

Hace años que sigo la obra poética y humana de Luis Alberto de Cuenca. Y de ambas he aprendido. De la poética, por la clarividente maestría en su dominio formal y estrófico del verso -desde el endecasílabo o alejandrino…, pasando por el versículo, el soneto, el haiku…-. Y de la humana, por su amistad y su siempre sincera cercanía.
Muchas han sido las reseñas y comentarios que he dedicado a su quehacer, porque cada nueva entrega del poeta madrileño ha sido -es y será- motivo de gozo para quien esto escribe.
De Cuenca ha mantenido un estilo casi inconfundible, que confiere a su poesía una veta culturalista, en donde la íntima conciencia queda acentuada por el tono narrativo de sus composiciones. Se siente a gusto el autor en el ámbito de la cotidianeidad y su fidelidad queda plasmada en los paisajes y protagonistas que van desfilando por tantas páginas de poesía muy bien hecha y muy bien dicha.
“Orden, claridad, concisión y sobriedad”, proponía Quintiliano en su Retórica y desde esta máxima parecen nacer muchos de los versos de Luis Alberto de Cuenca: “Y bailamos, mejilla con mejilla,/ trasladados a un mundo sin mañana/ y sin ayer, ardiendo en una hoguera / de plenitud, como ángeles rebeldes/ que al final se han salido con la suya/ perdiendo la batalla como sombras/ que, en la victoria del amor, se dicen/ en silencio, sin miedo ni esperanza,/ las palabras que nunca se dijeron”, anotaba en uno de sus poemas incluidos en Sin miedo ni esperanza (Visor. Madrid.2002)
En una entrevista que concediera tiempo atrás, confesaba el poeta madrileño su devoción por Shakespeare: “Se limita a mirar lo que pasa en el mundo y a contarlo. Me gusta eso”, decía. Al adentrarnos en su acontecer lírico, puede apreciarse que hay mucho de esa contemplación shakesperiana, al igual que una cómplice y sugerente intención para con el lector.
Desde la publicación en 1985 de “La caja de plata”, su cántico abrió una nueva vía, desde la cual asumía el latido de la escritura como algo vital. Su experiencia le hará conmoverse desde un plano venturoso o desdichado, pero siempre con un pulso repleto de intensidad, como podía leerse en su poema “Conversación”: “Cada vez que te hablo, otras palabras/ escapan de mi boca, otras palabras (…) Tienen como lanzas de los héroes,/ doble filo, y los labios se me rompen/ a su contacto…”
Su versatilidad le permite acercarse a una temática trascendente, humorística, vital, irónica, reflexiva (“Cómo quisieras despertar del sueño/ que te sepulta en la desesperanza./ Buscas culpables en el territorio/ desolado y sombrío de tu alcoba,/ y golpeas la nada. Al fin y al cabo,/ qué otra cosa es la vida sino dar/ palos en el vacío, herir el polvo,/ apuñalar el aire y dejar suelto/ al enemigo oculto que nos ronda”, afirmaba en “El enemigo oculto”), a la vez que hacer inventario de los viejos amigos, vivir la vida “en madrugadas infelices o mañanas gloriosas”, conocer la felicidad al rodearse de “muchos libros” y mirar “un paisaje de Fiedrich”, y descubrir para la eternidad “un Dios por quien jurar”.
Al hilo de su poesía reunida, escribí que estábamos ante un clásico futuro. La constancia de sus nuevos versos viejos no hace sino seguir corroborando esa personal aseveración.
(Madrid, 1969) Licenciado en Filología Alemana. Profesor universitario de Literatura Española en Madrid. Además de su labor como poeta -cuatro libros editados hasta la fecha-, es crítico literario y traductor. Es Director de la Revista Poética Piedra del Molino. Tiene en su haber distintos galardones de poesía como el “Vicente Aleixandre”, “Villa de Aoiz”, “Santa Teresa de Jesús”, “Fray Luis de León”, “Ciudad de Alcalá”, “Andalucía”, entre otros. Es Hijo Adoptivo de Fontiveros, cuna de san Juan de la Cruz.