

Se adentró en la poesía por la senda del culturalismo, embrujado por las huellas de Borges. No podía ser de otra manera, ya que los libros le cerraron la puerta de los vivos hasta que aprobó las oposiciones y cuando vino a asomarse ya era incapaz de ver las cosas si no era a través del tamiz de sus estudios. Sin embargo había en su erudición un ingrediente del que carecía el maestro porteño, el amor por los cómics. La polvorienta sabiduría, la gravidez legendaria, el tono sentencioso del venerable ciego, se teñían en manos de Luis Alberto de una mueca de desenfado, de una chispa de ironía, de una engañosa desvergüenza.
Todo lo que ha tocado desde entonces contiene esos guiños en mayor o menor medida. Hay personajes que ya son tan emblemáticos que le envuelven como una segunda piel cuando aparece su nombre en la portada de un libro. Ahí están Mi monstruo favorito, La malcasada o El desayuno, por citar tres ejemplos de todos conocidos. La voz de sus poemas disfruta disfrazándose. Pero siempre, al trasluz, se le adivina a él. Le gusta el papel de amante despechado, de los que ofrecen la bola del mundo a la doncella (que suele tener los ojos de alguna actriz bellísima, perdida en los rollos del Mar Muerto).
Entre sus personajes, el que a mí más me fascina, es precisamente el de la muerte. Esa muerte de mentirijillas que amenazan infligirse los amantes si la amada no regresa de inmediato, el que sufren las adolescentes, que se van despedazando en un sendero cruento para luego despertarse tan frescas de la mala noche. La muerte de las historietas gráficas, la de volver en el poema siguiente o en el verso siguiente tan enteros como si no hubiera pasado nada. Mentiras que esconden verdades, cuentos que parecen para niños y que son para adultos atentos, como el de La princesa y el dragón.
Pero en medio de esas muertes de poeta psicodélico, reside el dolor del disfrazado, que está detrás y se percibe y queda entre las manos del lector cuando termina el verso que abrocha la partida. Cuando se pone, por ejemplo, en el papel de Joker, el golden retriever que les habla a sus amos desde la tumba de hierba donde yace, y les sigue llamando amigos desde la memoria. O en La flor azul, cuando dibuja un laberinto abstruso, un mapa arrugado que conduce hasta ese vegetal mágico y con toda probabilidad inexistente, la flor azul; hasta que, en el remate, comprendemos que quien se pierde en las descripciones, y se está perdiendo para siempre, es la madre moribunda.
Acostumbro a escribir anotaciones con lápiz en la última página en blanco de los libros. A veces destaco versos o poemas o palabras que he de consultar en el diccionario. En Los mundos y los días de Luis Alberto, que devoré hace años y releo a menudo, encuentro ahora una enigmática cita en la que no había vuelto a reparar. No remite a una página, cosa infrecuente, ya que soy muy maniático. Son cuatro versos, no sé si suyos o míos. Tal vez de ambos. Me hago la ilusión de compartirlos:
Ahora que consigo distinguir
al ruiseñor, al mirlo y al jilguero,
con oírlos cantar,
me dice su canción que ya me muero.
(Albacete, 1961) es profesor de Educación Física, periodista y escritor. Ha dirigido talleres de poesía en la Universidad de Castilla-La Mancha y centros de profesores de esta comunidad. De entre los libros que ha publicado, en diversos géneros, destacan los poemarios La memoria del visionario (Visor), Adelántate a toda despedida (Pre-textos) y Cosas que apenas pasan (Hiperión). Fundó y dirige con Juanjo Jiménez la revista de artes La siesta del lobo. Mantiene una columna fija los domingos en el diario La Verdad. (http://articulosdearturotendero.blogspot.com)