

Alguna vez pensé que la dedicación a la política acabaría matando al poeta que había entregado a la imprenta obras tan emblemáticas y perdurables como La caja de plata o Por fuertes y fronteras. Pero la inspiración de Luis Alberto de Cuenca, lejos de agostarse, nos ha brindado en estos últimos años una de sus entregas más hondas y serenamente conmovedoras, Sin miedo ni esperanza, en la que, rehuyendo el énfasis jeremíaco, se nos habla del dolor de ser hombres, que a la postre viene siendo el tema recurrente de su poesía. Hace algunos años, Luis Alberto de Cuenca definió su estética --fundadora de un nuevo clasicismo-- apelando a una expresión procedente del ámbito del cómic, “línea clara”. Sus poemas, en efecto, son de “línea clara”, puesto que abominan de esa petulancia abstrusa con que algunos disfrazan la pacotilla; son de “línea clara” porque confían en la capacidad de la palabra para designar estados de ánimo, pasiones, pasadizos de la conciencia que otros poetas prefieren confinar en el brumoso ámbito de lo “inefable”, que con frecuencia es la coartada con la que se disfraza el timo autista o la verborrea vagarosa. Pero que sus poemas sean de “línea clara” no significa que la poesía de Luis Alberto de Cuenca rehúya la pujanza de lo oscuro; por el contrario, pocos poetas de nuestro tiempo se han atrevido a indagar con tanta decisión en esos continentes de turbiedad que acechan la naturaleza humana.
Luis Alberto de Cuenca sabe que somos híbridos de ángel y demonio, atraídos igual por la luz y las tinieblas; sabe también que el amor --el Amor-- es un sentimiento redentor, a la vez que un agujero negro que nos convoca entre sus fauces y nos despedaza. En De amor y de amargura (Renacimiento, Sevilla, 2003), Diego Valverde Villena ha espigado, con tino y perspicacia, la poesía amatoria de Luis Alberto de Cuenca, logrando capturar en unas páginas el universo intransferible de un poeta que es a un tiempo vitalista y escéptico, exultante y angustiado, risueño y afligido. En estas páginas, el amor es celebración y catástrofe, victoria y agonía, generosa donación y cruel canibalismo. Encontramos aquí, junto a celebraciones luminosas en las que la mujer amada se erige en un atlas de belleza, descensos a los sótanos del amor, donde el amante siente crecer “la rabia inútil, los mastines del odio / y estos muros de cal en mis ojos dorados”. En esta antología encontramos también una de las proclamaciones de amor más abrumadoramente hermosas de la poesía contemporánea: “Mientras haya ciudades, iglesias y mercados / y traidores, y leyes injustas, y banderas; / mientras los ríos sigan vertiendo su basura / en el mar y los vientos soplen en las montañas, / mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen, / y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten; / yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra, / mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance / la estela de tu fuga, mientras la despedida / de este amor se prolongue por las calles del tiempo”. Luis Alberto de Cuenca posee el don secreto para renovar los topoi eternos, liberándolos de hojarascas retóricas, revitalizándolos con palabras de nítida frescura y una pizca de sarcasmo. Y posee, desde luego, una gracia leve, nada estridente, para invocar esa ansiedad, ese sentimiento de exterminio mutuo que aflige a los amantes, cuando se saben “náufragos en la hiel del desengaño” y el “silencio que es olvido” se derrama sobre “el huerto concluso / donde el amor reinará”. Pero los amantes, a la postre, “no están dispuestos a olvidarse”, y otra vez se enzarzan en su batalla, otra vez se matan y se dan vida, se enviscan y azuzan, se arañan y se odian y arden en la hoguera de su destrucción, en cuya llama resucitan.
Luis Alberto de Cuenca ha entendido mejor que nadie la naturaleza paradójica del amor, medicina y veneno para nuestro dolor de ser hombres.
(Baracaldo, 1970) Premio Planeta, Premio Nacional de Narrativa, novelista y columnista de prensa, Juan Manuel de Prada es un referente de la literatura y el periodismo español. Su primera obra relevante fue Coños (1994), un inusual libro de prosas líricas concebido como un homenaje a Senos, de Gómez de la Serna, y que fue saludado con alborozo por grandes figuras de las letras españolas como Francisco Umbral. Le seguirían El silencio del patinador (relatos, 1995), y las novelas Las máscaras del héroe (1996), La tempestad (1997-Premio Planeta), Las esquinas del aire (2000), La vida invisible (2003- Premio Primavera de Novela y el Premio Nacional de Narrativa 2004) y El séptimo velo (2007- Premio Seix Barral), entre otros. Su labor periodística ha merecido algunos de los más importantes premios que se conceden en España, como por ejemplo el "Julio Camba" (1997), el "César González-Ruano" (2000), el "Mariano de Cavia" (2006), o más recientemente, el Premio Joaquín Romero Murube (2008)