

Las cosas ya no son lo que eran.
Entonces, el poeta trabajaba el lenguaje como si de piedra se tratara, igual que quien curte la obsidiana y le va dando forma de permanencia.
Ahora, el poeta ya no es un dios, sino un pequeño Peter Pan, y busca la eterna relación con lo que vive. El día a día, las calles, el bar de la esquina, los portales y la mujer que sube la escalera sobre un tacón de escándalo.
Y si de algo sabe el poeta, es de los finales, de los cierres, del ojal que paraliza a un botón, de aterrizajes: el último verso.
Entonces, se decía que el primer verso lo daban los dioses.
A Luis Alberto de Cuenca, los dioses le han dado siempre el último.
Decir la última frase, pronunciar las palabras de una despedida, esas palabras que se quedarán colgando en la memoria, viviendo en el aire de una línea telefónica, o montadas en el humo de un cigarrillo apagado hace un silencio. Escribir las palabras que cerrarán una página y permanecerán impresas tras los párpados de un triste lector, o de un labio enmudecido.
El poeta vive al borde del abismo, al límite del abandono, a punto de ironizar con su herida más tibia y más profunda. Descubrió, hace ya tiempo, que el humor es la manera más inteligente de sobrevivir, que el humor lleva al amor, pues la risa conduce con precaución y segura. Desde el principio conoce la cultura y sabe que la cultura no es sólo lo muerto. La cultura de cada uno se va creando con los compañeros inseparables de este viaje. Y al poeta le acompañan cómics, películas, los mitos de sus días.
Seducir, ser víctima de lo sensual. Vivir de la belleza a caballo entre el reino del endecasílabo y el barrio del alejandrino, el barrio más alto de cualquier ciudad. Ser un seductor en Madrid, nostálgico de movidas y de bibliotecas.
Entonces, todo se cantaba. Se tañía la lira y se rimaba el sueño con los dioses.
Y porque ya nada es lo que era, Luis Alberto de Cuenca, el poeta, el seductor, el conocedor de rimas y artimañas, nos muestra el paso de los días y los trenes, como ese amigo cercano con quien compartimos heridas marchitadas entre el vaho de los hielos y el alcohol.
Ese amigo que habla el lenguaje de nubes y de estrellas.
(Madrid, 1968) Ha publicado los libros de poesía: Los amores de los días equivocados. Álbum de fotos. Los enemigos del alma (trilogía.) Naranjas robadas. Estado de noria. De la noche a la noche. La Deuda. Ha recibido los premios: Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid, Voces de Chamamé, Ciudad de Miranda, Marina Romero. Está incluida en varias antologías, tanto de su obra poética, como con pequeños ensayos sobre poesía. Ha estrenado en teatro: Coches: robo y lunas. Grita: Tengo sida! Blop (teatro para bebés) y una versión del Auto sacramental de Calderón de la Barca La Paz Universal o El lirio y la azucena. También ha colaborado como asistente en diferentes dramaturgias.