

El mito requiere consustancialmente de la escenificación. Su poder es teatralidad performante, es decir, interactividad efusiva, expansiva y disolutiva de sus actores dentro de la escena correlativa a un evento; nunca visualización socializada de su orquestación (por lo menos al modo tradicional), sino en la virtualidad de la imagen y la palabra como de “boca para afuera”; porque es asunto mitológico su edición social; por naturaleza el arte ostenta la suya que hoy escuchamos.
El mito constituye espacio primordial en que se identifica y dilucida una porción importante de las problemáticas humanas y como procedimiento lo caracteriza la representación. De este modo, vuelve a ser apariencia travestida, sonriente, sudorosa, somática. Mano a mano en la escena que conforman la ciudad y la Historia.
En la presente muestra, José Luis Lorenzo utilizando la herradura, el estiércol de caballo, el saco de yute, la madera de Palma Real, propone un grupo de instalaciones que robustecen la noción del mito como poder, su readecuación y reproducción en tanto procedimiento. Ello propicia disfrutarlo dentro de cierto deslizamiento autocrítico de su propia configuración socializada de algunos modos, en que se verifica la legitimidad de su papel moralizante en la sociedad y para Lorenzo anecdotario propiciatorio en la construcción del desplazamiento hacia esta metamorfosis mitológica, o agente portador reciente, enclave en que se perfila el relevo siempre metaforizante de una ontología, para exponer otra: la del camino del hombre hacia el poder.
Aquí se habla sobre el tránsito; entonces la palabra y la imagen abandonan el pasillo y se colocan, operan expectantes al tomar referencia de la monumentalidad moral concedida a la historia; los recovecos de esta ofrecen artística y socialmente didáctica narrativa, hilvanadas fábulas compartidas y para compartir. Como su obra más reciente, esta transita hacia una necrofilia del poder, en tanto expiración de un tipo de relaciones enunciativas, al disminuir las posibilidades tropológicas que validaban los precedentes.
La herradura es uno de los atributos más distinguibles en la ritualidad que ha devenido cultura preventiva: Tantos enunciantes son posibles como tropológico el marco vivencial: Los discursos políticos, artísticos y populares. Es resguardo espiritual y protector físico. Misterio, religiosidad y cultura tutelar; arquetipo perceptivo del bastión anímico callejero. Camino de hierro y condición para la buena suerte. Metáfora doméstica de y para la salvación. Sonoro casquillo de metal en las patas de los caballos.
Su excelencia espiritual y material le conceden a José Luis la utilización en el conjunto de piezas presentadas, al modo de enrejados artefactos intertextuales tejidos con la herradura soldada: en las paredes del laberinto que da acceso y contiene a la exposición; asimismo el gigantesco cuerno de la abundancia que protege y deja ver, a través de un televisor, sucesivas imágenes putrefactas con moscas volando y posadas en la virtualidad mediática de los cuerpos y materias en descomposición. O esta vez con las puntas de los clavos hacia arriba, dispuestas en espiral alrededor del imponente equino “pensador” al final de la sala; o esparcidas sin los hirientes pinchos, en su latencia sonora al menor contacto del visitante, por todo el piso de la antiquísima sala, hoy Galería, del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología.
“Herra-dura”: Reportaje sonoro para la buena suerte.