

(Encontré el poema en Florilegium, antología de poesía última española -así rezaba el subtítulo- publicada por Espasa Calpe en 1982. Un libro que se convirtió en mito en nuestras manos, las de la gente de mi edad, para los que supuso el primer contacto con la poesía realmente contemporánea, la primera mirada al paisaje al que pretendíamos salir.)
Ocurre a veces en el transcurso de una noche calurosa. Alguien abre los ojos y sabe que no logrará dormir de nuevo. Escucha su respiración y la circulación de su sangre. Siente algo en los ojos que no es dolor y que le ayuda a ver a través de la oscuridad imperfecta. Siente también la serosidad del sudor seco en la piel, la torsión de las articulaciones, la reverberación del último sonido de su sueño.
Sale al balcón y enciende un cigarrillo. Su sabor es extraño, dulce y lento. Le cuesta reconocer su calle, más que por la luz dura de las farolas, casi opaca, como un resto inapropiado de un invierno que no recuerda, por la sinuosidad de la penumbra a su alrededor, su tacto de agua marina, cada uno de sus inexactos tonos. Nada piensa, salvo en como necesita el aire que no le falta, en el agridulce volumen abierto sobre la mesa del comedor y de cuya lectura nada recuerda.
En el edificio frente a él, dos pisos por debajo del suyo, queda una ventana con la luz encendida. Desde su posición alcanza a ver un sofá destartalado y una bandeja en el suelo con restos de la cena. Entra en el recuadro una muchacha pelirroja, tenue, vestida tan sólo con una camisa, que coge de la bandeja un cigarrillo, lo enciende y responde a una llamada desde el interior con una risa como un trago de ron caliente. Al desaparecer del cuadro la muchacha, casi pueden verse las gotas de un perfume en el que están su tabaco, sus rodillas carnosas, una carpeta en la que guarda apuntes de derecho mercantil o postales recibidas desde el hemisferio Sur.
Al desaparecer, la muchacha ha dejado también el bullicio lejano de la ciudad a esa hora: una conversación oculta e ininteligible, un coche que se detiene justo a la vuelta de la esquina, un cierre metálico que cae o es alzado, el despertador de quien ha de emprender viaje, la palabra Buñuel desde una radio que alguien ha olvidado encendida en un patio.
Tras él, en el suelo de la cocina, brillan alfileres caídos de un costurero; del perchero de la entrada cuelga un bastón que ya estaba allí cuando entró a vivir en la casa; en un cajón permanece el tebeo que lee todas las noches en secreto.
Falta mucho para el amanecer. Hay un poema que tiene razón: el pecho de una muchacha es un be-bop, una película de Flash Gordon.
La muchacha puede ser tres letras que no la nombran, y tal vez esa casa a oscuras.
(Al cabo de treinta años, el paisaje, no sin romanticismo, ha sido desmantelado por el tiempo. No los poetas allí reunidos, que mantienen, casi todos ellos, la pujanza con la que asaltaron aquellas páginas. Obviamente, el tiempo, el viejo y querido enemigo, se ha cebado conmigo. Allí quedaron los poemas que no escribí por aquel entonces. Hoy apenas me atrevo a imaginarlos, del mismo modo en que cambio de acera cuando presiento que la mujer que se acerca pudiera ser una de aquellas muchachas a las que tan torpe y maravillosamente me declaré.)
(Madrid, 1965) Licenciado en filología hispánica. Libros de poesía: Fotografía junto al pecio (1991), Hoteles (1995), Cuartel de invierno (1999), Salvoconductos (2006), Introducción, notas y traducción de los sonetos de Etiènne de la Boetie para los Ensayos de Michel de Montaigne (2004).