

De este Petronio del barrio de Salamanca me gustan todos los libros que ha escrito. No quisiera hablar de ninguno de ellos por esa razón y porque mucho mejor lo harían especialistas en su obra, pero sobre todo porque para mí Don Luis Alberto es, antes que escritor, conquistador de las letras.
Mientras trabajo en este artículo, si escribo el nombre de Luis Alberto de Cuenca en Google, me aparecen 284.000 entradas aproximadamente. Si aprieto la pestaña de imágenes, se registran 152.000, más que cualquier otro poeta español. Panero, Gimferrer, Gamoneda, Brines, Juaristi, García Montero, Villena, Caballero Bonald, ningún otro lírico vivo que tenga relevancia mediática posee más fotografías colgadas en internet que el maestro madrileño.
A estas alturas me pregunto cuántas personas llamadas Luis Alberto de Cuenca existen. Yo conozco, al menos, ocho: el secretario político-cultural, el tertuliano liberal, el bibliotecario nacional, el apólogo intelectual del cómic, el letrista pop, el conferenciante juicioso y espectacular, el traductor sagaz y el apacible presidente de jurados literarios. Bueno, se me ha olvidado una. Luis Alberto de Cuenca, fundamentalmente, es poeta. Ya contamos nueve.
De todas las veces que lo he visto en televisión hay una que me dejó perplejo. Fue en una intervención en el programa Negro sobre blanco de Dragó. El presentador convocó una mesa redonda de autoridades ilustradas para que debatiesen sobre el canon literario occidental que propugnara el celebérrimo obeso Harold Bloom. Luis Alberto llegó tarde a la convocatoria —cosa bien rara en televisión, lo de llegar tarde, y más tratándose de un programa en diferido—, se disculpó cortésmente y en seguida fue preguntado por el tema del canon. Empezó a narrar la historia de la literatura europea y no llegó a los cinco minutos cuando ya iba citando a Virgilio. «Perdona, Luis», le interrumpió Dragó, «pero quizá deberíamos centrarnos en el canon, no en las cumbres literarias de la historia». La respuesta fue tan perspicaz como instruida: «Ya, Fernando, comprendo, aunque por mí nos podríamos quedar a vivir entre los griegos y los romanos». Aquí me acuerdo de un Luis Alberto más, el doctor en Filología Clásica. Hemos llegado a diez, y no sumaremos más por falta de espacio.
¡Luis Alberto de Cuenca es tantas cosas! Es un hidalgo decadente que pasea su perfume de angustia por calzadas y cafés de Madrid, un caballero que sigue envenenando a jovencitas y maduras citando a Juvenal o tomando prestados versos de Nerval. La agenda laboral de este erudito pantagruélico e hiperdinámico es delirante, pero él se esmera en ordenarla de tal manera que no afecte a su sistema nervioso. Un lunes inaugura una exposición en el Instituto Cervantes de Tánger, desembarca el martes para una lectura en el Aula José Cadalso de San Roque, pasa por un instituto extremeño el miércoles para dar una conferencia, el jueves hace parada en Cosmopoética y el viernes pasa la noche en un hotel de Cartagena porque al día siguiente, sábado, se falla el premio Antonio Oliver Belmás. Y aunque nuestro autor parece tener el don de la omnipresencia literaria, no es Dios, y trabaja en el Día del Señor, así que el domingo se reúne con Loquillo en Almería para hablar de la libertad creativa de los años ochenta… Hay muy pocos conquistadores que sepan cargar con tanta tarea y disfrutar simultáneamente del arte y de los placeres mundanos.
Como le ocurre a Michael Stipe en el mundo del rock, Luis Alberto de Cuenca es un poeta “pijo” que cae bien a todo el mundo. Por encima de cualquier obstáculo ideológico o social. Un ejemplo. A un amigo mío, ingenuamente entrañable, estalinista, que aún considera sinónimos los vocablos ‘comunismo’ y ‘bondad’, se le fue la lengua una noche beoda y soltó con la boca pequeña: «En realidad, Juande, me encantaría ser como Luis Alberto de Cuenca». Si eso no es ser campeón del mundo que venga la Virgen del Carmen y lo vea.
(Cartagena, 1975) Escritor. Ha publicado el ensayo Alejandro Casona: la poesía de la muerte (Universidad de Murcia, 2001), las plaquettes poéticas El calor de la medicina (La Candela, 2006), Heptágono (Signum, 2006), Infinitivo (Tres Fronteras, 2009) y el libro Nómada (Fundación María del Villar, 2008). Ha participado en libros colectivos como Trazado con Hierro (Vitruvio, 2002), Las letras (Fundación Carmen Conde, 2006), Al fin y al Cabo (IEA, 2009), Semana de pruebas (Lagartos, 2009) y Palestina (Puerta del Mar, 2009) y en antologías como Cinco visitas a la poesía almeriense (Fundación Juan Ramón Jiménez, 2006) o Cartagena, cien años de poesía (1907-2007) (Academia Alfonso X El Sabio, 2009). Poemas, cuentos y artículos críticos suyos han aparecido en numerosas revistas nacionales y extranjeras: Prima Littera, Paraíso, Hache, Isla desnuda, Ágora, Cuadernos Monroy, Péndulo, Antaria, Granada poética, Axarquía, Presencia, Dáctilo, La casa subterránea, Oh, Poetry!, Baquiana (EEUU), Acequias (México), Szafa (Polonia), etc. Desde 2000 es director de la revista digital de literatura El coloquio de los perros.