

Conozco a Luis Alberto de Cuenca desde hace mucho tiempo, y siento por él –si se permite la expresión- un fuerte cariño fiduciario, pues de alguna forma soy un eslabón entre él y mi hermano Pedro. A Luis Alberto le gustaba mucho la poesía de Pedro Casariego Córdoba, y yo conocí sus versos a través de mi hermano. Quizá haya escrito después libros que a él le gusten más, pero uno es hijo no sólo de su tiempo, sino también de determinados momentos, y para mí Luis Alberto será siempre –aun sabiendo que es otras muchas cosas- el autor de La caja de plata (Renacimiento), que leí en el mismo año de su publicación, 1985, y que recibió el Premio de la Crítica. Reunía allí poemas muy variados, tersos y sugerentes, a menudo teñidos de nostalgia y melancolía, en los que sobrevolaban el dolor, la muerte, la violencia, el deseo, el amor, el peligro, la amistad, el suicidio, y en los que lo clásico y lo moderno se daban la mano (quizá clasicismo y modernidad sean las dos caras de la misma moneda). Recuerdo cómo empezaba un maravilloso poema de amor: Apagaste las luces y encendiste la noche. / Cerraste las ventanas y abriste tu vestido. O la fuerza de estas líneas: Vuelven la rabia inútil, los mastines del odio / y estos muros de cal en mis ojos dorados. Podría citar otros muchos versos. Aquella cajita, aparentemente frágil, pero bella y poderosa, estaba llena de deslumbrantes destellos plateados, tantos y tan intensos como para ocupar para siempre un lugar preferente en mi biblioteca particular.
(Madrid, 1962) es novelista y guionista. Su última obra, La jauría y la niebla, una novela sobre el acoso escolar, obtuvo el II Premio Logroño de novela.