

En el arte cubano contemporáneo actual, cada vez se vuelve más difícil que un creador consiga alterar el canon retórico articulado en su propia poética. La capacidad de sorprender al espectador a partir de los mismos temas o personajes constituye un privilegio de contadas muestras, tanto individuales como colectivas. Cuando ocurre el milagro de palpar una “ruptura sin violencia”, convertida en autodesafío al triste destino de repetir fórmulas hasta el cansancio, sentimos que la utopía de la renovación constante es posible. Un suceso visual semejante, tan poco frecuente en el ámbito plástico de la capital, lo protagonizó recientemente el artista pinareño José Luis Lorenzo.
En efecto, la exposición personal Herra-Dura que Lorenzo instaló en el Centro de Conservación, Restauración y Museología, rebasó con amplitud a Cronotopo insular, exhibida anteriormente en el Centro de Arte 23 y 12. Si en esta última predominó un marcado acento escenográfico, donde tal parecía que en cualquier momento El pensador “podría improvisar un monólogo”, ahora el espacio intervenido adquiere una mayor relevancia, al punto de que este no sucumbe ante la dimensión de las obras y, felizmente, el premiado “animal pensante” desempeña un papel secundario, al final del recinto, casi despidiéndose del público, antes de transformarse en un fetiche capaz de devorar a su creador. Así, este cómodo desplazamiento a través de un espacio consecuentemente orgánico con su propuesta, le permitió a José Luis concebir un environment donde la teatralidad se reduce a la ambientación de las piezas con su habitual obsesión por emplear materiales procedentes del campo cubano, enfatizando su deseo de trocar lo meramente local en arquetipo universal. Tal es el caso del peso simbólico que le concede a la herradura, una imagen que el espectador llegó incluso a consumir ávidamente, pues fue ofrecida en forma de palitroques durante el bufete inaugural.
Lejos de pretender instaurar una jerarquía competitiva entre las obras, Demencia en el Laberinto es la que concede al conjunto instalativo una personalidad visual y filosófica. Así como es quien irrumpe en el espacio con sus paredes de herraduras soldadas para “atravesarlo sin lastimarlo”, también sugiere una contradicción insalvable: penetrar en un lugar sin la mínima esperanza de llenarlo, implica un vacío que desborda los límites de la razón. Extraviar todas las brújulas es sinónimo de reconsiderar todos los caminos. Esta enigmática y accesible “demencia”, añora en la soledad de su conciencia, compartir la certeza del historiador Mircea Eliade cuando señala que la misión esencial del laberinto consiste en defender el centro, es decir, el acceso iniciático a la inmortalidad, la realidad absoluta, siendo además un equivalente de otras pruebas como la lucha contra fuerzas sobrehumanas.
Sin abandonar nunca su acostumbrado “neomitologismo”, lo que llama la atención en las fábulas de Lorenzo es cómo recrea el tópico del poder con una ironía “librementecontenida”. Así, al manipularlo todo, parodia al mismo concepto, tan denso y tan hostil, pero casi siempre sacralizado. Entonces las imágenes y posturas hieráticas resultan máscaras que simulan ocultar el rostro de la sátira. Estas veladuras en el plano del contenido, le otorgan a la peripecia formal el verdadero poder que contiene la muestra. Por lo que su carácter afirmativo es tan solo aparente.
Herra- Dura demuestra, una vez más, la urgente presencia de esa reina de las facultades que es la imaginación para motivar al espectador, apelando prácticamente a los materiales y soportes de siempre. Trocar el orden de la más coherente poética es una necesidad que vitaliza al más establecido discurso plástico. Jugar con todo y no desechar nada parece constituir la máxima de José Luis Lorenzo, un hacedor que da la impresión de ser el más paciente y ortodoxo de todos, símbolo preciso de esa confusión entre lo aparente y lo esencial que prevalece en todas las obras que salen de sus manos.
Publicado en El Tabloide de Critica ARPON #9 Abril - Mayo 2002.