

Luis Alberto de Cuenca ha logrado el principal objetivo al que aspira un poeta, que la gente cante sus versos sin conocer la identidad de quien los ha escrito. Eso le ha ocurrido, por ejemplo, con Garras humanas, Caperucita feroz y la mayoría de las canciones que creó para Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón.
El estribillo de Garras humanas –“Hola, mi amor, yo soy el lobo…”– dio título a una antología que el ilustrador Miguel Ángel Martín y yo mismo publicamos en octubre pasado en la editorial REY LEAR. En el prólogo acertamos a calificar una parte de la producción de Luis Alberto como poesía de “romanticismo feroz”. Calificábamos así sus poemas relativos al amor real y urbano, el que se sustenta en lo físico y, por tanto, suele ser más sincero y reconocible. En ellos traslada al verso asuntos tan prosaicos como el oficio de chapero, una huelga general o las múltiples aristas del engaño amoroso. El sutil humor amargo e irónico que los anima sirve de denominador común.
Luis Alberto de Cuenca es un poeta pop que bebe de los aspectos más inmediatos de la sociedad de consumo (esta definición de pop es la de la Real Academia Española): el cine, el cómic, la literatura de género… Eso sí, es un poeta pop de 24 kilates, porque las referencias al tebeo o a las películas de terror conviven con otras del mundo clásico que delatan su condición de sabio, capaz de disfrutar con idéntico placer de los versos de Virgilio y de los álbumes de Tintín. Y este amplio abanico de saberes y aficiones se percibe claramente en su obra.
Su erudición clásica domina sus primeros poemarios, como Elsinore (1970-1971), donde la actriz Mae West coincidía con Ovidio y competía en belleza con Diana Palmer, la novia de El hombre enmascarado. ¡Qué mejor ejemplo del pop de 24 kilates! Posteriormente, Luis Alberto se ha decantado por lo que él denomina «línea clara», término extraído del cómic franco-belga, que tiene como principal ejemplo las aventuras de Tintín. El personaje de Hergé resume la estética de la sencillez, la exquisita limpieza de trazo de la que se han aislado los elementos más barrocos.
Esa línea se aclara definitivamente en su poemario más importante, La caja de plata (1985), donde el pop se alía con el humor para atrapar a un lector que había sido expulsado de la poesía conforme ésta se alejaba del mundo real, perdida en complejos barroquismos sintácticos. Por eso me gusta decir que Luis Alberto de Cuenca puede ser disfrutado con placer por quienes no acostumbran a leer poesía.
A partir de La caja de plata el poeta se va poniendo cada vez más triste. Se convierte en un trovador sin miedo ni esperanza, como titula uno de sus últimos libros. Y esa tristeza también nos es próxima, porque no se aproxima a ella desde el dramatismo sino a través de la distancia que da la principal característica exigible al humor de calidad: la inteligencia.
(Ponferrada, León, 1959) Es editor y periodista. Actualmente dirige la editorial Rey Lear y anteriormente fue redactor jefe de Diario 16 y del semanario Tribuna. Ha dirigido publicaciones como Madrid Económico y ha colaborado en los principales medios de comunicación españoles: ABC, Tiempo, Interviú, Cambio 16, Capital… Como crítico literario ha colaborado con Leer y Revista de Libros.