

Lo que a mi modo de ver define el grueso de obra poética y ensayística de Luis Alberto de Cuenca es la errancia; en su caso, trasunto de su personalidad. Desde sus inicios, los que en aquella época éramos adolescentes, percibíamos en sus versos algo que no sabíamos nombrar, aquello que se llamó transculturalismo, y que para mí continúa siendo un nomadismo estético que, en el caso de Cuenca, te conduce sin brusquedad de estancia en estancia, aún cuando en apariencia fueran estancas. Ausencia de brusquedad, no obstante radical en su nomadismo estético, circular, profundo y juguetón, lo que lo aleja de la poesía moderna, esa que siempre anda a la caza de raíces profundas y teleologías. Cuenca fue uno de los primeros poetas en construir un estilo posmodernista en la poesía española. Eso es algo que le debemos. Visión, actitud. El cine, el cómic, la música pop y los grandes clásicos literarios son sus fuentes, vertidas en el poema con una contundencia absolutamente sincera; no hay impostación; si acaso fatalismo: no podría escribir de otra forma. Su “línea clara” propone un paso por todos esos territorios a la luz del día, como si todos ellos fueran desiertos, mares en calma en los que de repente algo se embosca, se oscurece, y hay que bucear, bajar a alguna profundidad a rescatar sabe Dios qué incógnita, y regresar después a cielo abierto, de desierto en desierto, de línea clara en línea clara. Ese modo tan warholiano de manejar el camuflaje, la ironía y el paisaje sentimental.
Esta errancia entre la baja y alta cultura, concretadas en la cultura de masas norteamericana y la cultura clásica europea, hábito tan del posmodernismo de los años 80, tiene una continuación en el actual posmodernismo tardío; lo prefigura. Las artes visuales, a fecha de hoy, vienen definidas por esa enrancia y nomadismo cultural. No es tanto bajar a las profundidades de un mismo, como saber integrar en uno mismo lo que la globalidad ofrece, a fin de autoinventarse. Recientemente, la Tate Britain, Londres, ha dedicado su Cuarta Trienal, titulada Altermodern, a lo que su curador, Nicolas Bourriaud, ha denominado altermodernidad: la posmodernidad clásica toca a su fin, y la posmodernidad tardía convoca fusiones de territorios planetarios y personales en cada obra. Artistas sin una identidad prefijada que absorben influencias de todos los estilos y todas las épocas. No hay raíces comunes. Cada cual inventa su raíz a partir de un territorio global, y además es cambiante. Salvando las distancias generacionales y temporales, de Cuenca creó así su identidad como escritor: no hay tiempo ni espacio que se le opongan, todo es reciclable, en todo hay algo digno no sólo de contar, sino -y aquí radica su importancia- de igualar. Homero se disfraza de Tintin para ir a comunicarle a Shakespeare que después de él aún hay vida. Y tanto que la hay. Cuenca es una singularidad, extrañeza a la que todo escritor debería aspirar. Eso, además de muy saludable, es uno los atributos de la inteligencia.
(La Coruña, 1967) es licenciado en Ciencias Físicas. En el año 2000 acuña el término Poesía Pospoética —conexiones entre la literatura y las ciencias—, cuya propuesta ha quedado reflejada en los poemarios Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (2004) y el poemario-performance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005). En 2007 fue galardonado con el Premio Ciudad de Burgos de Poesía por su libro Carne de Píxel. Su libro, Postpoesía, hacia un nuevo paradigma, ha sido finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009. En el 2006 publica su primera novela, Nocilla Dream (traducida a varios idiomas), que fue seleccionada por la revista Quimera como la mejor novela del año y por El Cultural de El Mundo como una de las diez mejores. Crítica y público han coincidido en el deslumbramiento que está suponiendo este Proyecto Nocilla para las letras españolas, del que Nocilla Experience (elegida mejor libro del año por Miradas2, TVE y Premio Pop-Eye 2009 a la mejor novela del año, incluido en los Premios de La Música y La Creación Independiente) constituye la segunda entrega de la trilogía, y que concluirá con Nocilla Lab.