

Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes. Pongamos que este rey se llamaba Felipe, y a ella sus hermanos la llamaban Isabel, como a su madre difunta. Pongamos que él era el hombre más poderoso de la tierra, que nunca recorrió ni un tercio de sus posesiones y que por orgullo disfrazado de humildad, nunca quiso que los cronistas del reino relataran sus victorias o derrotas. Pongamos que de ella decían que era pequeña, de ojos claros y carnes mórbidas y de una inteligencia bastante cuestionable. Ella vestía con ropas oscuras y gorgueras a la moda y cuellos blancos y rizos que la hicieran parecer más alta. Él era sobrio y recto y nadie que no fuera de su círculo más cercano hubiera podido decir que el rey quería a su hija como un hombre y no como un padre.
Cuando Isabel tenía cuatro años, el rey volvió a casarse. La nueva reina era fría y estirada y no podía entender a un marido que era tan frío y tan estirado como ella, y que sólo se mostraba cariñoso con la hijastra que tuviera con su anterior mujer. Cuando hacían el amor, siempre en las posturas más canónicas y a ser posible con testigos delante, al terminar, él le preguntaba: Beatriz, ¿eres feliz? Y ella mentía y decía que sí, aunque echara de menos sus tierras del norte, a sus ayas, a su madre y a su corte tan llena de ropas coloridas. Decían que la reina Beatriz se quedó tantas veces embarazada porque buscaba una hija, porque quería para sí otra princesa Isabel. Y que cada vez que daba a luz el rey le preguntaba: Beatriz, ¿eres feliz?
El rey por las tardes llamaba a Isabel a su despacho. Ella era la única que podía repasar el trabajo de su padre. Hablaban entre ellos en italiano, como si de un idioma sólo suyo se tratara. Él se reía, y que el rey se riera daba miedo. Por eso cerraban la puerta y así ningún oído curioso podría saber de los temas de los que discutían: qué nuevas guerras, qué nuevas conquistas. Al caer la noche, salían los dos, tan satisfechos que a nadie le cabía duda de que en esas sesiones se habían solucionado los grandes problemas del reino.
La reina Beatriz murió diez años después de su boda. Estaba de nuevo embarazada. El rey ordenó que su cuerpo descansase en el Panteón Real, pero que antes le extirparan las entrañas. El hijo nonato se enterró en el coro de un monasterio perdido.
Padre e hija se quedaron solos. Ella con catorce años, edad de concebir. Él con cuarenta y tres, viudo por cuarta vez y sin ningún deseo de volver a casarse. Cuando empezaba a amanecer, salían a montar a caballo y juntos se perseguían a través de los bosques y descansaban en los riachuelos y él le tendía sus manos llenas de agua para que Isabel bebiera de ellas. Volvían a la ciudad antes de que ésta se despertase. Sólo tres perros eran testigos del amor ilimitado que el rey sentía por su hija.
Iban a misa diaria. Rezaban con fervor. Todos en la corte hablaban de la piedad del rey viudo. El monarca era la imagen del cristianismo redivivo. Felipe se confesaba diariamente, ayunaba, construía iglesias, llevaba cilicio y apoyaba las decisiones del Papa. La curia al completo decían que de no haber sido rey, hubiera sido santo.
Después de la comunión Isabel se retiraba a sus habitaciones, con el resto de sus hermanos y jugaba con ellos como si aún fuera niña. Le daba mucho pudor tener que subirse las faldas ante sus ayas cada vez que se caía y había que comprobar que las heridas habían cicatrizado, o cada vez que el periodo le volvía y comenzaba a sangrar copiosamente, tanto que manchaba las sábanas de su cama. Iba a sus lecciones, aprendía latín, alemán, matemáticas, geografía y baile. Y siempre por la tarde regresaba al despacho de su padre y su paso al acercarse se hacía más seguro, más sinuoso, más de mujer. Y ya nada le daba vergüenza: se colocaba las mangas, el pelo, se pellizcaba las mejillas.
El rey dejó de viajar. Decía que le gustaba estar allí, en el centro de todo, para poder controlar tantas tierras y tanta gente y tanta riqueza y tantos problemas. Su vida casi era monacal. Y la corte cada vez más austera: se acabaron los bailes y fiestas de antaño y los vestidos que no fueran negros. La sobriedad elegante del luto. Incluso las risas estaban prohibidas. Y sólo tras las puertas cerradas uno era capaz de quitarse los corsés y los disfraces y dar rienda suelta a la alegría, que siempre es pecado.
Casó a sus hijos con rapidez. Matrimonios de convivencia todos, con familiares más o menos lejanos, pero todos de sangre real. Y se olvidó de ellos. No se conserva ninguna de las cartas que se intercambiaron, si es que se escribieron alguna. Sólo Isabel permanecía a su lado. Tan sobria también ella (y poco a poco tan mayor) que nadie dudaba de su vocación religiosa.
Felipe sentía por ella un amor infinito. Y ¿quién podía reprochárselo? En su familia se casaban entre primos y tíos y hermanos. El incesto existía sólo para las clases más bajas. Le gustaba la piel de su hija, el sabor de su hija, que tan cercano le era. El rey quería a su hija desmesuradamente, tanto como se amaba a sí mismo. Le gustaba desnudarla y reconocerse en cada centímetro de su piel.
Dormían abrazados, con las piernas entrecruzadas y el uno parecía la continuación de la otra. Respondían sus cuerpos a mecanismos familiares: se conocían desde siempre y sus sueños eran los mismos.
Pero como rey, también él tenía responsabilidades. Y ya era viejo, y ella pronto también lo sería. Y tuvo que dejarla ir: la casó con su primo carnal, Alberto. La boda de hizo por poderes y ella embarcó en un puerto del norte y ya no se reía ni rezaba, y sus mejillas por primera vez estaban mustias y vestía de negro, aunque esto último a todo el mundo le pareció normal.
El rey no rompió a su hija en la cama sino cuando la dejó ir. Y ese día firmó más leyes que nunca.
(Madrid, 1985). Paula Cifuentes estudia actualmente Derecho Español y Francés en la Sorbona. Tras haber obtenido varios premios literarios por sus cuentos, emprendió un ambicioso proyecto al que dedicó cuatro años de investigación, y que culminó con la publicación de su primera novela: La ruta de las tormentas (Martínez Roca, 2005), sobre la vida de Hernando Colón, el hijo ilegítimo de Cristóbal Colón. Su segunda y última novela hasta la fecha es Tiempo de bastardos (Martínez Roca, 2007) con la que ha sido finalista del VII Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio.