

Cuando yo aún no distinguía ni de marbetes generacionales ni de la relevancia de los sujetos escribientes ni de capacidades significativas o categorías de símbolos, porque aún no estaba inmerso en este mundo; cuando empecé a introducirme en estos universos y no me interesaban tanto las escisiones poéticas ni las estéticas particulares como los hallazgos auténticos, los necesarios poetas primeros y para siempre, llegaron a mi vida poemas de Luis Alberto de Cuenca.
Y fue entonces cuando desde lejos me empezaron a llegar las hazañas de los héroes modernos. Fue cuando descubrí cuánto me gustaría haber escrito lo que el autor madrileño expresaba con tanta certeza y tanto acierto: los secretos indecibles, el nácar de la muerte, el mármol con la duda… Fue cuando reconocí que las palabras, en boca del poeta, adquirían una amplitud infinita, una emoción inédita. Así lo recuerdo ahora. Fue un año memorable. Recuerdo una gran calma, por citar dos enunciados que me acompañaron durante largo tiempo.
Me faltaban, sin duda, como todavía me faltan, experiencia vital y experiencia creadora, me quedaba un largo camino por la historia y la Antigüedad, todo aquel bagaje cultural que deducía en el filólogo y que le permitía renovar el habla común, dotarla de elegancia y precisión, hacer de cualquier término, un vocablo tan hermoso, tan reciente, tan vivo, tan puntualmente música y eterno. Sus reflexiones, insertadas en hemistiquios de adjetivos metálicos y quiasmos impactantes, me transportaban a los parajes homéricos. Su gentileza con la sintaxis y los altozanos de sus metáforas me situaban como sobre el césped nocturno de la nada. Elevación y beatitud, eso es lo que me transfería y lo que avisto.
Leía sus pasajes más narrativos y me parecían la manera más poética de contar el mundo. Repasaba aquellos armazones de perfección y ritmo, y me animaban a escribir imitando su estilo y erudición; me inspiraba en sus deslumbramientos y en su propósito, tan alto y sonoro, de edificar la voz. Eran como un diálogo de cordialidad entre arquitecturas muy ancestrales y las más actuales referencias. Un acercamiento a los orígenes del sueño, un suministro, sintagma a sintagma, de lirismo y plenitud. Poesía. Perfección.
Luis Alberto de Cuenca me ofertaba los valores y el fondo de los siglos a través de las formas más vigentes. Yo no asumía muy bien aquello de las vanguardias ni de los ismos, mas apreciaba cómo, por algún mecanismo misterioso, transfiguraba lo sublime en espontáneo y cómo lo cotidiano -los ventanales, el silencio, los gatos, el corazón- recibía un tratamiento de reliquia, una entidad fantástica. Reconocía en su discurso al hombre -ironía de carne- resignado entre el miedo a la vida y el temor a la muerte, el apego al amor y el desamor ineludible. Y poco a poco, en los inicios de mis estudios de Filología Clásica y con mi devoción fiel por su gramática, fui convirtiéndolo en un Horacio de mi época, en un Propercio presente, en un Catulo contemporáneo.
Sus libros, en las repisas a las que no dejo de acudir de cuando en cuando, ocupan el estante de ‘clásicos vivos’, junto a los volúmenes que coleccionan los nombres más grandes de la primitiva Italia y los ecos universales de Moguer y Orihuela. Ellos, revelación y emblemas, me cedieron la sed de lo tradicional, la transparencia inagotable de los mitos, los mensajes perdurables de las efigies y las realidades que me abastecen la fe a medida que voy de decepción en decepción. Repito: aquel fue un año memorable. Por siempre, para siempre; las horas transcurrían doradas y como cerbatanas dóciles con un veneno humano se hundieron en mi existencia, por siempre, para siempre, tus abismos de crucifijo, tus verbos jónicos, tus salmos biográficos.
(Bañugues, 1964) Doctor en Filología Clásica y Profesor Titular de Filología Latina en la Universidad de Oviedo. Articulista de opinión en LNE y La Voz de Asturias. Autor de títulos como: En presente (y poemas de Álbum amarillo) (Gijón, 1991), La hora de las gaviotas (Premio Hispanoamericano de Poesía JRJ, Huelva, 1992), Vengo del norte (Accésit del Premio Adonais, Madrid, 1992), Nadie responde (Accésit del Premio Esquío, El Ferrol, 1994), La muerte tiene llave (Avilés, 1996), Con los cinco sentidos (Avilés, 1999), Nada (Gijón, 2000), 34 (Poemes a imaxe del silenciu) (Oviedo, 2003), Tocata y Fuga (Oviedo, 2004), Una realidad aparte (Avilés, 2005), El poema que cayó a la mar (Infantil ilustrado, Oviedo, 2007), Chispina (Infantil ilustrado, Oviedo, 2008), Caracol (Infantil ilustrado, Oviedo, 2008), Esta luz tan breve (Poesía 1988-2008) (Oviedo, 2008), y El cantu’l tordu (Oviedo, 2009).