OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Hablando de libros con Luis Alberto de Cuenca

 

Francisco Javier Illán Vivas

Como lector es un caso sorprendente, y estoy convencido de que a muchos de nuestros habituales les producirá esa sensación, pues cuando alguien le pregunta por qué sigue leyendo tebeos, responderá que “espera seguir leyéndolos durante muchos años, porque el octavo arte es una cosa muy seria, que supuso una fusión entre lo narrativo y lo plástico.” Para él, el tebeo ha sido una “revolución en la estética del siglo XX desde que se inició este arte secuenciado presidido por el concepto de bocadillo, en el que los personajes hablan y que aparece por primera vez en 1896 en el “chico amarillo”. Y, si no lo tenemos claro, nos insistirá que en países como “Francia, Bélgica y Estados Unidos, el tebeo está presente en su vida cotidiana”.

Hasta aquí estoy convencido, desconocido lector o lectora, que argumentaréis que nuestro personaje es un joven friki del fandom. Y os equivocaréis. Un detalle antes de presentároslo: su biblioteca tiene más de treinta mil libros, y él ha ido teniendo una relación con todos y cada uno de ellos, pues aunque no haya posibilidad de leerlos todos, “sí de conocerlos, de apreciarlos, de saber ubicarlos en una línea diacrónica, de la historia de la cultura y de la evolución literaria”. Cree muy positivo tener una biblioteca bien nutrida y, referente al retintín de ¿te los has leído todos?, nos responderá que le parece una broma.

Claro que también nos comentará que es a “obras completas de Shakespeare en la edición de Luis Astrada Marín, de 1929 en Aguilar”, el libro al que siempre regresa en los momentos de inquietud, porque es “una especie de libro religioso y sagrado que me descubrió la literatura y lo que es el ser humano”.

Sí. Se trata de Luis Alberto de Cuenca Prado, doctor en filología clásica y profesor de investigación del CSIC, poeta, traductor y ensayista. Pero también ha sido director del citado Centro y de la Biblioteca Nacional. Y fue Secretario de Estado de Cultura, período en el cual tuve el honor de conocerle epistolarmente. Ha traducido, entre otros, a Homero, Eurípides, Calímaco, Charles Nodier y Gerad de Nerval. En 1987 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión del Cantar de Valtario. Y es una excepcional persona, amigo de sus amigos hasta un extremo que yo desconocía.

Nacido un 29 de diciembre de 1950, acaba de cumplir cincuenta y seis años (Felicidades, amigo), creo que sigue siendo el gran desconocido de los jóvenes de este país, y no por su poesía, de la cual hablaré más adelante, sino a pesar de ella. Porque sus letras están en canciones de los años ochenta de la Orquesta Mondragón, ¿quién no se acuerda de Caperucita Feroz, El diablo dijo no, Feliz Navidad, Garras Humanas, Viaje con nosotros, Mis gafas, Lola Lola o Bubble Bubble?, y ahora es Loquillo quien está poniendo música a sus poemas. Suele decir que “le interesa la relación entre la poesía y el rock”.

Y la fantasía, el mito, la leyenda, libros con los que- lo confieso- he pasado mucho de mis mejores momentos: Floresta española de varia caballería, Necesidad del mito- ¿es verdad o apócrifo aquello de que éste libro le permitió casarse?-, El héroe y sus máscaras, Baldosas amarillas o De Gilgamés a Francisco Nieva. Por que “un buen libro de fantasía es una especie de Stargate, una puerta abierta a otras dimensiones donde la imaginación hace posible todo, incluso que el tiempo no pase”.

¿Sabéis cuál es su talismán? Una reproducción de la Venus de Willendorf, a quien dedicó un poema en El hacha y la rosa. Cree en “el eterno femenino y la Venus representa bien ese concepto. Ya dijo Goethe al final de su “Fausto” que el eterno femenino nos conducía hacia arriba y para mí esa figura rechoncha, con los atributos femeninos exagerados al máximo, supone también una manera de conducirnos hacia arriba”.

Es padre de dos hijos: Álvaro e Inés y está casado con Alicia Mariño. Recuerdo que le invité a Los Martes de Luna Llena cuando mi invitado era otro buen amigo, Eduardo Segura Fernández. Aunque al día siguiente estaría en Murcia, declinó la oferta. Me confesó que yo, que había dedicado una novela a mi mujer, entendería por qué él debía estar en Madrid el 14 de febrero.

Aún así, no se considera un poeta romántico, sino “clásico. De los barrocos podríamos decir que están adscritos a una línea romántica, si entendemos con Hauser los cuatro elementos de la creación: lo arcaico, lo clásico, lo manierista y lo barroco. Me ha influido mucho la literatura helenística, el epigrama, pero nunca puedo considerarme romántico, porque se escapa de mis concepciones artísticas”.

Le oiremos confesar que su poesía se la trae “la brisa que de vez en cuando sopla en mi calle, junto a los olores antiguos más o menos prohibidos, canciones olvidadas y deseos por realizar”, nos dirá que su poesía es figurativa, que se entiende, que busca moldes métricos y “es, casi siempre, epigramática. Hace unos quince años, y guiado por lecturas helenísticas (la Antología Palatina) y provenzanes (la lírica trovadoresca compilada por Martín de Riquer), abandoné una poesía de estructuras abiertas y empecé a escribir otra de estructuras cerradas, centrándome en los tres o cuatro temas que desde entonces aparecen una y otra vez en mi obra poética, y que son los temas de siempre.”

Pero le escribe a Conan, y a Belit, y a las películas que le han gustado, y a esos monstruos que “pinta John Buscema enfrentándose a Conan el Bárbaro”. Le reconozco amante de los pequeños detalles de la vida, de esa vida que si no la aguantas, “si cada minuto que pasa te conduce a una pantalla de videojuego cada vez más aterradora, móntate un suculento desayuno y sumérgete en la prosa de Benito Feijoo”. A raíz de esto recuerdo la anécdota que contó cuando conoció la muerte de Barandiarán, que le dejó estupefacto. ¿Qué hizo después?: “terminé de ver el episodio de Merrie Melodies por la tele y desayuné vorazmente, como de costumbre.”

Dicen los entendidos que en su poesía se funden el estudioso y el creador, sin que ninguna de las dos facetas corrompa a la otra. A través de sus poemarios, Luis Alberto de Cuenca nos ha ido entregando lo que han llamado una “poética transculturalista”: una lírica ironía y elegante, a veces escéptica, en ocasiones desenfadada, en la que lo trascendental convive con lo cotidiano y lo libresco se engarza con lo popular. Usa la métrica libre y la tradicional. Como homenaje a Hergé, el creador de Tintín, nuestro protagonista ha definido la segunda etapa de su poesía como línea clara.

¿Será por ello que le gusta recordar que su poesía “suele gustarle a gente que no lee poesía o piensa que la poesía es un asunto de señoras cursis y/o de tarados”? Para Luis Alberto de Cuenca “eso demuestra que la poesía puede y debe salir del guetto, de las mafias y las sectas, del malditismo. De su propia y tediosa iconografía.”

Ahora mismo su último poemario, La vida en llamas, está como más vendido de poesía en la lista del ABCD de las Artes y las letras; un poemario que fue XXVII Premio Ciudad de Melilla, editado por Visor. En sus propias palabras: “tiene ochenta poemas dividido en siete partes, todas tienen diez poemas menos una, que tiene veinte haikus, y es un libro compensado y maduro, amargo en ocasiones, aunque en otras chispeante y todos mis viejos temas asoman aquí y allá en las páginas de este libro.”

Le preguntaron, en una entrevista publicada en Anika entre Libros, ¿por qué un consagrado poeta como él acudía al reclamo de un premio literario? Fue claro “he pasado muchos años en la política, no me he presentado a ningún premio en mi vida y tenía ilusión por éste, que ha ganado gente muy buena, como Pablo García Baena y Luis Rosales. No he podido concurrir ni siquiera al Premio Nacional por ser político, y tenía deseos de volver a la normalidad, como es competir por un premio.”

Pero sin olvidar que la poesía es tan sólo una parte de su vida: “tengo poco o nada que ver con los poetas para quienes la profesión poética es toda su vida, con los poetas que se creen geniales y te derriten la cabeza con sus libros inéditos para que les des tu opinión. Alucino cuando alguien dice que ser poeta es una religión, que para escribir versos se necesita estar en trance o recibir señales de lo alto o de lo profundo.”

 

Publicado en el Blog Diario Druida, por Francisco Javier Illán Vivas, viernes 22 de agosto de 2008.

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Luis Alberto de Cuenca - Retrato

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