OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Epílogo del vértigo

 

Juan Carlos Mestre

Vive la vida en cuanto sobra de la muerte, y en esa amistad, hecha con la materia de las coincidencias de los que respiran al unísono el aire usado de las semejanzas, se reitera el pacto secreto con alguna de las conductas de lo invisible.  Es la biblioteca del oxígeno en que las mismas manos pasan con análogo fervor las páginas sobre las que aún brillan las remotas estrellas que contempló Shakespeare, perciben el aroma de las rosas que cuidó Virgilio, oyen a los inmortales pájaros de la oscuridad que imaginaría Homero. Así viven la vida quienes han hecho de la vida un acto de creencia, el desafío de cuantos asumen el encargo de las palabras como reconciliación frente a lo que dura, como regreso a la casa primordial donde las categorías de lo bello son los actos familiares de un equilibrio entre la memoria y lo finito. Algo de la delicadeza con que se rige el universo, algo contra lo destructible que se resiste a ser sometido a la nada.  No hay héroes abatidos sino niños invencibles en las plazas de la conciencia.  Es la dignidad súbita que adquiere el mundo cuando los hombres extraviados por lo erróneo del tiempo fijan su vértigo con las piedras blancas latinas, con las vocales gemelas de otra luz sagrada. Y no se pone el sol, y la repoblación espiritual del mundo, el dibujo inmóvil de su rueda en los espejos del cráneo, se torna mandato de la poesía, la gran tarea, el ascua mínima y misteriosa de los antepasados del porvenir. Es esa sabiduría el habla de este libro, de este codicilo en que Luis Alberto de Cuenca y Luis Arencibia dejan dispuestas las cláusulas de lo hermoso para cuando el tiempo de lo objetivo ponga término a los ritos de las fábulas.

Un libro habría de enseñar el camino a los errantes; un libro de poemas debería mostrar también la ruta de regreso a quienes habiendo llegado a la patria eterna siguen despiertos en la rebelión contra la amargura, la decepción y la soledad de su llanto. Hay esperanza en la voluntad del viento que recorre estás páginas, hay epifanía de cuanto sobrevive al tiempo dador de la experiencia.  El poeta reconstruye el Amor, prolonga la espera de lo difícil, restituye lo hurtado a la mano que protege el corazón sobre el sarcófago fenicio. En verdad que este libro ha llegado a nosotros desde la tempestad y lo lejano, desde la profecía de aquellos que mirando su muerte han sido el centinela de la inminencia de todos. Son los poemas curando la hermosa fragilidad de lo breve detrás de la puerta de la muerte, son las visiones que tras el banquete póstumo proyectan la desafiante presencia de su sombra en la cueva platónica.

Juntos, tras los sentidos de la alianza, haciendo sonar el acero inoxidable del que están hechos los sueños, el poeta que ve en la oscuridad y el dibujante que oye en el silencio, han entrado en la intimidad más antigua de la tierra, el lugar moral donde los enigmas de la muerte resuelven en paradójica justicia la altiva aspiración del más grande de los reyes y la del afable camarero de los barrios pobres. La muerte y su granada en flor entre el árbol del paraíso de lo otro, la dueña de las diosas blancas que tiñen junto a los afluentes bautismales de Heráclito los ocelos de las mariposas del Génesis. Porque no hay derrota en el ojo que mira lo que ama el escorpión, hay una columna griega sosteniendo el cielo por el que va descalza Helena raptada por lo únicamente perdurable de su propio mito: la Realidad, vecina de la primavera, del deseo y la noche… Como las nubes, como las naves, como las sombras.

Pasan las glorias pisando la nieve con botas de cazador, pasan los intermediarios de la salvación con sus mantos deshilachados por las afueras de la razón.  Pasan página a página por la cripta de grafito de este libro de horas los símbolos con el préstamo de lo simbolizado. Pasa la muerte, la mitra bizantina y la doncella de Carabanchel, pasa  la muchacha de Aquiles y el príncipe de la corneja, pasan los amantes carbonizados por el resplandor de lo efímero, la estirpe de los domadores de caballos y la caravana azul de los sueños jóvenes. No hay infierno para los que estrechamente vigilados por la locura ciñen con su abrazo de lumbre la pasión de estás páginas. Son los enamorados en los manicomios llenos de música, son los bienaventurados perdidos en el laberinto de sus propios cuerpos. Es la belleza pútrida de los niños salvajes huyendo de su premonición de ceniza por la pradera de las metamorfosis del ensombrecido invierno.

Trazan los lápices la raya de cuanto desemboca en las nubes, anotan las cifras, dibujan el aura de la salvación sobre las flores que se marchitan. Habla el idioma de las flores de su semejanza con las chicas de Shakespeare acodadas en los reclinatorios rojos de la comedia. Hay un ruido de mediodía en las calaveras, un intolerable apetito de almas en la incertidumbre de la gran banquera de la fatalidad. Pero hay también un rumor de abejas en los colmenares del tobillo, un murmullo de tropas en las rodillas, un jeroglífico de colibríes de Citerea libando el cuenco vivo del corazón. Cosas menudas más allá del Leteo que hacen felices a los que van al cine, se amparan bajo la aurora boreal, comen pensamiento y minotauro. Viven aquí durmiendo, sobre el cáñamo y las estructuras sonámbulas de la imaginación.  Han detenido con la voluntad de su amoroso recuerdo las clepsidras con hidrógeno del río de los muertos. Son oxígeno al margen de la profanación, lo anterior a la hendidura del miedo. Y hablan, dicen madre, estrella polar, isla del tesoro, dicen urna y ruiseñor, dicen Sócrates.

Rueda la moneda magnética de este libro por la juventud de los suburbios donde tiene sed el cazador de lobos. No hay puertas para el bien, ni hay puertas para el mal, pero existe el bien y existe el mal que abre y cierra todas las puertas. Así, el que abre un libro y entra en la casa solo habitada por la búsqueda encuentra el amor y encuentra la discordia con lo ya presentido. Ahí está, sentada en el palco de Eros, derrocada sobre el lecho de Hécuba, la genealogía de la belleza convertida en absoluto, hecha cuerpo y tempestad, fruto de la armonía nacido para la muerte.

Deja que me quede aquí dice la vida, déjame permanecer dice la voz sin boca que habla en este libro desde la patria de la memoria. Es tiempo de recordar, pero es tiempo también de  ampliar los círculos de la pertenencia al destino de lo soñado más allá del tiempo. Palabra a palabra, dibujo a dibujo, el poeta lee la ilustración crítica de la ternura en el diccionario de las estrellas, y el artista, dibujante de los mapas que llevan las sombras en el pecho, hace visible la intención de las oraciones que no serán escuchadas por ningún dios.

Es el viaje, el viaje sin nombre de los muchos nombres que no habitarán los secretos párrafos del silencio, sino la estancia de la adormidera y la reencarnación primera de los amantes. Es la conversación entre el amor y la muerte, hermanos gemelos de la plenitud.

Luis Alberto de Cuenca, ethos de lo misericordioso contra las heridas de Atenas,  reestablece sobre la escatología de lo trágico que contamina con su idea de fracaso la ventura de los cuerpos de gozo, el elogio de una memoria de placer que trasciende y resiste la historia inmediata. Luis Arencibia, visionario entre los disturbios de la imaginación, inevitable en su identidad con la facción egipcia de Amón, el oculto, padre de todos los vientos, señor de los oasis, asume en tinta el paralelismo del mago. Ambos, en la dualidad de lo complementario, miden el peso de la muerte con el peso de una pluma, esa poética de lo suficiente y lo bello que ante la justa medida del enigma resuelve siempre lo indescifrable.

Qué puede importar ahora que tras toda esta seducción del artista y el poeta se desvanezcan las suposiciones de este epílogo. La hora ya está cumplida, pero tras el beso de la noche con el que se podrían comprar otros mil días para la leyenda de la eternidad, el artista, el arquitecto de la fuente de agua, deja caer el velo que ha levantado de la tierra para mostrarnos el rostro de la infancia de la filosofía, el temor a la muerte, los oficios de tal incógnita sabiduría sin otra recompensa que su miedo. Y ahí, detrás de este pasado que ya es futuro, la voz del único don que sobrevive al terminar un libro, la extrema verdad contra la muerte de este libro: “…una chica besando, con el ruido y la furia de la vida, a un muchacho”.


Juan Carlos Mestre

(Villafranca del Bierzo, León, 1957), es autor de los poemarios Siete poemas escritos junto a la lluvia (1982), La visita de Safo (1983), Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonais, 1985), Las páginas del fuego (1987), La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992) y La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, 1999), libro escrito durante su estancia como becario de la Academia de España en Roma. Su obra poética entre 1982 y 2007 ha sido recogida en la antología Las estrellas para quien las trabaja (2007). La Casa Roja (2008), es su último libro publicado hasta la fecha. En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, EE.UU., Europa y Latinoamérica. Su colaboración con otros creadores y músicos como Amancio Prada, Hugo Westerdahl o Luis Delgado, ha sido recogida en varias grabaciones discográficas.

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Luis Alberto de Cuenca - Retrato

Fernando Vicente

Sumario

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Política y religión en Cuba a inicios del siglo XXI

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Cuando ya no importe, porque es eterno

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Cuba 2009:Reflexiones en torno a los 50 años de la Revolución de Castro

Cuba 2009 - Reflexiones iniciales

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Percepción cambiante de la (r)evolución cubana

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La Revolución Cubana explicada a los taxistas (fragmentos)

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¿Literatura o revolución? Julio Cortázar y Alejo Carpentier ante la revolución cubana

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Cuba: de la reconversión comercial al nacimiento de la fuga

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La diáspora cubana desde una perspectiva transnacional

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La Nueva Administración en EE.UU., posibilidades de cambio de su política hacia Cuba

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Luis Alberto de Cuenca

Otros miran

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con Roberto Ampuero

“Hay distintas formas de ser latinoamericano”

con Jorge Majfud

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La literatura de tema lésbico escrita por mujeres

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“La fama literaria casi no es fama”

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Ahogado

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Hambre de forma (Antología poética bilingüe)

Haroldo de Campos

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Tigre Manjatan

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