

Nunca he escrito un solo verso, acaso por mi miedo adolescente a la rima, cuya esencia me parecía casi la misma que la de la geometría o las matemáticas, por más que el espíritu aliente y se refuerce en sus moldes. Luego estaban los poetas siempre rodeados de mujeres que los admiran con fervor, inspirándome un respeto algo supersticioso, similar al que me inspira el oficiante de una misa y sus acólitos. Los poetas que, al menos entre nosotros, suelen mostrarse en banderías muy prietas. Y son reñidores, y, si es preciso, también crueles. Creen estar sirviendo a una causa y la sirven con todas sus consecuencias. Uno se pregunta si no será eso un mal necesario. Porque la bandería o la facción, de naturaleza verbal naturalmente, suele estimular el intelecto y la pasión, para luego condensar todo ese fuego y ese vapor, que se hace, a veces, brillante estilete de nieve en el renglón de un verso.
Pero de todo eso se ríe Luis Alberto y nos hace reír a los demás. Jerifalte sin ejercicio, acaso también sin vocación, de una banda que él no ha reclutado, nos cuenta en verso esquinazos y flirteos, blandos desengaños y anhelos galantes, esa cita frustrada, ese que la quiero y la odio al mismo tiempo, porque cómo son, cómo son ellas, Luís Alberto… Y siempre nos arranca una sonrisa emocionada y tierna.
Si hay que hablar de influencias en su poesía, habría que volver la vista al Guerrero del Antifaz de nuestra infancia, en aquel franquismo paupérrimo y matón. Al Guerrero lo querían todas, hasta la Mujer Pirata con aquellos muslos prietos que tanto debían de excitar al censor de turno; y el Guerrero sólo quería a doña Ana María, la obligada destilación, por imperio de la ley, de todos los novenarios y Semanas Santas del franquismo. Dicen, acaso por eso, que el Guerrero era un fascista, pero los que lo hemos leído más de una vez, sabemos que no es cierto. De haber algún fascista, pienso yo que lo sería más el capitán Trueno que se enrolló con una aria pura, la sueca Ingrid, porque en Barcelona son más modernos y más guays. Y el pobre Guerrero probablemente no era más que un muchachito de Valladolid, como su creador el gran Manuel Gago.
(León, España, 1941). Estudió Bachillerato en su ciudad natal y Derecho en las Universidades de Oviedo y Madrid. Realizó también algunos cursos de Periodismo en la antigua Escuela Oficial. Ha vivido durante algunos años en Inglaterra, donde ha sido director del Instituto Cervantes de Londres. Como narrador se dio a conocer en 1975 con El origen del mono y otros relatos . Posteriormente ha publicado las novelas Lo que es del César (1981), El año del francés(1986), finalista del Premio Nacional de Literatura, (ambas recientemente reeditadas en Espasa Bolsillo), Retratos de ambigú Premio Nadal de Novela en 1989, La forma de la noche (1994), Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca (1996), El Viajero de Leicester (1997), "Qué tiempo tan feliz" (2000), La Gran Bruma (2001), los libros de cuentos La vida en blanco (2005) y La mitad del diablo (2006). Su obra El Transcantábrico (1982) ha inspirado la puesta en marcha del tren turístico con el mismo nombre.