

En España se combina la escasez de conocimientos con la obsesión por simularlos. El simulador de cultura, por naturaleza inseguro en su calidad de impostor, emplea como arma el menosprecio hacia aquello que ignora. Especialmente si es nuevo y no ha sido aún bendecido por los oligarcas. O si, como en los viejos tiempos inquisitoriales, existe alguna sospecha de desviación de la heterodoxia en su genealogía, de impureza en su sangre que la aleje de la cultura oficial. Así pues, los medios, las instituciones, la mayor parte de los intelectuales consagrados, actúan frente a lo nuevo o distinto siempre de manera uniforme: originalmente con prepotencia y desprecio, más tarde con condescendencia y una mínima atención más bien antropológica.
Cuento todo esto para poner el perspectiva cuál ha sido, en comparación con ese escenario, el rol que Luis Alberto de Cuenca ha jugado para los lectores y estudiosos de la literatura fantástica en España. Digamos que su apoyo, su disponibilidad, su obra crítica, han contribuido decisivamente a que nos diéramos cuenta de que, en efecto, no estamos locos: que es posible que llevemos razón al considerar que buena parte de la mejor literatura mundial –por hablar del siglo XX, de Lord Dunsany a George R.R. Martin, pasando por H.P. Lovecraft, J.R.R. Tolkien, Robert E. Howard, Philip K. Dick, Stanislaw Lem o Andrzej Sapkowski- se haya escrito dentro de nuestro modesto y olvidado feudo.
Las reseñas de Luis Alberto en El Cultural son, junto con las más ocasionales de Fernando Savater en Babelia, las únicas que tratan a la literatura fantástica de una manera ponderada y experta en los medios generales españoles, colocando en su contexto a las obras y valorándolas por sus propios méritos, con conocimiento y sin prejuicio. Igualmente, ha defendido en otros medios –radio, televisión…- libros de nuestros géneros.
En su faceta pública, Luis Alberto tuvo ocasión de albergar en la Biblioteca Nacional una histórica exposición de cómics –otro de sus reconocidos amores-, y aunque no hubo ocasión de organizar un acto similar para la literatura fantástica, tuvo la amabilidad de inaugurar el congreso nacional de 2003 –HispaCon- organizado en Getafe, en calidad de secretario de Estado de Cultura. Por comparar, los alcaldes de la mayor parte de las localidades en que se organiza anualmente esta cita no se toman la molestia de asistir a los actos de apertura, no vaya a ser que les confundan con un asistente –a la de Getafe, ni tan siquiera acudió la concejal de Cultura-; la clave está, precisamente, en cuán por encima de esos prejuicios se encuentra Luis Alberto.
Pero mucho más allá de estas acciones visibles y “oficiales”, su apoyo se ha plasmado en incontables prólogos, en la presencia en innumerables actos, y sobre todo, en horas de conversación sobre placeres comunes con escritores y críticos que, como yo, hemos encontrado en sus palabras y sus gustos ese espejo reafirmante de los nuestros del que más arriba escribía. En una ocasión, pasamos largo rato ante un café charlando sobre la obra de Robert Silverberg, seguramente el mejor escritor de ciencia ficción que usted, que me está leyendo, no conoce. Por sus temáticas demasiado obviamente “de género”, la obra de Silverberg, un prosista excelente dotado de una imaginación portentosa, ha pasado inadvertida a casi cualquiera: las portadas chillonas y las ediciones baratas han hecho el resto en su contra para el lector medio español. Pero Luis Alberto le sigue, compartió con nosotros su decepción por el trabajo más reciente del escritor neoyorquino, y evocó las magníficas páginas que escribiera en los sesenta y los setenta.
Todo esto, en el fondo, es demasiado personal. Porque tal vez debería extenderme más en su labor editora y creativa. Los excelentes trabajos de recuperación de clásicos como los Cuentos Jeroglíficos de Walpole, El diablo enamorado de Cazotte, o los relatos Villiers de l'Isle-Adam; las reflexiones capitales plasmadas en El héroe y sus máscaras y Baldosas amarillas, entroncando la tradición fantástica mundial con la obra especializada contemporánea; o las piezas que salpican sus poemarios tocando, como si tal cosa, el universo de Star Wars o el de los Mitos de Cthulhu.
La única conclusión posible es que hablamos de un imprescindible, por supuesto, también para nuestra parcela. Ojalá se convierta igualmente en un ejemplo. Sobre todo, de que la literatura es antes que nada placer y disfrute, sueños y vitalidad, nunca un pedestal sobre el que alzarse para prejuzgar a lo no convencional, lo sorprendente, lo distinto.
(1968) es periodista y trabaja actualmente en el diario económico Cinco Días, además de colaborar con medios como El País o XLSemanal. En el campo de la literatura ciencia ficción, dirigió la revista Gigamesh durante siete años -1994-2001-, y co-seleccionó las antologías Artifex durante ocho -1998-2006-, además de crear en 1992 las antologías Visiones y coordinar varios libros como ensayista y antólogo. Mantiene en la actualidad la web Literatura Prospectiva. Está casado, tiene una hija y vive a caballo entre Getafe y la comarca abulense de la Alta Moraña.