

Cuando el 16 enero de 1998 el joven artista José Luis Lorenzo (graduado en 1996 de la Escuela Profesional de Artes Plásticas) irrumpió en el ambiente de la creación visual con la muestra Metáfora Insular, reconocimos un rasgo que identificaría su obra en lo adelante: la búsqueda del equilibrio entre la zona oculta del cosmos interior en pugna hacia un reconocimiento implícito o parcial de la posible existencia y la energía opositora del medio social habituado a la observación complaciente de los metadiscursos. Con Sacrificios de fin de siglo, fechada el último año de la pasada centuria, Lorenzo retoma esta idea, pero ahora con la inserción de nuevo asidero: la consolidación de un lenguaje tropológico para la reafirmación del intercambio legitimador del status quo en las relaciones de poder. En el catálogo Jorge Luis Montesino escribe “En la muestra Sacrificios se aprecian cambios fundamentales respecto a su quehacer anterior, cuando interesaba trasmutar constantemente sobre el lienzo, sobre la cartulina o con la instalación a personajes e ‘histriones’ con cabezas-máscaras de perros, de ovejas, de equinos y otros animales, artificios que ahora sustituye por rostros y cuerpos híbridos definitivos sobre ‘saco de yute’ en que la doble moral no existe, y se enfatiza la de seres dispuestos o idóneos para el sacrificio”.
La obra pictórica de José Luis Lorenzo es inconfundible. Realzada por la gama de colores que emplea (ocres y amarillos); los temas, que se mueven entre lo caprichoso del mito y el antropomorfismo de sus bestias o la bestialidad de sus hombres, las piezas son monumentos al quebranto y la angustia existencial, dardos disparados contra la comodidad y las mentiras ocultas. Por cierto, sería prudente que la crítica mirara con más asiduidad hacia esta área de su creación que tiene sin duda, como me confesara Águedo Alonso, innumerables valores que merecen un análisis pormenorizado.
El nuevo milenio lo abre con un par de exposiciones signadas por Oggún, santo patrono de los herreros: Demencia del laberinto (septiembre del 2001, Centro Provincial de las Artes Visuales), y Herra-dura (mayo del 2002, Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología) en las que se retira voluntariamente al disfrute total del instalacionismo donde Lorenzo demuestra un acertado performance.
En Herra-dura, primera exposición después que obtuviera el Premio Cubaneo de las Artes Plásticas que otorga Pedro Pablo Oliva, emplea soportes tradicionales en su obra como el saco de yute, la palma y la tripa de palma, el estiércol, el hueso y otros como el caso de la herradura que se ha convertido en un sello que lo identifica. Aunque la muestra exhibió cuatro piezas vistas en Demencia... se le incorpora su antológica El pensador, esta supera a la del 2001 en mejor y acertada curaduría del propio artista y Jorge Luis Montesinos; el espacio del CENCREM, que favorece una relación interactiva que facilita la aprehensión coherente del discurso expositivo y una actitud creadora que denota esfuerzo investigativo de las estructuras del canon que denomino alquimia.
¿Por qué este apego del artista al empleo del elemento-desecho? ¿Por qué el examen de significados en objetos o sustancias naturales de aparente insignificancia? La respuesta hay que hallarla tal vez en una voluntad de desobediencia o indocilidad al no aceptar la noción rígida del arte que encuentra en lo “pobre” cierta justificación a la indigencia del pensamiento. Obsérvese que José Luis Lorenzo somete su exploración a la transferencia recíproca entre lo simple-común y lo elevado-trascendental, de ahí que sus instalaciones salten a la vista por las dimensiones que poseen los objetos que recrea. Pero “dimensión” es ante todo alegoría, atributo simbólico, condición sígnica de la imagen que incorpora a su sistema estructural el axioma propio de las culturas de los márgenes. Lorenzo rechaza cualquier edulcoración del signo y pienso que difícilmente haga dejación de este recurso porque en la contracorriente está su más descarnada protesta, su oposición al panfleto visual tan frecuente en nuestro lar.
Lorenzo es, entonces, un infractor que no se somete a las reglas del conglomerado, a la pulpa descompuesta, al amasijo que promueve una estética simplista. Este creador suda sus manos en la mierda de caballo, alucina acoplando herraduras, hace sacrificios al tiempo y construye laberintos a los dementes que se atrevan a tratarlo con piedad.
Publicado en la revista cultural Cauce # 2 del 2002.