

El hombre que se mira a los ojos y los ve extraños.
El que se agazapa dentro de mí mismo para intentar
no verse. El que está fuera y busca al que está dentro.
El que vive simultáneamente en las dos arenas opuestas
del reloj. El sepulturero y el sepultado. El que vive,
sin mí, su propia muerte pero al que sólo la mía ha de
matar. El que se queda allí y el que camina mientras
le da la espalda al que se queda y el que se escapa
por el hueco que dejo detrás de cada paso. La distancia
que se mete entre la vida y yo. Lo que me obliga a seguir
siendo mi otro mismo. El que aprieta los nudos en mi
espalda. El que deja de ser para volver a mí y no se
encuentra. La ausencia que me colma. El extraño que
vive en mí y no me necesita. Quien no os necesita.
El que con una línea todo lo divide. El que con una línea
lo une todo. La deuda del pasado. El fósil, la cáscara de
un hombre, la de todos los hombres, el vacío que la nombra.
Una piel de culebra abandonada. La culebra que araña contra
el suelo su piel nueva. Soy sólo vida, espacio, espacio que
me ignora. El que a fuerza de jugar consigo mismo ganó por
fin el miedo a encontrarse o perderse. La única víctima del
juego. Soy el que va a morirse con los ojos abiertos.
Comentario:
En el año 1984 encontré un libro que a pesar de su título, “Necrofilia”, me llenó de una extraña luz. Recorrí una y otra vez sus pasadizos. Su luminosidad se hizo reverso de mis sombras. Un poema, sobre todos los demás, empezó a rebotar entre los contraluces de mi cerebro: “Cómo te defiendes de mí”. Ese poema de Luis Alberto de Cuenca, significó para mí la revelación del concepto de distanciamiento, de otredad, que muchos años más tarde acabaría plasmando en “Hay un ciego bailando en el andén”.
El que escribe trata siempre de abrir alguna puerta en el que lee, pero muy raras veces la puerta del lector gira en los mismos goznes que el poeta ha propuesto. Aunque la puerta, el hueco que se abre, siempre le pertenece a quien lo ha escrito. No sabía Luis Alberto de Cuenca que el hueco que mostraba ante mí su poema iba a dar al pasillo de mi propia extrañeza; al de mi extrañamiento. Ni que esa distancia que empieza a nacer desde la ausencia no importa de quien venga ni a quien vaya. El camino es camino aunque empiece y termine en uno mismo.
Tampoco sabía Luis Alberto, a quien todavía no conocía, que había decidido iniciar mi libro “Hay un ciego bailando en el andén” reproduciendo íntegramente ese poema: “Cómo te defiendes de mí…” Al final, por razones que no vienen al caso, opté por una cita de Ricardo Reis: “Sea mi ser idéntico a sí mismo”, pero esos versos de Luis Alberto de Cuenca siguieron golpeándome. El libro al que pertenece el poema que se publica aquí vuelve sobre el mismo asunto del extrañamiento, tan enraizado en mí. En realidad el poema es un amasijo de versos desperdigados a lo largo de “Hay un ciego…” que viene a reconocer que aquel libro no estaba concluido y necesitaba un desarrollo posterior. Por eso cuando empecé a escribirlo decidí saldar esa antigua cuenta que tenía con Luis Alberto. Después de muchos años mi libro “Una piel de culebra”, ya casi concluido, comienza con estos versos suyos:
Cómo te defiendes de mí.
Cómo resistes,
desde la torre de la ausencia,
agitando el pañuelo para siempre,
sin forma ni color,
humo tan sólo,
aérea y rígida en tu nube,
diciendo adiós al mundo y a mis brazos,
muerta y levísima.
Cómo te defiendes de mí.
Cómo, al fin, me derrotas
y me sepultas, también a mí,
en la tumba sin flores del olvido,
donde mis huesos no conozcan
la senda de tu cobardía.
(Gijón, España) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Oviedo. Desde 1985 reside en Madrid, donde ha desarrollado su actividad profesional como Gestor Cultural y Director de Espacios Escénicos. Como Director de Producción y Director de Escena ha realizado numerosos montajes de ópera y zarzuela. Ha sido colaborador literario del Diario El Mundo, miembro fundador y del Consejo Editorial de la Revista Número de Víctimas; Responsable del Área de Poesía de la Revista “La Cultura de Madrid”, y colaborador de otras muchas publicaciones literarias hasta el año 2004. También ha sido asesor literario en la revisión de libretos de ópera y zarzuela. Miembro de la SGAE desde 1987, ha escrito letras de canciones para importantes músicos españoles. Autor de varios poemarios y plaquettes, su título más reciente es La escoria de los días (Madrid, 2009).