

T.S. Eliot mezcla ajos y zafiros en un poema, la palabra coloquial y el término de tradición poética. Se trata de un ejemplo de la permeabilidad de los géneros literarios, fenómeno característico del siglo anterior en el que, como ya nos enseñara el maestro Bousoño, la poesía aprende prosaísmo y la prosa se contamina de lirismo.
Nos hallamos una vez más ante la innovación del lenguaje literario, intentando, en frase de Mallarmé, “darle un sentido más puro a las palabras de la tribu”o de ir, como quiere Barthes, a “la búsqueda del sentido inalienable de las cosas”.
En nuestra literatura, la trayectoria puede rastrearse en el primer tercio del siglo XX -Salinas introduce “teléfono” y “pitillera” en sus poemas, Vallejo habla de dolor en la carnicería-, más tarde los llamados poetas sociales enfatizan la retórica prosaica, ocasionando la reacción de la llamada “generación de los 60” (Gil de Biedma, Rodríguez, Brines, Caballero Bonald…) y, sobre todo, de los poetas novísimos, quienes, en nombre de una estética rupturista que considera ante todo la autonomía del poema (Castellet dixit), postulan un canon eminentemente culturalista en el que, sin embargo, el ruido de la vida se hace presente a través de la utilización de los mass media: cine, comics, canciones populares…, que ejercen una fuerte influencia sobre su poesía y la de autores posteriores, ya sean continuadores o disidentes de ese canon.
Luis Alberto de Cuenca, postnovísimo o novísimo de 2ª generación, si se prefiere, ha sido consciente de ese culturalismo que, con matices importantes, atraviesa toda su trayectoria poética: “No nos apetecía escribir nada que no tuviera unos orígenes culturales librescos”, ha declarado a manera de palinodia.
Naturalmente, este tributo a la postmodernidad es más patente en sus dos primeros libros Elsinore (l972) y Scholia (1978), donde las referencias librescas se mezclan con los mitos mediáticos:
“Antes leíamos novelas bizantinas, escuchábamos discos,
(...)
Pero las ninfas de las fuentes, los elfos, los dragones,
Mae West y Miriam Hopkins compensaban la pérdida.
Hacer versos, nadar, dar de comer a un pájaro,
ejercer de sportwoman como Diana Palmer.”
(De “La chica de las mil caras”, En Elsinore).
“Pero su pecho es una flauta, un bebop de azucenas, un
laberinto de marfil, una película de Flash Gordon.”
(De” L.W.J.”, en Elsinore).
Los ejemplos pueden multiplicarse, léase, en fin, como ejemplo concluyente el poema “De y por Manuel Machado”, contenido en Scholia y donde estos versos, anticipan la síntesis de literatura y vida, ese ensamblaje tan logrado de sus libros posteriores:
“Mientras me asaltan todos estos fantasmas eruditos, los
automóviles siguen murmurando a mi alrededor.”
A partir de La caja de plata (1985), según indica García Posada, su poética experimenta una rectificación. Es cierto que no se abandonan las referencias culturales: de espectro muy amplio, pues abarcan el cine -véase la sección “Carteles de cine”, de La vida en llamas (2006)-, las soleares, el ubi sunt?, el haiku, los tebeos o la utilización del eneasílabo y el soneto alejandrino, metros preferidos de los modernistas, pero ahora todas ellas coexisten con una aparente sencillez, lograda fundamentalmente por el humor, la narratividad (algunos de sus poemas son microrrelatos de serie negra) y una cierta angustia glamourosa, de buen tono, en la que no está ausente la metrópolis madrileña.
De esta forma se consigue que el yo poético se funda sin estridencias con la vida, y que la literatura -tan importante como la propia vivencia- sea sustancia de ese itinerario vital; así, en el poema “Endecasílabos” de Sin miedo ni esperanza (2oo2), tras una larga enumeración de tono borgesiano, nos recuerda que esos versos, frutos de sus experiencias:
“Me han hecho compañía tantos años
que no puedo vivir sin su consuelo.”
También la composición de la lírica tradicional “No me las enseñes más”, ilustra una descripción de una parte de la anatomía de la amada; literatura y vida por doquier (“y era el Santo Grial una simple metáfora/ de tu cuerpo divino.”), porque “Cuando a uno lo invaden las luces y las sombras/del Quijote, no hay duda de que hay vida allí dentro”.
Luis Alberto de Cuenca logra así una poesía elegante, vitalista y culta, rigurosa, sentimental sin estridencias, autoparódica y nostálgica, a veces; lejos de los excesos culturalistas de su primera etapa, poesía que logra acercarse al ideal de ese autor que, con palabras de Cortázar, “todo lo quiso leer, todo lo quiso abrazar”.
(Madrid, 1952). Profesor titular de Literatura Española en la Facultad de Educación de la UCM. Director del Seminario de Postgrado de Novela y Teatro en la Universidad para Mayores de la UCM. Ha impartido cursos y conferencias sobre Literatura Española y Europea. Entre sus líneas de investigación destacan la literatura medieval y la contemporánea. Principales publicaciones: Edición de la Danza General de la Muerte (Indec. Madrid, 1982), Una tarde lenta. Antología de relatos de Francisco García Pavón (Edhasa. Barcelona, 1991), Madrid para escolares. El barrio del parnaso (Universidad Complutense de Madrid, 1991.Premio de Investigación Pablo Montesino, 1990), coordinador del libro Estudios de Filología y su didáctica II (Publicaciones Pablo Montesino. Madrid, 1993), edición de El rayo de Pedro Muñoz Seca y Juan López Nuñez (Ayuntamiento de Navas de San Juan. Jaén, 2000).