

Compré el catálogo del encuentro, que se había realizado en Oviedo en diciembre del 1992, sobre los últimos 20 años de poesía española, sin saber que el libro iba acompañado de una cinta (o casete) donde se habían incluido grabaciones de los diferentes poetas participantes. Entre las voces que allí se pueden escuchar está la de Luis Alberto de Cuenca leyendo su poema “la malcasada”. La frescura, el divertimento socarró con una pizca de tristeza y la narratividad de una historia (¿generacional?), me atrajeron al instante. Volví corriendo hacia las librerías y busqué alguna otra referencia de aquel autor, así fue como me encontré con El hacha y la rosa, recién editado en Renacimiento. Transcurría el año 1993. Me gustaría rememorar aquí las sensaciones de aquel entonces, de aquella juventud mía que leía con ojos desmesuradamente abiertos, abiertamente inocentes y aprendedores, aquellos versos de Luis Alberto de Cuenca. Los releo ahora para añorar dulcemente mis veinte y pocos años, y para recuperar lo que aquel libro me dejó.
Desde el título, en la contraposición de dos términos, -a la manera de los cómics llamados de espada y brujería-, aparentemente contrarios en su disparidad, el conjunto del libro une, en un único lazo poético, diferentes cuerdas. Tal y como dice el famoso verso de J.V. Foix: “me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo”, de Cuenca hace del oficio de poeta virtud de marinero: ata un nudo de modernidad inseparable de la tradición. Además, forma y fondo se dan la mano desde distancias insospechadas, por ejemplo: un soneto (forma fundamental en la tradición poética occidental) trata sobre el Mahabharata (una de las fuentes de la tradición religiosa oriental).
Ahondando en el enlazamiento de contrarios, personajes aparentemente incompatibles se codean con toda naturalidad: dioses y héroes de la antigua Grecia, como Paris, junto a personajes fantásticos del cómic, como Conan el Bárbaro, o de la literatura juvenil, como Meter Pan. Heroínas atléticas y belicosas, como Sonja la Roja, se dibujan junto a la desmesurada forma prehistórica, pero también canon de belleza, de la Venus de Willendorf. Tanto unos como otros se presentan ante el poeta o, mejor dicho, el poeta los encuentra en su entorno diario y habitual. Así, en el poema “Urganda, la desconocida” dice: “Descorro los visillos: es Urganda / La de entonces. Sin medias. Va desnuda / debajo de un exótico impermeable / que finge ser la piel de un tigre.” O, en “La Venus de Willendorf”: “Entre las chicas norteamericanas / que estudian español en la academia / de enfrente de tu casa, hay una gorda / que es igual que la Venus de sus sueños.”
Y es que, al igual que la protagonista de “La rosa púrpura del Cairo” (de un Woody Allen en estado de gracia) de Cuenca se juega el tipo entre realidad y ficción y acaba concluyendo que prefiere, en un salto al vacío lleno de intencionalidad vital, convertir la ficción en realidad. Ante la dude, entre la sofisticación formal y la ternura juvenil, el poeta no deja en ningún momento de ser “un chico del barrio”, un lector tanto de cómics como de literatura clásica, que busca lo eterno en lo cotidiano y, aparentemente, banal. Todo ello aderezado siempre con unos toques de humor que consiguen una inmediata complicidad del lector. Por otro lado, la amistad, al igual que el amor, narrativamente recordados, reafirman la añoranza de una juventud de barrio; así, en el poema “Vbi svnt?” nombra a los amigos y lamenta su pérdida: “De todos aquellos amigos / que poblaron conmigo el mundo / sólo me quedan eneasílabos”.
Toda esta confluencia de personajes y amigos, ficción y realidad en un mismo plano, se completa con la relectura o reescritura de algunos clásicos de la literatura universal, desde Homero a Baudelaire, desde Horacio a Bioy Casares, a la manera de variaciones, auténticos homenajes que van desgranándose hacia el final de El hacha y la rosa.
Han pasado muchos libros desde entonces, pero el descubrimiento de Luis Alberto de Cuenca (como añora uno aquel tipo de deslumbramientos), para el joven barcelonés de barrio que yo fui, significó apegarme a las aceras que conocía y mirar, con referencias comunes, lo que desde Madrid un gran poeta construía y sigue construyendo: el mundo. Su voz, leyendo “La malcasada”, seguirá imborrable en mi memoria.
(Barcelona, 1968) Ha publicado los libros: Letras transformistas, una selección de sus poemas conceptuales y visuales (2005), Otra ciudad (libro objeto, 2006) y Poemas para el entreacto (2007). Su obra como poeta visual ha sido recogida en diferentes antologías especializadas como Poesía experimental española (1963-2004) Ed. Marenostrum (2004) Poesía visual española (antología incompleta) Ed. Calambur (2007), Fragmentos de entusiasmo, poesía visual española (1964-2006) Ayuntamiento de Guadalajara (2007), Esencial Visual, Instituto Cervantes de Fez, Marruecos (2008), etc. Por otro lado, ha participado en numerosas exposiciones colectivas con sus poemas visuales; además, ha realizado exposiciones en solitario: “Letras transformistas”, poemas visuales y collages, junio 2003, Centre Cívic Drassanes (Barcelona), “Fotopoemes”, diciembre 2006, La Vaquería (Tarragona), “Proyecto Desvelos”, abril 2008, Sala Valentina (Barcelona) y “Poemes i objectes”, octubre 2008, Ateneu Igualada (Igualada, Barcelona).
Su blog http://visualpoetry.blog.com