

Este señor se dedica a la poesía pero por su cara, nadie lo diría. En estos tiempos en que la gente confunde la poesía con la falta de higiene, las greñas, las uñas sucias y los pantalones zurcidos, en estos tiempos -decía- la corbata inmaculada y el aspecto impecable están condenados a ejercer una carrera diplomática. Así nos va. Así nos luce el pelo.
En cambio, a este señor el pelo le luce mucho y bien. Se lo echa hacia atrás y lo doma con gomina, con la misma mano firme con la que amansa los endecasílabos y peina los acentos para que caigan cada uno en su sitio. Los rizos encabalgados, los ojos claros y la impasible frente parecen desempolvados del mármol, extraídos de un busto pretérito, un prócer de la patria, un caballero de antes de la guerra, de cualquier guerra.
Porque éste es el rostro mismo del clasicismo y la civilización, de quien siempre preferirá conversar a gritar, cantar a llorar, sonreír ligeramente a reír a carcajadas. Y sin embargo, la fijeza de los ojos, el mentón duro y un tanto desmesurado están pidiendo a gritos una máscara, un antifaz de superhéroe escondido detrás de un disfraz de mayordomo. ¿Cuántos tercetos le pongo, señor? ¿Un poco más de hipérbaton? ¿Está a su gusto la epopeya?
Alto, elegante, inmutable, tiene empaque de sobra para ejercer de secundario en cualquier superproducción histórica. Como le gusta permanecer en la sombra, fue Secretario de Estado, pero lo mismo podía haber sido piloto de líneas aéreas o contramaestre en funciones de almirante: cualquier oficio que requiera destreza y discreción, llevar la nave a buen puerto durante el paso de las tormentas sin que hagan falta medallas ni se note mucho el ego.
No lleva más uniforme que la corbata, y sin embargo, es un hombre al que le sentarían bien los uniformes de cualquier época y lugar salvo aquellos donde abunden los bigotes. Pudo haber sido, sucesivamente, un oficial del Afrika Korps recitando a Hölderlin entre las dunas del Sahara; un nuncio papal con una secreta afición por la ropa interior de ciertas marquesas; un caballero artúrico con un halcón al puño; un senador romano con la toga al hombro; un embajador aqueo con la armadura algo descolocada, artísticamente rebozada de sangre. Hombre, Príamo, cómo te va. Se me reprochará que el caballero artúrico o el embajador aqueo no son figuras propiamente históricas, pero es que este señor -ya lo dije- es poeta y los poetas son lo que les da la gana.
La amistad sobre todas las cosas. Amigos o enemigos, griegos o troyanos, derecha o izquierda: Aquiles, Héctor, queridos, vamos a tomar algo. Las manos firmes y suaves, de uñas recortadas y líricas, no están hechas para contar sílabas, sino para estrechar otras manos. Los dedos conectan directamente, mediante un sistema de válvulas y redecillas secretas, con el pecho ancho y homérico, una auténtica bahía de abrazos ligeramente salpicada de canas. No tiene pulgares ni índices ni anulares ni meñiques. Toda la mano es corazón.
Le hubiera gustado llevar otras vidas, ser un superhéroe azul, un caballero que rescata princesas, un detective secreto, un vampiro a dieta de muslos femeninos, un valiente guerrero griego, un pirata bien educado, el amante secreto de Alicia, con o sin gato. Y a quién no. La diferencia consiste -ya lo dije- en que este señor es poeta y por tanto puede ser todas estas cosas y algunas ya las ha sido y otras está a punto de serlo. Eso sí: como los vampiros y los superhéroes, siempre de noche.
Del libro Bellas y bestias (ed. Sloper)
(Madrid, 1966). Es considerado uno de los narradores más destacados de la actual narrativa española. Estudió Filología Hispánica en la UAM. Ha publicado, entre otros, las novelas Niños de tiza (2008), El mar en ruinas (2005), El gran silencio (2003), Nanga Parbat (1999)), los libros de cuentos Cuidado con el perro (2002), Donde no irán los navegantes (1999); el libro de viajes, La sangre y el ámbar (2006); y el poemario Londres (2003). Es colaborador habitual del diario El Mundo y guionista del programa de televisión Al filo de lo imposible.