

Luis Alberto de Cuenca y yo nos encontramos en el año 1986, cuando el Premio de la Crítica - a él, por “La caja de plata”, a mí, por “La orilla oscura” - estableció entre nosotros la peculiar amistad que puede surgir cuando los agraciados por una de esas sorpresas literarias se buscan, como fue nuestro caso, para conocerse y celebrar juntos el inesperado galardón. Así pude disfrutar por primera vez de su talante jovial y afable y de su abierta curiosidad intelectual.
Por aquellos años presenté en el Círculo de Bellas Artes la primera antología de poemas que publicó, “Poesía 1970/1989”, donde pretendí centrar la mirada en sus mundos y temas recurrentes hasta aquella fecha, provenientes de su experiencia vital entrelazada con sabiduría con lo que pudiéramos llamar “la gran cultura” y la cultura popular, incorporadas con naturalidad a su sentimiento poético, formando parte a la vez de lo cotidiano y de su sombra simbólica, donde resaltan las imágenes, muchas en la que se reconoce cierta estirpe surrealista, y una inclinación narrativa que, sin traicionar lo lírico, permite que sus poemas -sonetos, baladas, toda clase de formas y formatos...- gocen de un movimiento singular. Algunos de sus poemas breves, más allá del haiku, se ofrecen como extraordinarios minicuentos. Recordemos uno, para mí inolvidable:
Angélica en la isla del llanto
Me tiemblan las escamas al verte tan hermosa.
Cómo me gustaría dejar de ser un monstruo.
Y es que hay en la poesía de Luis Alberto de Cuenca una sutil capacidad para convertir en sentimientos reconocibles, cercanos, conmovedores, elementos que pertenecen al mundo mítico de la épica y de la fantasía más venerable o que son producto de la cultura de masas. De los clásicos griegos a los héroes y superhéroes del cómic, pasando por el ciclo artúrico, los novelistas góticos ingleses, el cine “negro”, Luis Alberto de Cuenca es capaz de valorar todo arquetipo verdaderamente significativo de cierta relación de pugna con el destino, sin establecer jerarquías artificiosas sobre su naturaleza, y de incorporarlos como sustancia verdadera a sus poemas, nunca relegando a un segundo plano las requisitorias del día a día, el amor y el desamor, el sentimiento de otredad, el tiempo fugitivo... con mirada alegre o con regusto melancólico, con humor o con ternura, con cercanía o con extrañeza.
Creo que Luis Alberto de Cuenca es uno de nuestros mejores poetas contemporáneos, un poeta imprescindible, con una voz personalísima que, a lo largo de los años -en los que he procurado seguir con atención su labor de creador, del mismo modo que soy lector de muchas de sus traducciones y ensayos- ha sido siempre fiel a sus temas, hasta consolidar un universo poético de primera magnitud.
(La Coruña, 1941) Hijo adoptivo de León. Reside en Madrid. Poeta, novelista, cuentista, ensayista. Premios: Novelas y Cuentos (1976) -Novela de Andrés Choz-, De la Crítica (1985) -La orilla oscura, novela-; Nacional de Literatura Juvenil (1993) -No soy un libro, novela- Miguel Delibes de Narrativa (1996) -Las visiones de Lucrecia, novela-; Mario Vargas Llosa de relatos (2003) -Días imaginarios-; Ramón Gómez de la Serna de Narrativa (2004) -El heredero, novela -; Gonzalo Torrente Ballester de Narrativa (2007) -El lugar sin culpa, novela-; y Salambó de Narrativa (2008) -La glorieta de los fugitivos, minicuentos. Desde marzo de 2008 es miembro de la Real Academia Española y en 2009 ha recibido el Premio Castilla y León de las Letras.