuerzas que rebasan al hombre.
A pesar de fabular en torno a la tríada mito-poder-historia, el peso de este quehacer se concentras en la importancia que les concede a la visualidad y al público, convirtiendo el resto de los elementos involucrados en una sucesión de pretextos necesarios. Por ello, esas numerosas herraduras dispersas por el suelo y dispuestas a pinchar a cualquier paseante, rompen con ese tedio posicional que puede provocar hasta la más virtuosa tridimensionalidad. La obsesión por otorgarle ligereza a la pesada muestra tuvo su clímax cuando en el bufete inaugural se les brindó a los asistentes unos palitroques en forma de herradura que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Así, incitando al apetito, Lorenzo propone que también se consuman las imágenes, bastante densas y abigarradas en el plano ideotemático. Todo lo cual indica que su mayor desvelo se concentra en ese juego de las formas por venir que exigirán para el futuro las más inesperadas soluciones.
Aunque este creador se mueve con soltura en un amplio espectro de la creación pictórica, su medio de expresión más convincente es la instalación. Esto es muy estimulante en los tiempos que corren, si consideramos los excesos que se cometen en nombre de la libertad que presupone esta modalidad del arte contemporáneo. Sin embargo, ya es hora de que José Luis Lorenzo deje de ser un mero orgullo de su provincia natal y despliegue su potencial en espacios y eventos de envergadura. Porque si perjudicial es llegar con demasiada premura, mucho peor es tener que esperar paciente e injustamente más de lo debido.
Publicado en suplemento Noticias de Artecubano#7 Julio 2002