OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Bibliotecas / Luis Alberto de Cuenca
Luis Alberto de Cuenca, Todos los libros

 

Jesús Marchamalo

La historia comienza con un joven alto y delgado -algo tímido-, vestido como un pincel: traje, corbata con nudo windsor, impecable,y zapatos brillantes, como de boda o cena de compromiso.

Tenía 18 años y andaba hojeando libros en una librería de viejo de la calle del Prado, en Madrid, cuando dio con una extraña edición de Dr. Jekyll y Mr. Hyde publicada en 1886 en Edimburgo: tapas de tela sajona, corte superior pintado, perfecto estado, y el precio escrito a lápiz en la primera página: 1.600 pesetas. Como no tenía allí el dinero, fue a casa y se lo pidió prestado a su madre. Y al día siguiente, cuando volvió, el librero, con cierta indecible parsimonia, tal vez secretamente complacido, mirando por encima de sus gafas, le dijo que acababa de venderlo.

No ha querido volver a buscarlo. Ni a preguntar por él, o encargarlo, para no tener que vivir el desconcierto, la fatalidad posible de encontrarlo de nuevo, y volverlo a perder.

Salvo ese libro, en la biblioteca de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) se vive la impresión abrumadora de poder encontrar cualquier otro. O todos: Poeta en Nueva York, de Lorca, en la edición de Norton; Paradiso, de Lezama, en la mítica de la UNEAC, con sus 798 erratas; El túnel, de Sabato, publicado por Sur en 1948; todo Gil de Biedma, y mucho Borges, también en primeras ediciones, incluido un ejemplar del Libro de sueños, con firma autógrafa del propio Borges... Hay una parte, sí, de selva amazónica, de  lomos cruzados y torres en equilibrio inestable, y otra, también, de jardín francés, recién podado, o casi. Hay Azorín, Panero, Arreola, José del Río Sáinz, Martín Santos... Todo en un juguetón universo de muñecos y de exvotos paganos: R2D2, el robot de La guerra de las galaxias, Winnie the Pooh, Tintín, la cerdita Piggy, Mickey, el Capitán América, una bandera pirata... Dos.

 

Por la ventana

Se cuenta de un poeta laureado -nunca ha llegado a dilucidarse quién, y es una historia que se atribuye a varios- que un día tuvo que escapar de sus propios libros. Repletos los estantes, amontonados, por el suelo, ocupadas las mesas y las sillas, a punto de ser aplastado o engullido, consiguió huir en el último minuto saltando por una ventana.

No es éste el caso, siquiera por la altura: es difícil saltar desde un ático, al menos con la idea de salvar la vida. Pero la de Luis Alberto de Cuenca es también, como aquélla, una biblioteca victoriosa,  sobrada, que, como las viudas negras, se acabó quedando con la casa. Aquí no vive nadie, sólo los libros. De ahí el comentario del editor y librero Abelardo Linares, atónito, hace tiempo: “Desengáñate, tu casa es ya una librería de viejo”.

Y como en las librerías de viejo, hay algo de inextricable, laberíntico, de código secreto cuya clave sólo conoce él. Hay libros en francés, en inglés, en alemán, los idiomas que habla o que traduce, pero también en ruso o en acadio, de los que no sabe una palabra. Y uno salta de El Conde de Montecristo -primera edición ilustrada, en francés- al Capitán Trueno o a Ferlosio, El Jarama, y de ahí a Valéry, Le cimetière marin, y sin transición, al Shakespeare, de Víctor Hugo, del que tiene dos ejemplares, uno para cada uno de sus hijos. “Son muchos años ya, desde los 16 ó 17, obsesionado con los libros, incluso antes”, recuerda. “A los doce tenía ya un mueble donde empecé a guardar mis primeros libros: dos tomos de Juan Ramón Jiménez, de la Biblioteca de Premios Nobel; las obras completas de Shakespeare, que me regalaron por la reválida de cuarto; novelas de aventuras y tebeos. He sido, y soy, un gran consumidor y coleccionista de tebeos: Roberto Alcázar, El Espadachín Enmascarado, El Guerrero del Antifaz... Las ediciones de la editorial Maga, y las de Bruguera, en formato apaisado, que se vendían por entregas y que acaban siempre con un misterioso continuará...”

En esa antigua, al tiempo juvenil, estantería -azul- de adolescente, están hoy las obras completas de Valle-Inclán, todas en primeras ediciones, salvo Epitalamio y dos sonatas: la de Estío y la de Otoño, que faltan. Porque confiesa, entre otras obsesiones, una por lo que llama ”completismo”. Tiene completas las colecciones de La Novela Semanal, El Cuento Semanal, La Novela de Hoy -en la que encuentra un tomito, ¡hélas!, con una esquina doblada-, la de Clásicos de Gredos, la de novela policiaca de Júcar, la de la Isla de la Tortuga, sobre piratería, de Renacimiento... Y hay una infantil obsesión por acabarlas, como los viejos álbumes de cromos. Por eso no sólo cuenta lo que tiene, sino también, llegado el caso, lo que le falta. Por ejemplo, de la colección Crisol, un único tomo, el 43 (bis), de Lorenzo Riber, titulado Marco Valerio Marcial, que busca desde hace años.

 

La fila de atrás

Hay también una biblioteca secreta. Tan grande, por lo menos, como la que se ve a simple vista, con algo de iceberg sumergido: la segunda fila -y en ocasiones tercera- que obliga a un trajín de libros que va retirando y a los que le cuesta buscar acomodo, siquiera provisional, para ir abriendo huecos. Ahí, en la fila de atrás, invisibles pero perfectamente localizados, están Larra, El pobrecito hablador, obras de Mary Shelley, o Keats en unos tomitos  minúsculos, encantadores, del editor Cabrerizo; Moratín, Iriarte, Samaniego...

Recoloca los libros, eso sí - otra manía-, cuidando que los lomos coincidan con el borde de los estantes. Como un tetris libresco: cada hueco lo ocupa un libro hecho a medida, en apariencia, para el sitio. Tolkien en una balda completa, junto con la colección, también completa, de personajes de Asterix de los Kinder Sorpresa, y Chateaubriand, al lado de Lucky Luke. También Frank Miller, Dostoievski, Mallorquí... La poesía, toda, en lo que fue en su día la terraza, el lugar de las plantas y las regaderas, y donde hoy apenas cabe un libro. “Soy muy selectivo”, dice. “Podría tener muchos más, pero procuro quedarme con los que me interesan, los necesarios. Y no, nunca los firmo, ni los sello, ni hago anotaciones, porque los libros no tienen dueño, son de todos; ahora están aquí, pero acabarán en otro sitio, donde sea, y serán de otros lectores: la primera edición de Tarzán, de Burroughs, que está ahí atrás, o ése, del padre Calmet, que es el primer tratado de vampirología, publicado en 1751, o los quince tomos de las obras de Agatha Christie de Aguilar”. Y ahí seguimos un rato, casi pasando lista: los Machado en un mueble, Ibsen en otro, Evelyn Waugh, Sartre, Voltaire, Mozart...

“Donde no te voy a subir es a la buhardilla”, dice, y miro a hurtadillas por la ventana, disimulando, abajo. Por si hay que acabar tirándose.

 

El presente artículo fue publicado originariamente en ABCD, el suplemento cultural del diario ABC, dentro de la serie Bibliotecas de autor.


Jesús Marchamalo

(Madrid, 1960) es periodista y escritor. Colabora habitualmente con ABCD y tiene una sección de palabras en Muy Interesante. Ha publicado casi una decena de libros, entre ellos 39 escritores y medio (Siruela, 2007), Las bibliotecas perdidas (Renacimiento, 2008) y Tocar los libros (CSIC, 2008).

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Luis Alberto de Cuenca - Retrato

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