

Vengo de pasar una semana especialmente muy dura y difícil para mí porque en ella se han quedado tres personas a las que mucho quería precisamente por sus personas y sus obras. Tres amigos que también lo han sido tuyos y que nos han dejado de manera muy triste. Me refiero a Mario Benedetti, a Rafael Conte y a José Miguel Ullán. Tres amigos muy queridos tanto por ti como por mi que hemos tenido la desgracia de que nos hayan dicho el último adiós en tan breve espacio de tiempo. Apenas una semana. Una tragedia que al mismo tiempo nos hace reflexionar sobre tantas vivencias con ellos, pero también apreciar más profundamente sobre el sentido de la amistad. Y puedo pensar que en éstos momentos muy poco me importa que nuestro amigo Mario sea de los poetas indiscutibles de la segunda mitad del siglo pasado, que Rafael haya sido el guía de la más responsable crítica literaria que se haya escrito en España en muchos años o que José Miguel fuera un intelectual sin tacha. Pero no es eso lo que más me importa en estos momentos ni creo que tampoco a ti. Lo que sí vamos a echar de menos es a tres amigos sin fisuras ni dobleces. Y eso es ahora lo único que me importa. Es muy complicado mantener una amistad durante treinta años, quizás más, y ese es el tiempo que nosotros la mantenemos y ahora sólo hay argumentos para congratularnos más y más.
Si. El tiempo ha pasado muy rápidamente pero no podemos olvidar cuando en los primeros, muy primeros años de la década del 70 comenzamos juntos a escribir nuestros primeros trabajos literarios en el desaparecido Diario Madrid, cuando tan jovencitos colaborábamos en las páginas tan acreditadas del Diario Informaciones que nos brindaba Rafael Conte o en los Cuadernos Hispanoamericanos de Félix Grande. Y cómo disfrutamos cuando un par de años después el queridísimo profesor, como le llamábamos, Antonio Prieto, nos encargó un libro. Nuestro primer libro que publicamos con tan poca diferencia de tiempo. Quizás serían semanas. Tú sobre los mitos. La necesidad del mito. Muchos son los recuerdos que se me agolpan y de todos estoy disfrutando ahora a pesar de la lejanía que ha puesto el tiempo. Tu siempre un lustro más joven y una década más documentado. Siempre el jovial maestro.
Ya habías publicado tu primer libro de poemas, Los Retratos (1971) que tanto te elogié y que aún a mi pesar siempre te has negado a incluir en tus poesías completas, en Los Mundos y los días.
Desde aquellos tiempos tan cercanos en la memoria y tan alejados en el tiempo, no he vuelto a leer Los Retratos pero sabes bien que tengo un cariño especial a este libro tuyo. Quizás por ser el primero que un amigo publicaba de poesía. Muy posiblemente, pero tampoco me parece que sea importante el motivo. Todos tenemos debilidades por ciertas cosas y sin motivo aparente, pero así es. Por motivos totalmente nebulosos para mí, que también te supongo partícipe, hasta 1996 no acabamos editando un libro tuyo en Visor. Por Fuertes y fronteras. Qué raro. Gestionamos editarlo, recuerdas, en La Habana y lo celebramos con un tremendo solomillo en un restaurante de la calle Lagasca de Madrid. Me invitaste. Nos reímos constantemente por la curiosa e inexplicable tardanza en llegar aquel momento: Luis Alberto de Cuenca en Visor.
De tu poesía ahora no te voy a decir nada, porque ni es el momento apropiado ni tengo que decirte nada que ya no sepas. Siempre he sido transparente y más aún con los amigos a los que quiero. Este escrito no es más que una mera carta evocadora de una amistad larga y profunda, consolidada con el tiempo, que bien pudiera haber unido nuestro Guerrero del Antifaz y también aflojado tu Real Madrid, pero no.
Después del fallecimiento de los tres comunes amigos, tan queridos los tres por los dos, y motivo por el que comenzaba este escrito, el mismo domingo que enterramos a José Miguel, quise releer a tu queridísimo Cicerón. Allí encontré estas líneas que transcribo “pues aunque la amistad contenga en sí grandes y múltiples ventajas, la que supera sin duda a todas es que hace brillar la nueva esperanza en el porvenir y no tolera que se debiliten los ánimos o que decaigan: el que mira a un verdadero amigo, mira, por así decir, un modelo de sí mismo. Por eso, están presentes incluso los ausentes, los pobres se vuelven ricos, se fortalecen los débiles e incluso, lo que resulta más difícil de decir, viven los muertos; tanta es la estima, el recuerdo y la añoranza que les sigue de parte de sus amigos. De ahí que la muerte de aquéllos parezca feliz y la vida de éstos, digna de encomio”.
Librero y editor. Uno de los nombres míticos de la edición en lengua hispana. www.visor-libros.com