

Leí por primera vez a Luis Alberto de Cuenca hace muchos años. No diré cuantos porque no me acuerdo, pero sí confesaré que usé sus versos para remachar cartas de amor, misivas incendiarias de reconciliación y de ruptura - eso sí, reconociendo siempre la autoría, faltaría más - y textos destinados a minar o animar el ánimo ajeno. Escribí, por ejemplo, “Cada vez que te hablo, otras palabras / hablan de mí, como si ya no hubiese / nada mío en el mundo, nada mío / en el agotamiento interminable / de amarte y de sentirme desamado”, teniendo buen cuidado de aclarar al principio “como decía Luis Alberto de Cuenca”.
En una espinosa ocasión fui más allá cuando copié unos versos del poemario “Por fuertes y fronteras”, y esta vez sólo reconocí “como alguien escribió una vez “De tanto amarte y tanto no quererte / te has cansado de mí y de mis locuras / y le has prendido fuego a nuestra historia”. Ahí queda eso, me dije, sintiéndome muy digna, muy culta y muy elegante, rematando un capítulo sentimental con unas hermosas palabras prestadas por alguien a quien no conocía.
No siempre usé sus versos, por supuesto. Otros se me vinieron a la cabeza cuando quise explicarme a mí misma las cosas que no sabía que sentía, como al echar de menos por primera vez a un amor incipiente recordé un poema que se llama, - de forma muy oportuna - , “Mal de ausencia”: “Desde que te fuiste, no sabes que despacio / pasa el tiempo en Madrid”. Quizá ahí está el secreto de los poetas buenos: en la capacidad para anticiparse a lo sentido por otros, en darnos la llave maestra para que entendamos lo que nos pasa y le pongamos - más que letra - música. En otra ocasión, cuando aquel hombre regresó después de una ausencia larga - o si no, a mí me pareció que lo era - volvió a mi memoria un verso de de Cuenca “cómo echaban de menos tus pisadas / las baldosas del barrio”.
Entonces, yo ni siquiera pensaba que el camino de Luis Alberto de Cuenca pudiera cruzarse con el mío. Era secretario de Estado de Cultura cuando alguien me lo presentó, y yo dije dos frases de cortesía en vez de reconocer lo que ahora sé que le hubiese gustado oír, que le tomaba prestadas frases para las cartas de amor, que saboreaba versos suyos en los preámbulos de un reencuentro feliz o en los momentos de sentimentalismo y de nostalgia.
Luego volvimos a encontrarnos, cuando él fue jurado de un premio de poesía a cuya entrega asistía yo. No recuerdo el nombre del premiado, pero sí que había leído una parte del poemario ganador y no me había parecido nada del otro mundo. Hasta que llegó Luis Alberto de Cuenca y declamó, calmoso, ante todos, los versos ajenos, y su voz le dio al texto la resonancia de una breve obra maestra. Creo que no he escuchado a nadie recitar con tanta maestría. Por lo general, quien recita un poema - más si es ajeno - se vuelve actor sobreactuado, cuando no deviene en histrión. Luis Alberto de Cuenca, sin embargo, se distancia del verso para hacerlo suyo, y lo dice más que lo recita, y le da una dosis extra de acierto, de belleza, de armonía. De música verbal de la que habló Borges.
Y de la mano del argentino llegué yo a tramar complicidad con un hombre al que admiraba en silencio porque me prestaba versos y porque leía bellamente los versos de otro: él y yo nos encontramos en una velada literaria, y no sé porqué camino descubrimos nuestra mutua pasión borgiana. Pasamos parte de la noche recordando poemas, poniendo trampas a la memoria del otro, evocando versos geniales, desmontando otros - él más y mejor que yo, evidentemente - y rindiendo culto al ciego que se figuraba el paraíso “bajo la especie de una biblioteca”.
Esa noche hice yo mi tercer descubrimiento: Luis Alberto es poeta, recitador excelso y trasunto amable de Funes el Memorioso, capaz de recordar puntos y comas y de adentrarse en profundidades donde no se aventura la memoria de los demás. Pero Luis Alberto - o el destino - me reservaban aún otra sorpresa cuando me enteré, hace sólo unos meses, de que había puesto letra a algunas canciones de la Orquesta Mondragón. Y confieso que me alegré de haber conocido a de Cuenca antes de hacer semejante hallazgo, pues me hubiese resultado difícil relacionar al hombre serio, incluso distante, de las fotos de las solapas, con el autor de las palabras de “Caperucita Feroz”, “Lola, Lola” o “Viaje con nosotros”. Ahora no me extraña nada que Luis Alberto haya puesto letra - o más música - a las canciones del maestro Gurruchaga: tiene el invencible sentido del humor que se necesita para escribir aquello de “Hola mi amor, yo soy tu lobo, quiero tenerte cerca para hablarte mejor”.
Cuando leía sus poemas, cuando copiaba sus versos en cartas cuyo destinatario no merecía a buen seguro tanta devoción ni tanto esfuerzo, no imaginaba yo que andando el tiempo iba a conocer al poeta y al hombre, ni a descubrir que además de literato de altos vuelos es Luis Alberto magnífico conversador y excelente compañero de viaje, quizá porque siempre va armado de un invencible sentido del humor. Sea este texto un modesto homenaje a su voz y sus sabias palabras, y una mínima forma de pagar la deuda eterna que con él tenemos todos aquellos que, alguna vez, hemos cedido a la tentación de escribir cartas de amor.
(Lugo, 1970) es licenciada en Ciencias de la Información, rama periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y especialista en Comunicación Política e Institucional por la misma Universidad. Como novelista, ha publicado Que veinte años no es nada (Premio Ateneo de Sevilla); Linus Daff, inventor de historias, Hotel Almirante, En tiempo de prodigios, con la que fue finalista del Premio Planeta 2006 y La importancia de las cosas. Además, ha participado en diferentes antologías de cuentos con otros autores contemporáneos, y es autora de la novela juvenil Otra vida para Cristina”.