

Del mismo modo en que otros cultivan la buena memoria y la precisión cronológica, yo suelo cuidar -sin hacer alardes- la vaguedad de carácter histórico y la condición personal de desmemoriado. Envidio a los memoriosos que saben decir, por ejemplo: En mayo del 68 estuve en París, lo recuerdo perfectamente, arrojando adoquines a los gendarmes, en compañía de una novia pelirroja que leía a Lacan y que se perfumaba el cuerpo con un sahumerio casero de patchouli. Me encantaría pertenecer al gremio de los puntillosos que pueden apostillar: Mi primera lectura del Ulisses en inglés comenzó el 16 de agosto de 1970, en un hotel de Dublín, bebiendo una pinta de tibia cerveza negra. O a los que aprovechan la oportunidad para deslizar en la conversación una minucia erudita: Borges no pudo tomar un matecito en La Biela, durante la tarde del 22 de octubre de 1952, porque en aquel momento se hallaba, como reflejan los diarios de Bioy, las distintas biografías de Barnatán (y como sugiere una nota a pie de página en el manuscrito de El idioma de los argentinos) paseando con bastón por La Recoleta.
Yo estoy confinado en un universo de fronteras dudosas, de límites confusos: el reino del más o menos debió ser, del a ojo de buen cubero, del si la memoria no me falla, que es la excusa que solemos poner todos aquellos a quienes nos falla la memoria (entre las tantísimas cosas que nos fallan). He dado en creer que resulta mejor para la literatura de ficción, que es toda la literatura -la escritura al completo- que los hechos queden en una cierta niebla (incluso no está de más que de vez en cuando queden en la niebla de la exactitud, que es otra clase de niebla no menos enneblinada y no menos insegura, sólo que con hora, día y lugar concretos).
El episodio que quiero referir ocurrió allá por los primeros 80, en Madrid. Había ido en compañía de Felipe Benítez a hacer algo que por aquel entonces se me daba muy bien: nada de nada, nada en particular, nada de provecho, nada que no fuese no hacer nada. Por aquel entonces, la forma en que simulaba ante mi familia dedicarme a alguna actividad respetable era codirigir con varios amigos, para la Diputación de Valencia, una revista de literatura y toros que se llamaba Quites. Sacábamos un número al año, así que no podía decirse que nos matásemos a trabajar; pero quiero que conste aquí el hecho de que dedicábamos mucha energía espiritual a la preparación de cada uno de esos números.
Felipe y yo nos entregábamos por aquellos días, sin saberlo y sin proponérnoslo, a la recopilación de material para escribir una novela del realismo sucio más verista. Nos documentábamos con investigaciones de campo sobre la vida golfa de la capital. Trasnochábamos todo lo que nos permitían el cuerpo y el dinero, bebíamos mezclando con la despreocupación suicida que permite el organismo de los jóvenes y dormíamos de día en una pensión de la calle Ventura de la Vega ( y a decir verdad era un buen método de vida, porque en aquella pensión el ruido nocturno de los somieres y de los aullidos gozosos de la clientela no sólo no dejaba dormir a nadie, sino que despertaba a los muertos).
Un buen día, Felipe me anunció que quedaríamos por la tarde con Luis Alberto de Cuenca. Yo había leído a Luis Alberto, primero, en la revista que Felipe y Paco Bejarano dirigían en Jerez -Fin de Siglo-, y más tarde en los libros que Abelardo Linares publicó en Renacimiento: La caja de plata y El otro sueño. La verdad es que me sabía sus poemas de memoria: en ellos había encontrada una voz que sabía combinar la proximidad interlocutora con la precisión, la sabiduría con el desenfado, el culturalismo con la inmediatez, la intensidad sentimental con el sentido del humor.
Aquella tarde estuvimos primero en su casa de Ramón de la Cruz (de don Ramón de la Cruz, como hubiese dicho el dueño de la casa). Lo que mi memoria rescata de repente es el orden impoluto de la biblioteca de Luis Alberto. Todo estaba en perfecto estado de revista, incluidas las revistas de su colección. El orden le impresiona mucho a alguien como yo, desde todos los puntos de vista: como fenómeno azaroso que parece desmentir el caos del universo cotidiano, como milagro de la dedicación propia -porque no hay nada que cueste tanto de lograr y mantener como un poco de orden-, y como lección de cómo hay que emplear la energía para rodearse de un ámbito propicio a la felicidad, ya que siempre he tenido la sospecha de que los ordenados por fuera tienen que serlo necesariamente por dentro.
Luis Alberto me acogió como si fuésemos lo que hemos sido después, buenos amigos, y me dispensó el tratamiento de lo que todavía no era: escritor. Hay gente que tiene la virtud de la cordialidad, que posee una temperatura afectiva que te hace sentirte como en casa, estés donde estés, y Luis Alberto posee esos dones.
Nos llevó a tomar una copa a la coctelería Valmoral, que era uno de sus fondeaderos obligatorios. A la hora en que llegamos estaba casi vacía, y sumida en un cálido sopor de siesta prolongada. Me produjo la impresión de ser una mezcla de pub inglés y confortable confitería nacional, es decir, de local en el que uno puede encontrar tranquilidad durante la mayor parte de la jornada y ajetreo por la noche (como decía Faulkner de los burdeles, añadiendo que por esa razón constituían el mejor lugar para que viviera un artista). En mis recuerdos se mezclan dos nombres célebres de la clientela del establecimiento: Foxá y Alaska, la musa por entonces de la Movida. Los recuerdos son un barman extraño que propicia extrañas mezclas. Agustín de Foxá y la ex-diva pegamoide, que es algo así como beberse un cóctel de champán con foie-gras, o como llevar esmoquin con una corona de plumas de gran jefe sioux.
Yo me bebí un bull-shot, que no por ser espléndido dejaba de ser un cóctel extravagante. Me dejé aconsejar por Luis Alberto y la verdad es que no me arrepentí. El bull-shot tiene algo -no degusten aquí nada peyorativo- de complejo sopicaldo singular, porque está hecho con carne y salsa inglesa y se sirve por lo común caliente. Después de tomar un par de esos disparos de toros, cualquier mortal puede salir a pasear desnudo por las calles de Madrid, en pleno invierno, investido de una rara dignidad espiritual, y convencido de haber encontrado por fin el equilibrio místico que le hace hallarse en perfecta armonía con el mundo.
Al acabar la tarde, en una esquina del barrio de Salamanca, nos citamos durante unos minutos con Carlos García Gual, para que él y Luis Alberto hiciesen un intercambio de papeles y libros. Fue un buen remate del día, ese de conocer al gran Carlos y poder comprobar que era un ser de carne y hueso, y no un fantasma que vivía en una torre de cristal entregado a los sabrosos quehaceres de la alta especulación erudita, que era como yo me lo imaginaba, siempre con legajos entre las manos.
Después de aquella tarde inaugural, he estado con Luis Alberto en muchos sitios a lo largo de los años. Hemos leído juntos y compartido jurados y viajes: en Lisboa, en Melilla, en Barcelona, en Valencia. Ha pasado el tiempo, incluso por encima de nosotros. Pero permanecemos atrapados en aquella tarde, en aquel ámbito, con aquel mismo clima de alegría y compañerismo de juventud. Porque siempre que estoy con Luis Alberto estoy en Valmoral.
(Valencia, 1961) es uno de los principales representantes de la poesía de la experiencia, que dominó la lírica española en los años 80 y 90. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, durante sus diez años de existencia codirigió Quites, revista de literatura y toros. La obra poética de Marzal alcanza su punto de mayor éxito con la publicación de Metales pesados, poemario que tras su publicación consigue los premios Nacional de Poesía y de la Crítica. El año 2003 obtuvo el Premio Antonio Machado de Poesía y en 2004 el XVI Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe por su obra Fuera de mí. Ha debutado en la narrativa con la novela Los reinos de la casualidad (Tusquets, 2005), considerada como la mejor novela del año por el suplemento El Cultural del periódico El Mundo. Ha publicado los libros de poesía El último de la fiesta (Renacimiento, 1987), La vida de frontera (Renacimiento, 1991), Los países nocturnos (Tusquets, 1996), Metales pesados (Tusquets, 2001), Poesía a contratiempo (Maillot Amarillo, 2002), Sin porqué ni adónde (antología a cargo de Francisco Díaz de Castro; Renacimiento, 2003), Fuera de mí (XVI Premio de Poesía Fundación Loewe; Visor, 2004), El corazón perplejo (poesía completa; Tusquets, 2005).