

En algunos de sus poemas Luis Alberto de Cuenca aparece leyendo, cotejando su realidad con la del libro que tiene entre las manos, comentando, como en notas, lo recién leído o haciendo variaciones sobre un poema de otro autor.
Así aparece, por ejemplo, ante Julio Martínez Mesanza, Manuel Machado, Marcel Schwob, John Keats, Baudelaire, Heráclito o el Poema de Gilgamesh: delante de lo que lee, que es una manera también de estar a medio camino entre la literatura que pasa por sus ojos y la vibrante vida.
Esos poemas son, por una parte, ejercicios de admiración, esa “a” del abecedario de la poesía, porque la admiración, la emoción ante lo que se lee, es el primer paso hacia la emoción de lo que se escribe y sus múltiples posibilidades indagatorias. Por otra parte, son formas de establecer un diálogo imaginario con lo que se lee, que es la ilusión principal que toda buena lectura llega a producir: la de responder a lo leído, pero también la de ser respondido, interpelado por lo leído. Y, además, en otro sentido, se trata de modos de deslizar delicadamente algunos autorretratos del autor, que elige de sí mismo, cuidadosamente, imágenes leyendo, o mejor dicho, leyendo y escribiendo.
Cualquier cosa que sea la elegancia, esa fórmula etérea, tiene una materialización feliz, concreta y principal en Luis Alberto de Cuenca. Tanto en la dicción natural de sus poemas como en las imágenes que son capaces de convocar o en la lucidez melancólica y fervorosa de su pensamiento. Como muestra, un botón, el poema “Cosas de Heráclito” de su libro Por fuertes y fronteras, que merece un lugar en la memoria de sus lectores: “Decía el viejo Heráclito: “Nadie puede bañarse/ dos veces en el mismo río, pues todo fluye.”/ Y también: “No podrías recorrer los dominios/ del alma, ni escapar de un sol que no se pone.”/ Si sólo fuera eso, no tendría importancia,/ pero dice otra cosa que golpea mi mente/ cada vez con más fuerza y me tiene hecho polvo:/ “El camino hacia arriba y hacia abajo es el mismo”.
(Granada, 1966) En la Universidad de Granada se licenció en Filología Española y en Filología Románica. En su ciudad natal dirigió el Aula de Literatura de la Universidad (1992-2000) y desde su fundación hasta su cierre (1992-2002) la revista de poesía Hélice. Ha impartido cursos de poesía española en diversas universidades norteamericanas. Desde 2001 vive en Madrid donde trabaja como asesor de la Residencia de Estudiantes.
Ha publicado los libros de poemas Septiembre (1991), Manzanas amarillas (1995), El apetito (1998), Correspondencias (2001) y Querido silencio (2006). Su obra poética hasta 2005 está recogida en el volumen Limpiar pescado. Poesía reunida 1991-2005 (2005). En 1994 preparó el libro colectivo El lugar de la poesía y ha traducido, entre otros autores, a Giuseppe Ungaretti (El cuaderno del viejo, 2000).