OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

Logotipo de la revista OtroLunes
Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
otrolunes.com >> Sumario >> Unos Escriben

Amor fou

 

Paula Cifuentes

Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes. Pongamos que este rey se llamaba Felipe, y a ella sus hermanos la llamaban Isabel, como a su madre difunta. Pongamos que él era el hombre más poderoso de la tierra, que nunca recorrió ni un tercio de sus posesiones y que por orgullo disfrazado de humildad, nunca quiso que los cronistas del reino relataran sus victorias o derrotas. Pongamos que de ella decían que era pequeña, de ojos claros y carnes mórbidas y de una inteligencia bastante cuestionable. Ella vestía con ropas oscuras y gorgueras a la moda y cuellos blancos y rizos que la hicieran parecer más alta. Él era sobrio y recto y nadie que no fuera de su círculo más cercano hubiera podido decir que el rey quería a su hija como un hombre y no como un padre.

Cuando Isabel tenía cuatro años, el rey volvió a casarse. La nueva reina era fría y estirada y no podía entender a un marido que era tan frío y tan estirado como ella, y que sólo se mostraba cariñoso con la hijastra que tuviera con su anterior mujer. Cuando hacían el amor, siempre en las posturas más canónicas y a ser posible con testigos delante, al terminar, él le preguntaba: Beatriz, ¿eres feliz? Y ella mentía y decía que sí, aunque echara de menos sus tierras del norte, a sus ayas, a su madre y a su corte tan llena de ropas coloridas. Decían que la reina Beatriz se quedó tantas veces embarazada porque buscaba una hija, porque quería para sí otra princesa Isabel. Y que cada vez que daba a luz el rey le preguntaba: Beatriz, ¿eres feliz?

El rey por las tardes llamaba a Isabel a su despacho. Ella era la única que podía repasar el trabajo de su padre. Hablaban entre ellos en italiano, como si de un idioma sólo suyo se tratara. Él se reía, y que el rey se riera daba miedo. Por eso cerraban la puerta y así ningún oído curioso podría saber de los temas de los que discutían: qué nuevas guerras, qué nuevas conquistas. Al caer la noche, salían los dos, tan satisfechos que a nadie le cabía duda de que en esas sesiones se habían solucionado los grandes problemas del reino.

La reina Beatriz murió diez años después de su boda. Estaba de nuevo embarazada. El rey ordenó que su cuerpo descansase en el Panteón Real, pero que antes le extirparan las entrañas. El hijo nonato se enterró en el coro de un monasterio perdido.

Padre e hija se quedaron solos. Ella con catorce años, edad de concebir. Él con cuarenta y tres, viudo por cuarta vez y sin ningún deseo de volver a casarse. Cuando empezaba a amanecer, salían a montar a caballo y juntos se perseguían a través de los bosques y descansaban en los riachuelos y él le tendía sus manos llenas de agua para que Isabel bebiera de ellas. Volvían a la ciudad antes de que ésta se despertase. Sólo tres perros eran testigos del amor ilimitado que el rey sentía por su hija.

Iban a misa diaria. Rezaban con fervor. Todos en la corte hablaban de la piedad del rey viudo. El monarca era la imagen del cristianismo redivivo. Felipe se confesaba diariamente, ayunaba, construía iglesias, llevaba cilicio y apoyaba  las decisiones del Papa. La curia al completo decían que de no haber sido rey, hubiera sido santo.

Después de la comunión Isabel se retiraba a sus habitaciones, con el resto de sus hermanos y jugaba con ellos como si aún fuera niña. Le daba mucho pudor tener que subirse las faldas ante sus ayas cada vez que se caía y había que comprobar que las heridas habían cicatrizado, o cada vez que el periodo le volvía y comenzaba a sangrar copiosamente, tanto que manchaba las sábanas de su cama. Iba a sus lecciones, aprendía latín, alemán, matemáticas, geografía y baile. Y siempre por la tarde regresaba al despacho de su padre y su paso al acercarse se hacía más seguro, más sinuoso, más de mujer. Y ya nada le daba vergüenza: se colocaba las mangas, el pelo, se pellizcaba las mejillas.

El rey dejó de viajar. Decía que le gustaba estar allí, en el centro de todo, para poder controlar tantas tierras y tanta gente y tanta riqueza y tantos problemas. Su vida casi era monacal. Y la corte cada vez más austera: se acabaron los bailes y fiestas de antaño y los vestidos que no fueran negros. La sobriedad elegante del luto. Incluso las risas estaban prohibidas. Y sólo tras las puertas cerradas uno era capaz de quitarse los corsés y los disfraces y dar rienda suelta a la alegría, que siempre es pecado.

Casó a sus hijos con rapidez. Matrimonios de convivencia todos, con familiares más o menos lejanos, pero todos de sangre real. Y se olvidó de ellos. No se conserva ninguna de las cartas que se intercambiaron, si es que se escribieron alguna. Sólo Isabel permanecía a su lado. Tan sobria también ella (y poco a poco tan mayor) que nadie dudaba de su vocación religiosa.

Felipe sentía por ella un amor infinito. Y ¿quién podía reprochárselo? En su familia se casaban entre primos y tíos y hermanos. El incesto existía sólo para las clases más bajas. Le gustaba la piel de su hija, el sabor de su hija, que tan cercano le era. El rey quería a su hija desmesuradamente, tanto como se amaba a sí mismo. Le gustaba desnudarla y reconocerse en cada centímetro de su piel.

Dormían abrazados, con las piernas entrecruzadas y el uno parecía la continuación de la otra. Respondían sus cuerpos a mecanismos familiares: se conocían desde siempre y sus sueños eran los mismos.

Pero como rey, también él tenía responsabilidades. Y ya era viejo, y ella pronto también lo sería. Y tuvo que dejarla ir: la casó con su primo carnal, Alberto. La boda de hizo por poderes y ella embarcó en un puerto del norte y ya no se reía ni rezaba, y sus mejillas por primera vez estaban mustias y vestía de negro, aunque esto último a todo el mundo le pareció normal.

El rey no rompió a su hija en la cama sino cuando la dejó ir.  Y ese día firmó más leyes que nunca.


Paula Cifuentes

(Madrid, 1985). Paula Cifuentes estudia actualmente Derecho Español y Francés en la Sorbona. Tras haber obtenido varios premios literarios por sus cuentos, emprendió un ambicioso proyecto al que dedicó cuatro años de investigación, y que culminó con la publicación de su primera novela: La ruta de las tormentas (Martínez Roca, 2005), sobre la vida de Hernando Colón, el hijo ilegítimo de Cristóbal Colón. Su segunda y última novela hasta la fecha es Tiempo de bastardos (Martínez Roca, 2007) con la que ha sido finalista del VII Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio.

Google Custom Search
Tamaño de letra:

Imagen de portada:

Luis Alberto de Cuenca - Retrato

Fernando Vicente

Sumario

Este Lunes

Homenaje: Mario Benedetti & Mario Maladetti

Ricardo Bada

Sin miedo: Poesía visual y poética textual en No tengas miedo Lulú y otros poemas

Luis Pérez-Simón

Mestizo pese a todo

Joel Franz Rosell

Jorge Luis Borges y el otro imaginario

Manuel Gayol

El legado del ingenio azucarero en Cuba

Narciso J. Hidalgo Ph.D

Política y religión en Cuba a inicios del siglo XXI

Leonel A. de la Cuesta

Arte o barbarie

Luis Martínez- Falero

Cuando ya no importe, porque es eterno

Laura García

Cuba 2009:Reflexiones en torno a los 50 años de la Revolución de Castro

Cuba 2009 - Reflexiones iniciales

Andrzej Dembicz

Percepción cambiante de la (r)evolución cubana

Andrzej Dembicz

La Revolución Cubana explicada a los taxistas (fragmentos)

José Manuel Prieto

Despojos de lo soviético en Cuba: La estética del adiós

Jacqueline Loss

¿Literatura o revolución? Julio Cortázar y Alejo Carpentier ante la revolución cubana

Adam Elbanowski

Cuba: de la reconversión comercial al nacimiento de la fuga

Ladislao Aguado

La diáspora cubana desde una perspectiva transnacional

Jorge Duany

La Nueva Administración en EE.UU., posibilidades de cambio de su política hacia Cuba

Joseph Tulchin

Unos escriben

Luis Alberto de Cuenca

Otros miran

José Luis Lorenzo Díaz (Lorenzo)

OtroLunes conversa

con Roberto Ampuero

“Hay distintas formas de ser latinoamericano”

con Jorge Majfud

“Todo gobierno es un mal necesario”

con Ángela Toro

Ángela Toro. En busca de una imagen

Punto de mira

La literatura de tema lésbico escrita por mujeres

Fuera del clóset

Odette Alonso

A debate

Mabel Cuesta, Gisela Kozak e Isabel Franc

Botón de muestra

Amanda Castro, Rosamaría Roffiel, Damaris Calderón, Alina Galliano, Maya Islas y Dinapiera di Donato

Cuarto de visita

“La fama literaria casi no es fama”

Entrevista al escritor dominicano Junot Díaz

Patricia Suárez y Antonela de Alva

Ahogado

Relato

En la misma orilla

Kimberle

Achy Obejas

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso

Michael Melnikow

Rafael-José Díaz

Poemas

Orlando Ferrand

Los viejos

Carlos Almira Picazo

Poemas

David González

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Eduardo Heras León, el Maestro

Jorge Volpi. Muchos modos de la universalidad

Reinaldo Arenas, el escritor atormentado

José Manuel Fajardo. De cómo pasar por la vida

Recycle

Notas sobre (hacia) el boom IV: los nuevos novelistas

Emir Rodríguez Monegal

Waldo Díaz-Balart: la pintura como pasión

De lunes a lunes

Buda Blues, nueva novela de Mario Mendoza

Declaración del PEN CLUB INTERNACIONAL en defensa de la libertad para escribir en las Américas

El cubano Antonio Álvarez Gil en la editorial Baile del Sol

Más de un centenar de intelectuales apoyan al escritor cubano Ángel Santiesteban

Lis desea, nueva novela de Luis Rafael

José Lorenzo Fuentes, el periodista

EGBÉ FILM convoca a FICCU

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Anatomía de un instante

Javier Cercas

El documento Saldaña

Pedro de Paz

Cómo matar a un poeta

Manuel Jurado López

Hambre de forma (Antología poética bilingüe)

Haroldo de Campos

Opendoor

Iosi Havilio

Tigre Manjatan

Javier Puebla

El viajero del siglo

Andrés Neuman

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso

A cargo de Temístocles Roncero

Los libros y los días

 

Skype MeT!
OtroLunes. Revista Digital. Tlf: +34 644 469 467. info@otrolunes.com