

Hay una cosa que me gustaría dejar clara desde el principio, y es que no sé cómo me las arreglo, pero el caso es que siempre estoy machacándome el alma con un libro o con un tebeo. No existe un solo día en el año, ni un solo día, en que no dedique unos minutos o unas horas a practicar ese vicio solitario. A veces lo comparto con alguien, y entonces tengo -o tiene ese alguien- que leer en voz alta, que es como hacían los antiguos griegos y Federico Nietzsche, entre otros. Durante muchas noches, mil y una o así, Alicia y yo nos hemos leído, alternativamente, en voz alta las Sonatas de Valle-Inclán, y sólo después de tan saludable ejercicio nos hemos dado cuenta, por ejemplo, de los errores garrafales que presenta la estructura de Sonata de estío y del perfecto ensamblaje arquitectónico de Sonata de primavera. Los filólogos deberían leer en voz alta, al menos una vez, las obras que se proponen comentar, y tendrían que hacerlo muy despacio, paladeando cada sílaba, con la misma santa pachorra con que Sahrazad eternizaba sus historias ante el sultán Sahriyar en las Noches árabes.
En el Museo del Juguete de Figueras (Gerona) se exhiben, junto a las piezas de la colección permanente, diferentes fotografías de gente «conocida» con muchos menos años a cuestas y un juguete en las manos. El director del Museo, mi amigo Josep Maria Joan i Rosa, me pidió una foto de ese tipo, y yo acabé enviándole una de hace más de cincuenta años en que aparecía sentado en las escaleras de entrada de nuestra casa de verano en Pozuelo de Alarcón, muy cerca de Madrid, y sumido en la (presunta) lectura de un Pulgarcito. No, no fue un oso de peluche, ni un coche teledirigido (¿los habría entonces?), ni un tren eléctrico, ni un tablero de parchís, el amuleto o fetiche lúdico que me acompañaba en la foto. Lo que envié a Josep Maria fue la imagen de un niño rubicundo y cabezón de dos años de edad leyendo un tebeo.
Mis juguetes preferidos fueron, sin duda, los tebeos. Por generación (nací el 29 de diciembre de 1950) me correspondieron aquellas innumerables colecciones apaisadas de Bruguera, de Maga o de Valenciana. Las grandes series de Valenciana, Purk, El hombre de piedra, El espadachín enmascarado, El hijo de la jungla, Milton el corsario, Roberto Alcázar y Pedrín y El guerrero del antifaz eran mis favoritas. Había una tienda en la madrileña calle de los Hermanos Miralles (antes General Díaz Porlier y hoy General Díaz Porlier), muy cerca de la esquina con Ayala, donde vendían números atrasados de esas colecciones, de modo que era fácil completarlas. El dueño de la tienda se llamaba don César, era gallego y había sido condiscípulo de Franco en Ferrol, lo que situaba su nacimiento hacia 1892. Su ayudante tenía cuarenta años menos que él y fue quien, a su muerte, se hizo cargo del negocio, que pasó a ser una papelería normal y corriente, sin tebeos antiguos ni nada que se le pareciese. Hoy ni siquiera es ya papelería.
Pero no sólo eran las colecciones de Editorial Valenciana las que me nublaban el sentido, sino otras series como El Cachorro, El Capitán Trueno y El Jabato (por citar sólo tres de las de Bruguera), o El Cruzado Negro, Hacha y Espada y Don Z(por citar otras tres de Maga). Todos los sábados (entonces íbamos al colegio los sábados; librábamos los jueves por las tardes, como las chachas), al salir del colegio, me detenía en un quiosco de periódicos que había -y hay- en la calle de Goya, entre Castelló y Núñez de Balboa, regentado entonces por dos amables viejecitas con aspecto de brujas de cuento, y me compraba los tebeos de la semana, que eran como diez o doce, y luego los leía plácidamente tumbado en un sofá del cuarto de estar de mi casa de Jorge Juan, después de merendar como un senador romano.
Esos «cuentos» -así los llamaba yo en aquella época-, y los alargados de la mexicana Editorial Novaro (entre los que podría citar decenas de títulos, como Hopalong Cassidy, Gene Autry, Red Ryder, Tomajauk [sic], Vidas ilustres, Vidas ejemplares, La zorra y el cuervo o La pequeña Lulú), y las ediciones de Dólar de los grandes clásicos del cómic norteamericano (Flash Gordon, El hombre enmascarado, El príncipe valiente, Mandrake, Brick Bradford) constituyeron el pan bendito de mi educación sentimental antes de que los libros empezaran a pedir paso.
Dos librerías, dos, tenía abiertas la Editorial Aguilar cerca de casa de mis padres. Hoy se han convertido en sendas zapaterías, lo que habla del inexorable deterioro de los tiempos. La librería Aguilar que estaba en Goya, entre Núñez de Balboa y Velázquez, era mi Eldorado. La visitaba siempre que podía, o, mejor, siempre que lograba ahorrar las cincuenta y cinco pesetas necesarias para comprar un tomo de la preciosa colección Crisol, que era lo que más ilusión podía hacerme en este mundo. Cuando mi abuela Presentación, pongo por caso, me daba dinero para festejar mi santo o mi cumpleaños, yo me lo gastaba íntegramente en libros editados por Aguilar. Luego le pedía a mi abuela que me dedicase los volúmenes adquiridos para guardar un recuerdo de ella: conservo varias dedicatorias suyas, escritas en airosa cursiva de señorita nacida en tiempos de la Restauración alfonsina.
Había otra librería, más pequeña, llamada Procultura, en la calle de Goya, entre Velázquez y Lagasca, donde compraba siempre los libros Amparo Robles, una mujer maravillosa que me cuidaba de pequeño. La dueña de Procultura se llamaba Ángela y era una señora bajita, de nariz grande y cutis mal cuidado, gran amiga de Amparo. Todavía me acuerdo del impacto que me produjeron los seis tomos de las Obras de Giovanni Papini (Aguilar), cuidadosamente alineados en una estantería de Procultura y marcados con un precio absolutamente prohibitivo para mi bolsillo de entonces.
Pero donde de verdad se inició mi pasión por los libros y la literatura fue en la biblioteca familiar. Yo tuve la fortuna, y doy gracias a Dios por ello, de no tener que moverme de casa de mis padres para iniciarme en el vicio solitario de la lectura (todos los vicios los adquiere uno en la niñez; luego nos limitamos a regarlos para que crezcan).
Allí estaban, por ejemplo, las novelas, editadas por Molino, de Rafael Sabatini. Mi padre las había encuadernado de dos en dos, respetando las deliciosas cubiertas originales. Contenían escasas, pero sugestivas, ilustraciones en blanco y negro, y sus títulos desbordaban de pasión aventurera: El capitán Blood, Bardelys el magnífico, El antifaz veneciano, El príncipe romántico, En el umbral de la muerte, Scaramouche, creador de reyes… Las novelas de Sabatini me traían y me llevaban desde el Caribe a la Italia de César Borgia, de la Revolución Francesa a la Inglaterra de Cromwell, envolviéndome siempre en el manto protector de la fantasía, que me hacía invisible para poder asistir impunemente a hechos heroicos, desafíos, traiciones, emboscadas, situaciones comprometidas y amores absolutos sin que me salpicara una sola gota de sangre, una sola gota de odio, una sola gota de angustia.
Junto a las formidables novelas de capa y espada de Sabatini, recuerdo con especial cariño El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde, de Robert Louis Stevenson, que leí en un librito de la vieja colección Universal de Calpe y que me dejó anonadado de plenitud lectora. Me conmocionó toparme con un personaje que era capaz de llevar una existencia rutinaria, burguesa, pacata y victoriana de día, y que se transformaba de noche en un titán del mal por el mero hecho de trasegar un vaporoso bebedizo. Las drogas modernas nos han dado a conocer de cerca ese fenómeno. Pero no es necesario tomar pócima alguna para que el monstruo que habita en lo más hondo de nuestro ser tome las riendas de nuestra conducta y nos meta en un lío.
De Kipling, cómo no, debo citar el poema If, o sea, Si (la conjunción condicional), que mi padre tenía enmarcado en su despacho y que ha servido de decálogo laico a muchísimos jóvenes de toda Europa a lo largo de varias generaciones, entre ellos aJosé Antonio Primo de Rivera. Lo de Serás hombre, hijo mío nos parecía un estremecedor vaticinio por cuyo pleno cumplimiento había que luchar hasta el final, ignorantes de que nuestra conversión en «hombres» nos acercaba peligrosamente a la edad en que los sueños se pudren en los vertederos y entra en barrena la imaginación.
Luego estaba El libro de la selva, en aquella edición de Gustavo Gili con la cubierta en relieve que fuera de mi abuelo Luis, que devoró mi padre y que seguía conservándose estupendamente cuando cayó en mis manos. Y que Álvaro e Inés, mis hijos, recibirán en el mismo impecable estado, porque en mi casa no habremos aprendido cosas prácticas, como ganar dinero, pero nunca hemos sentido cariño, sino repulsión, hacia un libro zarandeado por usuarios negligentes, aunque éstos tengan nombres ilustres y salgan reseñados en las enciclopedias. El libro de la selvase sigue leyendo hoy en todo el mundo. Parte de la culpa la tuvo una excelente película de Disney, la última que Walt supervisó antes de morir. Pero estoy convencido de que Mowgli y sus amigos de la jungla hubiesen sobrevivido sin ese film al desgaste de los años. La elección de El libro de la selva sigue siendo una apuesta excelente a la hora de recomendar una obra literariaa los que apenas leen, porque abre el apetito lector como muy pocos libros son capaces de hacerlo.
De Alfred de Vigny leí, en aquellos años, una novela de aventuras, Cinq-Mars o una conjura en tiempos de Luis XIII, que aún galopa por mi memoria, lo mismoque El rey de las montañas, de Edmond About, un relato de agrestes bandoleros ambientado en la Grecia del siglo xix. Mi padre, que fue siempre un aficionado impenitente a la novela de aventuras y que cuando había que jurar lo hacía siempre por el bigote y la perilla de D’Artagnan o por los venenosos ojos azules de Milady, me hizo cómplice de su afición y me asoció a su dependencia literaria, cosa que le agradezco muy de veras. Como le agradezco, y aún más si cabe, que me dejara encima de la mesa los dos volúmenes de la colección Joya, de Aguilar, que contenían las hazañas completas de Sherlock Holmes.
Retrocedamos en nuestra máquina wellsiana del tiempo hasta 1962. Veraneábamos entonces, por absurdo que pueda parecer hoy, en el barrio de la estación de Pozuelo de Alarcón, en un hotel desvencijado de dos pisos (en aquella época llamábamos «hoteles» a lo que hoy llaman «chalés»), con aspecto de Casa Usher venida a menos. Allí me hicieron la foto con el Pulgarcito en las manos a que he hecho alusión más arriba. Allí, y más concretamente en el hall de ese hotel, que era donde se estaba más fresquito de toda la casa, y a la hora de la siesta obligatoria, fue donde me metí en vena a Sherlock Holmes, de la misma manera que el detective inglés se inyectaba en la sangre todo tipo de drogas cuando no tenía trabajo. Tardé todo el verano en dar cumplida cuenta de los dos tomos de Aguilar y, a partir de ese momento, me convertí en un fanático de Conan Doyle, devorando sus novelas históricas, el ciclo del Profesor Challenger y, desde luego, sus prodigiosos cuentos, de temas tan dispares como el boxeo, la vida militar, la antigüedad, los médicos o los filibusteros.
Me da la impresión de que las primeras series de los Episodios nacionales galdosianos fueron lectura familiar (que no escolar) obligatoria durante muchos años. Pongamos entre 1910 y 1965, más o menos. Cuando digo «lectura familiar» quiero decir que la familia prescribía a los niños, como rito de iniciación en la adolescencia, la lectura de los Episodios. No de todas las series, porque el republicanismo y la libertad de costumbres asomaban con excesiva crudeza en las últimas. Pero sí, al menos, de las dos primeras, protagonizadas respectivamente por los inefables Gabriel Araceli y Salvador Monsalud. Y si me apuran ustedes, sólo de la primera, que es la que recomienda el Reverendo Padre Ladrón de Guevara en su indescriptible volumen Novelistas malos y buenos, condenando tajantemente el resto de la obra.
Decir que los personajes de esa primera serie están vivos no refleja los niveles de respiración, y hasta de transpiración, con que se pasean por la saga. Se diría que están siendo filmados por una cámara y no descritos por una pluma: tal es la inmediatez, la frescura, la solidez, la realidad tangible, laverdad que desprenden sus ectoplasmas literarios. Inés, la novia de Gabriel, el protagonista, fue entonces, a mis doce años, mi ideal femenino. Lo sigue siendo hoy. Mi hija Inés se llama así por ella. Varias generaciones de adolescentes españoles aprendimos en esa Inés lo que significa «eterno femenino», una de las palabras con las que termina el inmortal Fausto de Goethe (das Ewig-Weibliche / zieht uns hinan).
Leer a Shakespeare ha sido lo más importante que me ha pasado en los últimos cuarenta años. Leer a Shakespeare en la cama es como hacer el amor, también en la cama, con la vida, que es una morena espectacular de ojos verdes que se parece a Hedy Lamarr. Y leerlo en la adolescencia, cuando uno está en esa etapa en la que sin remedio va convirtiéndose en uno mismo, resulta una experiencia única.
Cuanto caracteriza al hombre y lo distingue de los demás animales se encuentra en el teatro de Shakespeare, en la fantástica e hiperrealista galería por donde circulan sus personajes, hechos del viento y de la arcilla con que Dios creó al primer hombre, arquetipos de todas nuestras culpas y de todos nuestros aciertos, rebosantes al mismo tiempo de verdad y de ambigüedad. Una galería poblada por fantasmas reales de muy diverso género que, cuando pasan a nuestro lado, nos arrojan a la mente la semilla de nihilismo que llevan en la mano, una semilla que germina paradójicamente en nuestro interior, repoblando los bosques y las selvas de nuestra alma, que son los bosques y las selvas del universo, porque lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande son tan sólo metáforas de una misma espesura intelectual.
Así que cuando Macbeth, en la pieza homónima, nos dice aquello de que [life] is a tale / told by an idiot, full of sound and fury, / signifying nothing («la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia y que nada significa», acto V, escena V), no se refiere sólo a su vida -la de un tirano regicida cuya esposa ha perdido la razón y cuya estrella política está a punto de declinar-, sino a la vida de cada uno de nosotros, y también a la vida del universo, tejida con los hilos del padre Caos. No sé si acierto, pero me parece que en esa frase de Macbeth y en aquella otra, tan célebre, de La tempestad en la que Próspero dice que «estamos hechos de idéntica materia que los sueños» (We are such stuff / as dreams are made of, acto IV, escena I), está resumido todo el programa anímico y vital del viejo Will.
Con los mimbres que anteceden, y otros muchos por el estilo, fui tejiendo el cesto de mi biblioteca particular, que espara mí, sobre todo, un ámbito donde ejercer con impunidad el vicio solitario de la lectura. Ni más ni menos que eso.
Publicado en la Revista Eñe, el 22 de abril de 2008.