

Si yo fuese Luis Alberto no querría ser Dragó, porque saldría perdiendo, pero siendo, como soy, Dragó, me gustaría ser Luis Alberto, porque saldría ganando.
Lo digo en serio. Pasaría yo de ser un humilde prosista que yerra (de error y de errar) por el mundo y por la literatura a ser el mejor poeta de cuantos hoy escriben en España.
Sigo hablando en serio. Nadie atribuya a hipérbole, ditirambo o tropo la contundente opinión que acabo de expresar. Luis Alberto no sólo alza la voz, sino que la sostiene, y no sólo canta, sino que, además, cuenta.
Eso es extraordinariamente difícil: bailar, sin caerse nunca, sobre el filo de la navaja barbera que sirve de hilván, cicatriz y sutura a la lírica y la épica, a Horacio y Virgilio, al haiku y la octava real, a la fantasía y el sentido común, a don Quijote y Sancho, al amor y el humor, a la sátira y la ironía, al florete y el martillazo, a la serenidad y la ebriedad, a la categoría y la anécdota…
Otros lo hicieron en el pasado, pero sólo Luis Alberto lo hace hoy. Es ubicuo. Es multicéfalo. Es centrífugo y centrípeto. Es aguja de navegar que señala a la vez todos los puntos de la rosa de los vientos. Es como esas stupas del budismo que tienen ojos en sus cuatro caras. Es poeta y veleta.
¡Qué milagro el de abrazar un libro suyo, meterse con él en la cama y sentir lo que se siente al leer un poema mientras el sol se pone y, al mismo tiempo, divertirse como divierten a los quince años las novelas!
Insisto: eso, en la España zapatera, zaragatera y hortera, que es la de hoy, nadie lo hace.
¡Ah, Luis Alberto, simultáneamente sutil e inconsútil, narrador y poeta, juglar y clérigo! ¡Doble mester el suyo, como mandan las cánones de la historia de nuestra literatura!
Y, encima, estudió clásicas, que es lo que yo estudiaría ahora si estuviese en edad de hacerlo.
Lo diré en latín macarrónico: es condición sine qua non conocer esa lengua, la latina, y no viene mal leer de corrido el griego, para escribir como Dios manda en castellano.
Le guardo gratitud a Luis Alberto porque me presta pacientes servicios de latinista y helenista. Soy capaz de consultarle muchas veces cada día, a cualquier hora, y siempre me saca del atolladero. Debería cobrarme. No lo hace. Estoy en deuda con él. Por navidad le enviaré un Mercedes. Tiene un coche que da pena.
Le guardo gratitud a Luis Alberto porque nunca habla mal de nadie y consigue que nadie hable mal de él. No sé lo que es más difícil.
Le guardo gratitud a Luis Alberto porque se atreve a decir que es de derechas y la izquierda se lo perdona. Eso se llama cuadrar el círculo.
Le guardo gratitud a Luis Alberto por su buena educación, por su cultura concéntrica, excéntrica y enciclopédica, por su constante atención a los raros y curiosos, porque sabe de todo y nunca abruma, por su afabilidad y por ser un caballero en un país de escuderos.
Luis Alberto me honra con su amistad, y eso es algo que debo agradecer a los dioses, pero a la vez los execro por haber tardado tanto en propiciar nuestro encuentro.
Teníamos un destino común, nuestro pasado lo era... Nacimos en el mismo barrio, fuimos al mismo colegio, pateamos las mismas calles, leímos los mismos libros y nos gustan las mismas mujeres.
Seré tan políticamente incorrecto como lo es su poesía: a mí me gusta la suya. Su mujer, digo. Su poesía, también.
¡Malhaya! Él llegó antes, y eso que es más joven.
Termino ya, y lo hago diciendo que deberíamos poner escolta literaria a Luis Alberto porque sus dones, virtudes y saberes, en un país donde la aristofobia es mal endémico (Ortega dixit), lo convierten en blanco de malandrines. Es apuesto, es de buena familia, nació en el barrio de Salamanca, estudió en colegio de mucho pago, llegó casi a ministro, debe de ser hombre de posibles, su conversación es amena, sagaces sus puntos de vista, originales sus juicios, extravagantes sus conjeturas, sabe latín, tiene nociones de gramática parda, no carece de sentido del humor y escribe tan luciferinamente bien como si fuese un ángel.
¡Guárdate, Luis Alberto, de los idus de la envidia!
Agradecía Platón a Zeus haber nacido hombre, varón, griego y ciudadano de Atenas en el siglo de Pericles. Yo, que no soy envidioso, me conformo con ser amigo, per saecula saeculorum, de Luis Alberto de Cuenca.
¡Caramba! ¿Lo habré escrito bien? Voy a pegarle un telefonazo.
(Madrid, 1936). Licenciado en Filología Románica y Lenguas Modernas (Sección de italiano), ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia de España en universidades de diversos países como Japón, Senegal, Marruecos y Kenia, además de dirigir Cursos de Verano en El Escorial, Almería, Sevilla, Cuenca y Ávila. Como escritor ha cultivado la narración, la reseña literaria, el ensayo y la colaboración en prensa y revistas. Desde mayo de 2001 dirige el Colegio de España en París. Ha sido enviado especial en numerosos destinos de Asia, África y América como colaborador de prensa. Su vida literaria ha estado frecuentemente ligada con su quehacer en medios de comunicación, tanto visuales como escritos, habiendo trabajado en televisión también en el extranjero, como en la Radiotelevisión Italiana y en la Japanese Broadcasting Corporation (NHK). Ha sido colaborador habitual de El Mundo, Época, Onda Cero, la COPE, y otros medios de información. En 1955 fundó la Revista Aldebarán; de 1963 a 1967, y de 1969 a 1971 fue colaborador de la RAI (Radiotelevisión italiana); trabajó en la televisión japonesa desde 1967 hasta 1971; fue columnista de las revistas en las publicaciones del Grupo 16, donde fundó el suplemento de libros ‘Disidencias’, en la SER, en Radiocadena (donde obtuvo el premio Ondas 1988 por su programa 'El mundo por montera') y en Televisión Española (con programas como ‘Encuentros con las Letras’, ‘Tauromagia’, ‘Biblioteca Nacional’, ‘La Noche - El Mundo por Montera’, ‘La Tabla Redonda’, ‘Negro sobre Blanco’). Actualmente, dirige y presenta en Telemadrid el programa literario ‘Las Noches Blancas’.