

“... se distent les levres avec des plateaux, se font sculpter sur les reins des animaux monstrueux, - Peut-on dire, avec Pascal, que la coutume est une seconde nature?”.
Sartre. La Nausée.
Decir Isla es atrapar la metáfora en su vuelo. La Isla es a(isla)miento, tierra a la deriva, donde todo, aún los sucesos más monstruosos e inverosímiles, es posible. La isla es terra ficticia, en ella confluyen las posibilidades infinitas de que hablara Lezama y a su tiempo y modo complemento y reserva de los mundos fabulares que puede ser la isla más fermosa que ojos humanos han visto o la habitada por hombres cabeza de perro, que describe Marco Polo, el navegante, en sus “Libros del Gran Khan”, libros de viaje, porque las islas son también eso, estaciones de un gran viaje, lugares de paso, deshabitados, que es habitados por el misterio o habitados por seres diferentes.
Lorenzo entonces viene a ser el paseante hacedor, testigo ocular o demiurgo (creador) de esos mundos interiores (re)vertidos, donde el zoomorfismo no es una propiedad, sino una actitud, y sus conocéfalos, hipocéfalos et al denotan la capacidad de adaptabilidad del hombre, rasgos de su conducta que por conversión arquetípica, casi por consetudinareidad (populatio metáfora) es analogable, reducible, a ese mismo sustrato heroico, que con otras dimensiones desplazará la fábula oweniana, poses que la máscara recalca. Ya en el Brihaderanyaka Upanishad se exhalta “...al caballo sacrificado, cuyo cuerpo contiene todo el universo” es por ello que el mitos puede o no ser alusivo, y la parodia más que ridícula imitatio alcanza dimensiones dramáticas que refieren al orden natural de las cosas. Sin embargo, el metarrelato en Lorenzo en poco responde a un proceso de metamorfosis, la transformación sucede rápida generalmente por simple conversión.
A la vocación retiniana de esta muestra se suma una búsqueda ontogénica y psicológica recreada en ocres y oscuras combinaciones. La paleta responde a las degradaciones concebidas para estos mundos místicos y monstruosos donde todas (algunas) las vanidades y exageraciones humanas se pasean encarnadas en su referente visual simbólico.
Es por esto que su búsqueda no se queda en la superficie de una morfología peculiar de expresión, deviene sistema morfológico conceptual, donde las estructuras fabulatorias, lo enarrado (en detalle) y lo denarrado (por orden) se valen de la serie dentro de la serie, la historia dentro de la historia, componiendo unidades autosuficientes organizadas de forma tal que las subtramas sostienen un argumento curatorial que no solo responde a una visualidad homogénea, repetitiva,, como pudiera pensarse, sino a una particularización generalizadora, que en la recurrencia morfológica propone las calves de veritatibilidad imprescindibles para que la historia funcione como un mecanismo de farsas y relojerías dramáticas.
Sus monstruos son convertidos en histriones. Todo es representación, nada debe ser tomado en serio, pero la angustia de estos histrionis (actores), las desgarradoras secuencias, aluden a una representación teatral que la costumbre ha vuelto ordinaria en tanto el hombre muestra su máscara que es su yo más recóndito. Y este hecho de reversión del mito, dotándolo de una nueva y milenaria significación místico-mítica por la contraposición de contrarios universales que se reconcilian, basta para remover la estructura tradicional del mito, humanizarlo, volverlo vulnerable.
En el centro de esta poética el hombre vuelve a reafirmarse como hijo de una falla (harmatia) originaria: el pecado; y es entonces cuando la vis fábula se convierte en vis terra (sub terras penetrare) y ésta en vis vivendis (muestrario de las conductas y aberraciones humanas). Pero la clave de todo sigue estando en el gesto, los actores son solo eso, criaturas elementales, pero el conflicto acusa la ironía patética entrevista por cierta dosis de fatum, con que el hombre acepta su relación trascendente respecto a la norma (moral, religiosa, política). Si el acto de poiesis (creación) encuentra su catarsis en el dominio y multiplicación de un cosmos.; en Lorenzo la creación no es vanidad de posesión de imaginarios, sino conversión, desenmascaramiento, para a partir del arte reflexionar sobre la más augusta y coherente de las interrogantes: la salvación del hombre. Ese que retrata, recrea o subvierte y que a(isla) en todo su patetismo, dejando al descubierto las máscaras de la costumbre, a esa naturaleza ritual que nos define, “Para acaso poder decir, con Pascal, que la costumbre es una segunda naturaleza”.
Palabras de la Expo personal “Metáfora insular”. En la ciudad de Pinar del Río. Año de gracia de 1998.