

Ser pilarista es una condición de la memoria, un modo de ir por el tiempo y por la vida, una cierta manera de desenvolverse en las procelosas aguas del siglo y de sus crisis.
Aquel colegio de la calle Castelló no era Yale, ni Harvard, ni Eton, pero era una isla de claridad en medio de la luz opaca y grisácea que emanaba de las luminarias del régimen. Y no, no era un colegio liberal, como se decía en los 60, queriendo decir tolerante; era lo que los estatutos fundacionales de la orden Marianista se habían propuesto crear: un centro para la formación de élites, a través de las cuales influir más honda, pero menos visiblemente, en la sociedad española.
Por eso era tan lógica la respuesta que daba el padre Francisco Armentia -verdadero artífice y muñidor de todo aquello que llegó a ser el colegio de El Pilar entre los cincuenta y los setenta- cuando se le preguntaba por los pocos escrúpulos políticos que parecía tener la Orden, de la que se conocían íntimas relaciones con todas las tendencias organizadas, así legales y triunfantes, como clandestinas o perseguidas, de la época.
-Pues mira, hijo mío -solía contestar-, para tener futuro, la Iglesia ha de poner un huevo en cada cesta, y nosotros, que además somos una orden pequeña y débil, con mayor motivo.
Lo que no se puede negar es que en las orlas que cuelgan de las viejas paredes de los pasillos del colegio hay retratos juveniles de muchos, muchísimos personajes de nuestra historia reciente, que han llegado a formar parte de las castas más influentes y, por supuesto, de casi todos los gobiernos, desde los de la ultima etapa del general Franco a los más recientes, incluyendo los de Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar. Se conoce que los huevos que ponía el padre Armentia incubaban bien en cualquier cesta.
No coincidí con Luis Alberto en el colegio -ni con Luis Antonio de Villena y otros esforzados curritos de la pluma-, pero reconocí su condición de pilarista en cuanto nos conocimos, bastantes años después. No es difícil: rigor en la formación, tolerancia en la actitud y excelencia en el trato; son marcas de la casa, cicatrices frontales indelebles, inapreciables para ojos no entrenados, pero perfectamente visibles para cualquier polluelo del padre Armentia, por descarriado que ande, como ando yo, a pesar de haber sido casado por José Antonio Romeo Horodiski, curioso ejemplar de heterodoxia y nobleza, en la capilla del propio colegio.
Entre los pilaristas -incluso entre los antiguos alumnos marianistas de otros centros- hay una regla no escrita que obliga a la solidaridad y la atención mutua, por diversos y hasta opuestos que sean pareceres o intereses de los viejos camaradas. Sirva la broma que acompaña estas líneas para cumplir con el precepto, uno de los mejores que se nos inculcaron, junto con aquella máxima grabada en el frontis de la escalera: “La verdad os hará libres”, que tantas veces usé, descontextualizada, para discutir con mis profesores.
FALSO AUTORRETRATO DE L.A. CON PIZARRA
Y UN CIERTO REVUELO ENTRE LAS CHICAS DEL FONDO
“Mohosa está la lira de Homero en estos tiempos”
L.A. de C.
A Luis Alberto, vestido de profesor
Un soneto me obliga a hacer la clase
para explicarles cómo es un retrato,
y los tengo esperanza hace ya un rato
a ver si lo que diga tiene base.
“Profesor no mayor, que está en la fase
de agradar por su aspecto y por su trato,
liberal, con humor, nada beato,
y explica medio bien…” “Eh, no se pase,
-chilla Alicia- que dando Teoría
Literaria es un plomo y nadie entiende
lo que suelta en latín, ni esa manía
de practicarlo todo…¿Así pretende
enseñarnos?” “ ¡Por Dios -salta Sofía-
qué retrato más malo! ¡A ver si aprende!”
(Ciudad Real), 1955. Licenciado en Filosofía y Letras. Ha ejercido el periodismo y la docencia. Como antólogo ha preparado y publicado Antología recordada de José Hierro (1994); y Frente al Espejo (1999), La vida entera (2002), y Espejismos (2005) de Juan Van-Halen. Como poeta ha publicado : 7 x 7 Antología (1975), Por las deshabitadas arboledas (1991) Premio Blas de Otero 1990, Par(entes)is (1995) Premio Rafael Morales 1994, El aroma del Tacto (2000) Premio José Hierro 1999 y Otoños del amor (2002) y El viento entre las ruinas (2009), Premio Internacional de poesía “Miguel Hernández” 2009. Breves incursiones en otros géneros literarios Cuentos para niños tristes (1977) y un libro de viajes: El bierzo y las tierras de Babia (1991).